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Opinión

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Cuando el mercado deja de perseguir el miedo

La geopolítica continúa definiendo los extremos. La demanda sigue construyendo el piso. Pero la oferta, como casi siempre ocurre en agricultura, termina escribiendo la última palabra

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El clima es un factor que las decisiones humanas no puede afectar en el campo. foto: shutterstock

Buenos días. Buenas tardes. Buenas noches. Siempre es un placer saludarte, y como es costumbre, tocamos tierra corriendo, para platicarte lo que hemos estado viendo desde las alturas.

Los mercados tienen una extraña costumbre. Nunca permanecen demasiado tiempo obsesionados con la misma historia. Llevamos varias semanas viviendo bajo la sensación de que el mundo podía romperse por cualquiera de tres lugares distintos, el Mar Negro, el Estrecho de Ormuz o el Cinturón de Maíz en Estados Unidos.

El dinero inteligente no deja de poner atención en estos eventos que más veces que menos son pretextos para justificar exodos o estampidas.

Las narrativas que pretendemos hilar para explicar lo inentendible están en la constante tensión entre Irán y Estados Unidos, Rusia y Ucrania, más los demás presuntos implicados que no dan marcha atrás en agendas insolutas.

Los estadounidenses han creado enemistad con un contrincante que no pelea de manera convencional, ni tampoco puede negociar paz con quien no tiene diplomacia.

El mercado vive al pulso de las bombas. Un día cae una bomba y sube el petróleo, otro día se detienen las detonaciones y baja el petróleo. El problema de fondo es el mismo con detonaciones o sin ellas, pero los precios no.

Vivimos bajo los efectos de causas insolutas, y con ellas los precios oscilan pendularmente. Pero esa etapa comienza a agotarse. Porque el mercado aprendió a convivir con esos riesgos y los tiende a normalizar.

Mientras los barcos siguen navegando, aunque sea más despacio, mientras el petróleo continúa encontrando rutas alternativas y mientras las lluvias aparecen antes de que el cultivo cruce el punto de no retorno, el sistema vuelve a hacer lo que mejor sabe hacer: adaptarse.

Cuando un riesgo deja de sorprender, pierde parte de su capacidad para mover los precios. Por eso resulta tan interesante observar la reacción de los últimos días.

China vuelve a comprar soya estadounidense. Europa reconoce que necesitará importar mucho más maíz del previsto. Francia continúa perdiendo potencial productivo. Rusia sigue exportando menos trigo.

Si alguien hubiera reunido todos esos titulares hace un mes, probablemente habría imaginado un mercado muy distinto.

Hoy no alcanzan. No porque sean irrelevantes. Porque la conversación cambió. La atención regresó a un lugar mucho más simple y, al mismo tiempo, mucho más difícil de discutir: el clima.

Es una especie de recordatorio de humildad. Los gobiernos pueden negociar. Los bancos centrales pueden intervenir. Los fondos pueden comprar miles de contratos.

Pero una lluvia de una pulgada sobre Iowa sigue teniendo la capacidad de modificar semanas enteras de especulación.

Tal vez esa sea la lección silenciosa de este momento. No estamos viendo desaparecer los riesgos. Estamos viendo competir distintas escalas de riesgo.

La geopolítica continúa definiendo los extremos. La demanda sigue construyendo el piso. Pero la oferta, como casi siempre ocurre en agricultura, termina escribiendo la última palabra.

El agricultor se da cuenta que retener es buena medicina y esa estrategia nos deja nuevamente con la clara escencia de que aun cuando un inventario existe, no significa que este disponible. Y quizá por eso el mercado luce tan incómodo.

No está descontando una crisis. Tampoco una cosecha récord. Está intentando descubrir cuál de las dos historias llegará primero.Y esa diferencia parece pequeña. Hasta que mueve millones de toneladas.

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