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Opinión

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¿Llamado a servir o narcisismo espiritual?

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Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada

Dra. Carmen Amezcua

Hace unas semanas, en mi consultorio, una paciente que llevaba meses trabajando su duelo me preguntó algo que no era exactamente una pregunta clínica. Acababa de volver de una ceremonia en Oaxaca con hongos de psilocibina, una experiencia que describió como “la más real que he tenido en mi vida”, y me dijo, llena de emoción:

Carmen, esto es lo mío. Creo que quiero dedicarme a esto. A guiar a otros.

No fue la primera vez que escuché esa frase, y no será la última. La he escuchado de pacientes, de colegas jóvenes y de personas que conozco de las ferias del libro donde presento mi trabajo. Hay algo en el encuentro con estas medicinas que despierta, casi sin excepción, un impulso de servicio. El impulso, en sí mismo, no es ingenuo, ni vanidoso, ni sospechoso. Tiene una explicación real, y vale la pena entenderla antes de juzgarla, pues solo al entenderla podemos distinguir cuándo es una semilla genuina de vocación y cuándo una trampa disfrazada.

El cerebro psicodélico

Lo que ocurre en el cerebro durante una experiencia psicodélica profunda es real. Los estudios de neuroimagen muestran que la llamada disolución del ego esa sensación de dejar de ser un yo separado del resto se correlaciona con un desacoplamiento entre regiones cerebrales: la formación hipocampal se desconecta parcialmente de las redes de control ejecutivo y de la red neuronal por defecto, la misma que sostiene nuestro sentido continuo de identidad. Cuando esa red se desorganiza temporalmente, lo que la persona experimenta es una pérdida, en distintos grados, de su sentido ordinario de sí misma.

Esa pérdida, lejos de sentirse como un vacío, suele sentirse como plenitud y unidad. Como pertenecer, de pronto, a algo más grande que uno mismo. No es casualidad que el filósofo y psicólogo William James, hace más de un siglo, identificara precisamente esa disolución del yo como el rasgo central de toda experiencia mística genuina, mucho antes de que existiera un solo estudio de resonancia magnética.

Aquí está la raíz de por qué tantas personas, al volver de esa experiencia, sienten el impulso de convertirse en guías, facilitadores o terapeutas. Ya que algo las sanó de manera tan profunda, quieren ofrecérselo a otros que también sufren. El problema es que esto confunde dos cosas que no son lo mismo: haber atravesado una experiencia transformadora y estar preparado para sostener la experiencia transformadora de otra persona.

Existe un término, acuñado por el psicólogo John Welwood, que describe con precisión esta confusión: bypass espiritual. Se trata de usar el lenguaje y la experiencia espiritual para evitar el trabajo, mucho más lento y mucho menos glamuroso, de integrar lo vivido.

En el contexto psicodélico, este patrón tiene una variante específica que algunos clínicos han empezado a llamar narcisismo espiritual. Aparece cuando el insight supera la integración, cuando la certeza reemplaza la humildad, cuando el dolor no resuelto se reencuadra como ilusión o como ego, en lugar de procesarse. Es confuso, pues no suele manifestarse como una grandiosidad evidente, sino de manera mucho más sutil.

Esto no significa que quien sintió el llamado esté necesariamente atrapado en este patrón. Significa que la experiencia psicodélica, por su propia naturaleza, puede sentirse tan autorizada, tan convincente, que la psique deja de dudar de sí misma justo cuando más necesitaría hacerlo. Eso es peligroso porque facilitar el proceso de otro ser humano en un estado alterado de conciencia exige sostener límites con una claridad que la certeza mística, paradójicamente, puede debilitar.

Cuando el poder se desborda

En 2015, durante un ensayo clínico patrocinado por la organización MAPS pionera en la investigación de la terapia asistida con MDMA y referente mundial en este campo, una participante fue tratada por dos coterapeutas, un matrimonio. Años después se confirmó que uno de ellos había mantenido una relación sexual con ella tras concluir el tratamiento activo. Ambos fueron vetados de toda actividad relacionada con la organización.

Pero hay un dato aún más perturbador: en otro momento documentado de esa misma investigación, los facilitadores sostuvieron físicamente a la participante por las muñecas cuando ella se angustió durante la sesión, y uno de ellos se recostó junto a ella y la besó en la frente. La participante lo reportó. Tomó seis años revisar el video.

