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El nuevo ciclo exige realismo económico

Juan Pablo de Botton | Columna Invitada
Durante años el crecimiento se discutió en términos de gasto, estímulo o incentivos. Cuando la economía desaceleraba, la pregunta era cuánto impulsar la demanda. Cuando se anunciaban proyectos, la discusión giraba en torno al monto de la inversión. Pero el crecimiento sostenido nunca ha dependido solo del impulso. Depende de la capacidad real de producir.
O como a mi me gusta llamarle: el realismo económico.
El desarrollo no se decreta. Se construye sobre condiciones estructurales que determinan si una economía puede expandirse sin generar fragilidades, manejando los riesgos. El nuevo ciclo económico exige analizar esas condiciones con claridad. No basta la voluntad. Se requiere reconocer las restricciones materiales, energéticas, financieras y regulatorias.
Realismo político requiere realismo económico.
Hoy el crecimiento sostenible depende de fortalecer los factores del lado de la oferta. No como una consigna ideológica, sino como una constatación práctica. Una economía crece de manera duradera cuando puede producir más, con mayor eficiencia y menor riesgo. Y esa capacidad descansa sobre cuatro pilares que operan de manera interdependiente.
El primero es la infraestructura física. Carreteras, puertos, transporte, redes eléctricas. Reducen costos logísticos, acortan tiempos y permiten escala. Sin ellas, la productividad territorial se fragmenta y, por tanto, la integración económica se debilita.
El segundo es la energía. No como sector aislado, sino como condición básica de la actividad productiva. La energía define el costo marginal de producción, la viabilidad industrial y la competitividad de largo plazo en una buena cantidad de sectores. Sin energía confiable y competitiva no hay manufactura sofisticada, no hay digitalización robusta, no hay expansión productiva sostenible.
El tercero es el sistema financiero, junto con su dimensión tecnológica. Un sistema financiero eficiente no solo provee crédito y capital; organiza el riesgo, reduce costos de transacción y asigna recursos hacia proyectos viables. La tecnología financiera acelera flujos, mejora información y amplía la inclusión de pequeñas y medianas empresas a las cadenas de valor. Sin una estructuración financiera sólida, la inversión a veces se vuelve episódica, específica y vulnerable.
El cuarto es la regulación y el cumplimiento. Lejos de ser un obstáculo, constituyen la infraestructura institucional que reduce la incertidumbre. Marcos regulatorios claros, supervisión efectiva y sistemas antilavado robustos disminuyen primas de riesgo y permiten planeación de largo plazo. La confianza no surge espontáneamente; se construye sobre reglas creíbles y un compromiso institucional para seguirlas de forma adecuada.
Estos cuatro factores no operan de manera aislada. Se refuerzan o se debilitan mutuamente. Una infraestructura moderna sin energía suficiente enfrenta cuellos de botella. Una digitalización financiera sin regulación adecuada introduce riesgos sistémicos. Una expansión productiva sin financiamiento estructurado se agota rápidamente.
El desarrollo rara vez se frena por falta de recursos. Se frena por desalineación estructural.
En este contexto mundial, marcado por tensiones geopolíticas, transición energética y la reconfiguración de las cadenas de valor, ignorar las condiciones de la oferta es un lujo que muy pocos pueden permitirse. La competencia entre economías ya no se define solo por acceso a crédito, capital o tamaño de mercado. Se define por la solidez de su arquitectura económica, ese entrelazamiento de factores que habilita el desarrollo.
Fortalecer la oferta no implica abandonar la política social ni desconocer la importancia de la demanda. Implica reconocer que sin bases productivas sólidas cualquier impulso es transitorio. El crecimiento duradero requiere coherencia entre infraestructura, energía, sistema financiero y regulación. Requiere consistencia en el tiempo.
Este es el sentido profundo del realismo económico. Aceptar restricciones no es renunciar a querer invertir más. Es diseñar dentro de parámetros viables. Significa entender que cada decisión pública y privada se inserta en un sistema donde costos, riesgos y horizontes temporales interactúan.
En el nuevo ciclo, la solidez estructural será determinante. El crecimiento sostenido dependerá de fortalecer de manera coordinada las bases de la producción. Las economías que integren infraestructura eficiente, energía confiable, sistemas financieros robustos y marcos regulatorios creíbles tendrán mayor capacidad de adaptación. Donde esa integración sea parcial, las tensiones tenderán a acumularse.
El desarrollo sostenible comienza en la oferta.
No en el discurso geopolítico, sino en la estructura que hace posible producir, financiar y sostener la actividad a lo largo del tiempo. En ese terreno se juega el nuevo ciclo económico.


