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Opinión

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Maravillas y consejos

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Foto: Especial

Cecilia Kühne

–¿Me podrías indicar hacia donde tengo que ir desde aquí?, preguntó Alicia.

– Eso depende de a dónde quieras llegar, respondió el gato.

– A mi no me importa demasiado a dónde.

– En ese caso, da igual hacia donde vayas.

– Siempre que llegue a alguna parte, musitó Alicia.

–¡Oh! Siempre llegarás a alguna parte, si caminas lo bastante.

Alicia en el país de las maravillas.

Lewis Carroll

Charles Lutwidge Dodgson, mejor conocido por su pseudónimo de Lewis Carroll, emprendió en su vida un camino que muchos creyeron iba directamente hacia el absurdo. Más hacia la caricatura y al ridículo que al retrato y la excelencia literaria. Siempre detrás del espejo antes que frente a su reflejo.

Nacido el 27 de enero de 1832 en Inglaterra, en el condado de Cheshire –igual que su famosísimo gato– fue el tercero de los ocho hijos del matrimonio Dodgson, y el primer varón. Desde niño tuvo una timidez exasperante, un insomnio crónico, sordera en oído derecho y un tartamudeo que lo haría sufrir lo indecible. Sin embargo, no hay defecto que no venga acompañado de algún don, y es que la primera ocupación de su vida, así como su diversión favorita, fueron los números.

A los 18 años, ingresó en la Universidad de Oxford, en la que se quedó 50 años, es decir todo lo que le quedaba de vida. Fue ahí donde obtuvo el grado de bachiller y se recibió de maestro. Parece increíble para un literato, pero la verdadera pasión de Carroll fueron las Matemáticas. Gracias a ello entretuvo sus desvelos, dejando que arduos problemas dieran vueltas en su cabeza hasta que amanecía y lograba descifrarlos. Después, decidió escribir libros que hablaran sobre números, uno de los más interesantes, Euclides y sus modernos rivales.

La creación de "Alicia en el país de las maravillas" tuvo que ver con varias cosas: la fascinación de Carroll por la infancia y su extrema timidez, que solamente perdía cuando se relacionaba con niños, más bien niñas. (En este punto muchos estarán ya alzando las cejas y preguntándose, con razón, lo que Freud hubiera dicho de tal conducta y tal vez sospechando perversidades, lector querido, pero deténgase. (La Alicia real y verdadera era la hija de su amigo el diácono Liddell, una niña de cinco años, morena, que no rubia, como la pintó Walt Disney; y lo atestiguan algunas fotografías.)

La historia de su texto más famoso es cierta: En 1862, en el curso de uno de sus paseos habituales con la pequeña Alice Liddell y sus dos hermanas, Carroll les relató una historia maravillosa: «Las aventuras subterráneas de Alicia». Ya convertidas a texto formaron parte de un libro que se publicó en 1865, con el título de "Alicia en el país de las maravillas". Resultó un éxito de ventas y pronto escribió una continuación, titulada "A través del espejo y lo que Alicia encontró allí" (1871).

La intención del escritor, sus sentimientos por la niña, fuera de todo pensamiento malsano, se resumen al final del cuento: “Por último, imaginó cómo sería, en el futuro, esta pequeña hermana suya, cómo sería Alicia cuando se convirtiera en una mujer. Y pensó que Alicia conservaría, a lo largo de los años, el mismo corazón sencillo y entusiasta de su niñez, y que reuniría a su alrededor a otros chiquillos, y haría brillar los ojos de los pequeños al contarles un cuento extraño, quizás este mismo sueño del País de las Maravillas que había tenido años atrás; y que Alicia sentiría las pequeñas tristezas y se alegraría con los ingenuos goces de los chiquillos, recordando su propia infancia y los felices días del verano.”

Su historia literaria pudo haber terminado allí, pero Lewis Carrol, siguió escribiendo textos: todos combinaciones de fantasía, disparate y absurdo con incisivas paradojas lógicas y matemáticas y otros más, con un increíble derroche de poesía. Baste como ejemplo, mencionar "Fantasmagoría" un Tratado de cómo bregar con un fantasma, con sus respectivas advertencias para el aparecido, como “Ningún fantasma con sentido común, empieza una conversación” y prevenciones útiles para los dueños de los inmuebles encantados: “Las casas están clasificadas, tengo el honor de decirle, según el número de fantasmas que albergan. El inquilino apenas cuenta como carga, junto con el carbón y otros trastos.”

Parecería, lector querido, que Carrol es un escritor liviano e infantil con una condición tan efímera como los aros de humo que lanza la famosa Oruga fumadora de su cuento. No es así. En sus más íntimos apuntes nocturnos, Lewis Carroll nos lanzó algunas verdades duras con incuestionables consejos: “Solo unos pocos encuentran el camino, otros no lo reconocen cuando lo encuentran, otros ni siquiera quieren encontrarlo. Puedes llegar a cualquier parte, siempre que andes lo suficiente.”

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Estudió Letras Hispánicas en la UNAM, es especialista en historia y literatura mexicana del siglo XIX. Comenzó escribiendo sobre temas culturales en El Economista y no ha abandonado el periodismo ni las letras desde entonces. Actual­men­te trabaja en el IMER haciendo guiones e inventando y transmitiendo contenidos.

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