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¿Cómo cuidar a padres que necesitan de nosotros? (Parte 1 de 2)

Joan Lanzagorta | Patrimonio
Algo que siempre me ha dado gusto es ver el cariño que muchas personas, en México, les dan a sus adultos mayores. La gente tiende a cuidar de los suyos y eso es algo que tenemos que apreciar.
Pero también me parece triste ver cómo eso, en ocasiones, se convierte en una carga muy difícil para las familias y no hablo sólo de la parte económica, sino de la humana.
Yo tuve la fortuna de que mis abuelos, de ambos lados, lograran ser económicamente independientes después de su retiro, de manera diferente. A pesar de ello, necesitaron del apoyo familiar y de cuidados en edades avanzadas, por distintas enfermedades. Me tocó ver el estrés con el que tuvieron que lidiar mis padres en distintas ocasiones, sobre todo a medida que esa dependencia se hacía mayor.
No puedo pensar qué habría pasado con la familia si esa dependencia se hubiera extendido hacia la parte económica. Habría sido mucho más duro.
A mis hermanos y a mí sí nos tocó lidiar con eso, aunque fue por un breve tiempo, para pagar el seguro de gastos médicos de mis padres. Y los deducibles que implicaron diversas hospitalizaciones. Afortunadamente mi papá, que trabajó toda su vida, recibió una pensión que le permitía vivir de manera adecuada. Pero no alcanzaba para ese tipo de gastos mayores.
Cada vez que voy al supermercado y me toca ver a personas de la tercera edad como empacadores voluntarios, siento una mezcla de tristeza y admiración, por el empeño que muchos ponen en su trabajo. Lo triste es que a esa edad no tengan más remedio que seguir haciendo un trabajo pesado.
Hay muchas y muy variadas razones por las cuales los adultos llegan a una etapa de retiro sin independencia financiera. Es un problema complejo que desafortunadamente converge en un punto: falta de educación financiera. Conozco personas que habrían podido alcanzar una pensión mucho más alta de haber conocido mejor el funcionamiento del sistema, pero también a otras que nunca lo pensaron hasta que vieron su retiro de frente. En fin.
Lo que sí sé es que tarde o temprano, llegará el momento en que nuestros padres requerirán nuestro apoyo. Los papeles se invierten: el padre o la madre que un día nos cargó, nos dio de comer y nos cuidó cuando no podíamos hacerlo solos, ahora necesita que lo cuidemos.
Eso no sucede de un día para otro: es un proceso largo, que a veces puede tomar años. No hay un momento exacto en que papá dejó de ser ese hombre fuerte que jugaba nosotros, o mamá esa persona incansable que triunfó en todo lo que se propuso y parecía tenerlo todo siempre bajo control. Sucede poco a poco, con pequeñas cosas que se van sumando.
Nos empezamos a dar cuenta cuando necesitan que les expliquemos cómo usar una nueva tecnología. Cuando vemos que olvidan tomarse un medicamento y empezamos a llamar para recordárselos. O cuando al pasear con ellos, de repente, necesitan apoyarse en nuestro brazo para bajar un escalón o subirse al coche. Detalles. Hasta que entendemos que algo cambió para siempre.
Muchas veces, a la inversión natural de los papeles se suma la económica. Uno no solo cuida: también sostiene. Y todo eso, en conjunto, despierta cosas que uno no esperaba y que afectan de distinta manera a cada persona. Ver a un padre fuerte volverse frágil duele de una manera particular. Hay ternura, pero también cansancio, culpa por ese cansancio y a veces enojo, seguido de culpa por el enojo. Es una mezcla de sentimientos que afectan todos los aspectos de nuestra vida.
Además, esta etapa suele llegar cuando uno está económicamente más apretado, con hijos que todavía dependen de nosotros, muchas veces en edad universitaria. La mayoría de la gente no está preparada.
Todo esto tiene consecuencias importantes en nuestra vida y la de toda la familia. No sólo financieras sino, como ya vimos, emocionales que pueden ser mucho más importantes.
Eso también incluye a nuestros padres. Para ellos, depender de alguien más cuesta mucho. Toda la vida fueron los que proveían, los que decidían, los que sabían y de repente se ven limitados y tienen que pedir ayuda para hacer cosas que antes realizaban sin pensar.
Ahora bien, acompañar a un padre o a un abuelo en su vejez también trae oportunidades. Muchos de los momentos más bellos que viví con mi abuelo fueron también sus días más difíciles. Me contó historias, me abrazó, me preparó para el futuro. Ese tiempo fue de los más valiosos.
En la segunda parte hablaré de cómo acompañarlos mejor y qué conversaciones debemos tener en familia para estar preparados.

