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La Europa suicida

Ezra Shabot | Línea directa
Durante siglos Europa se consideraba a sí misma el centro del mundo y el origen de la civilización. Las denominadas Guerras Mundiales ocurrieron principalmente en el viejo continente, y la amenaza soviética formó parte de la cultura del temor por la posibilidad de un ataque dirigido desde Moscú, con el apoyo de los regímenes de la Europa situada detrás de la Cortina de Hierro.
Pero la desaparición de la URSS y el desmoronamiento del socialismo realmente existente abrieron la puerta a una Europa unida en torno a la democracia y el libre comercio, en una apuesta que intentaba dejar atrás el nacionalismo chauvinista, el totalitarismo, y crear un mercado común que generase crecimiento y prosperidad a la zona en su conjunto. Pero la resistencia por parte de los sectores afectados por la integración apareció casi de manera inmediata.
Los llamados globalifóbicos construyeron una respuesta identitaria, nacionalista y crítica a la estructura burocrática de la Unión Europea en Bruselas. La salida de Gran Bretaña del bloque europeo y la llegada masiva de emigrantes procedentes del mundo musulmán, aceleraron el proceso de desintegración hoy abanderado por los populistas de derecha e izquierda en el continente.
Es cierto que la cultura islamista y su rechazo a una coexistencia pacífica con los valores occidentales recrudecieron el nacionalismo extremo, que por un lado quiere ver fuera del continente a los musulmanes, y por otro culpa de nuevo a los judíos por todo los males que aquejan al planeta.
Es esta la Europa suicida que León Poliakov describe magistralmente en un texto del mismo nombre. Esa necedad histórica que insiste en buscar en el otro, el diferente, la raíz del mal que justifica su exterminio. Son la España de Sánchez y la Hungría de Orban que coinciden en ese pensamiento excluyente de uno y otro lado del espectro político. Es el retorno a la barbarie y la desaparición de la Europa unida como antídoto contra los nacionalismos que conducen a la guerra.
A Europa no la amenazan ni el fundamentalismo islámico, ni la presencia judía sobreviviente del Holocausto y del estalinismo soviético. Su problema radica principalmente en la incapacidad por superar un pasado que se hace presente una y otra vez, y en donde sus prejuicios raciales y religiosos se combinan con la culpa colonialista que los persigue todos los días. Por ello toleran los abusos y excesos de una cultura que intenta reconstruir un imperio perdido como lo plantea el islamismo, cuyo único objetivo es imponer el Coran a las naciones europeas.
La tolerancia hacia el distinto tiene un límite claro para el tolerado. El respeto a los derechos de terceros y la obligación de no intentar imponer formas de vida que van en contra de las leyes propias de un estado democrático. De lo contrario el fantasma del totalitarismo volverá a apropiarse de una Europa que hoy parece perder de nuevo la sensatez y la cordura.