Cuento este caso, ya público y ampliamente documentado, porque ilustra cómo, bajo la influencia de sustancias como la psilocibina o el MDMA, las personas se vuelven más sugestionables, más permeables y pueden experimentar hacia quien las acompaña un apego intenso a veces de naturaleza sexual que en psicoterapia llamamos transferencia. Sostener ese vínculo sin aprovecharse de él, sin que el ego del terapeuta o del facilitador confunda la devoción del paciente con un permiso, es parte del trabajo clínico más delicado. Requiere entrenamiento, supervisión y, sobre todo, la humildad de reconocer que ningún profesional está exento de cometer errores si deja de respetar los límites terapéuticos.

Cabe mencionar que el propio fundador de MAPS reconoció, tras este episodio, que incluso personas respetadas y bien formadas a veces violan límites éticos por debilidades personales. El problema no es exclusivo de los facilitadores sin preparación. Pero el contexto psicodélico sí amplifica el riesgo, porque desdibuja temporalmente los límites que, en otras situaciones, nos protegen a todos.

La formación: una pregunta sin resolver

En Oregon, el primer estado de Estados Unidos en regular legalmente el acceso a la psilocibina, no se exige que un facilitador tenga título universitario ni licencia clínica de ningún tipo. Y, si la tiene, no puede ejercerla durante la sesión, pues la regulación distingue deliberadamente la facilitación de la psicoterapia.

Colorado, en cambio, sí construyó dos caminos paralelos: una licencia general de facilitador, sin requisito clínico, y una licencia de facilitador clínico, reservada a quien ya cuenta con cédula como psicólogo, trabajador social o médico, y que exige ciento cincuenta horas mínimas de formación en ética, manejo de límites relacionales, atención informada en trauma y riesgo suicida.

Es decir, ni siquiera entre los marcos regulatorios más avanzados del mundo hay consenso sobre si la vía correcta es exigir formación clínica previa o construir una profesión enteramente nueva, con su propia ética y su propio entrenamiento, no subordinada a la psicoterapia. Es una pregunta legítima, y todavía abierta, que merece más debate del que recibe.

En México, la conversación ni siquiera ha llegado a ese punto. No existe hoy una certificación oficial para facilitadores de experiencias psicodélicas. Lo que existe es un resquicio legal, por ejemplo, el artículo 195 Bis del Código Penal Federal, que exime de sanción el consumo de hongos con fines espirituales y, desde hace un par de años, una iniciativa legislativa todavía pendiente que propondría una certificación construida junto con los pueblos originarios que históricamente han custodiado este conocimiento. Mientras tanto, como bien lo resumió una investigadora consultada recientemente sobre el tema, la gente que busca ayuda para afrontar un duelo, una depresión o una búsqueda espiritual se enfrenta a una selva de ofertas donde es casi imposible saber qué formación tiene quien la va a acompañar.

Lo que sí podemos pedirnos

No escribo esta columna para desalentar a quien sintió el llamado. Lo dije al principio y lo sostengo: el mundo necesita gente dispuesta a servir, y la experiencia que despierta esa disposición es real, no un engaño del ego. Pero el amor y la buena intención, aunque sean genuinos, no son suficientes para sostener a otro ser humano en uno de los estados más vulnerables que existen. Hace falta integración antes de transmitir. Hace falta supervisión. Hace falta la humildad de aceptar que la certeza que sentimos en una experiencia mística no nos vuelve automáticamente capaces de sostener la experiencia de alguien más.

A quienes están considerando este camino, les propongo una pregunta sencilla, la misma que organismos internacionales de ética en el campo psicodélico recomiendan hacerse antes de participar en cualquier ceremonia o proceso: si quien me va a acompañar llegara a hacerme daño, ¿ante quién respondería? Si la respuesta es ante nadie, ahí empieza el problema. Ahí también empieza la responsabilidad de quienes sentimos el llamado de construir algo mejor.

Cuídense mucho.

Si este tema les interesa, en Tu viaje de sanación psicodélica dedico un capítulo a la diferencia entre experiencia y preparación a por qué una sola noche transformadora no sustituye el trabajo, lento y necesario, de integrarla.

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Dra. Carmen Amezcua

Carmen Amezcua es consultora, conferencista y experta en psiquiatría integrativa. Tiene más de 17 años de experiencia dentro de la industria farmacéutica y de la salud.

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