Buscar
Opinión

Lectura 9:00 min

Mes del orgullo y otras formas de hacer activismo

main image

Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada

Dra. Carmen Amezcua

Hay junios que se sienten distintos en el consultorio. Llegó una paciente —la llamaré Renata, aunque no es su nombre— con la bandera todavía prendida del bolso, recién salida de la marcha. Se sentó, suspiró, y me dijo algo que nunca había escuchado formulado exactamente así: “Doctora, a mí me diagnosticaron dos veces. Primero me dijeron que era rara, por queer. Después me dijeron que era diferente, por autista. Nadie me explicó nunca que esas dos cosas pudieran venir juntas, ni por qué.”

Renata, sin saberlo, había puesto el dedo en una de las intersecciones más fascinantes —y menos contadas— de la psiquiatría contemporánea: la que existe entre la diversidad sexual y de género, y la neurodivergencia. Dos historias que la medicina patologizó por separado durante décadas, y que hoy la ciencia empieza a iluminar juntas. No porque una explique a la otra, sino porque ambas obligan a hacer la misma pregunta incómoda: ¿quién decidió qué era “normal”, y con qué evidencia?

El año en que la ciencia cambiaba de opinión a medias

Yo nací en 1975. Durante años conté mi historia con una frase contundente: “nací enferma”, porque la homosexualidad todavía era, según el manual oficial de psiquiatría, una enfermedad mental. La frase es poderosa, pero investigando para esta columna descubrí que la realidad fue todavía más perturbadora —y más interesante— que mi propia hipótesis.

En 1973, la Asociación Psiquiátrica Americana retiró la palabra “homosexualidad” del DSM-II, pero no la dejó ir del todo: la sustituyó por una categoría nueva, el “trastorno de orientación sexual”, confirmada oficialmente en 1974. Esa categoría se aplicaba a cualquier persona cuyo deseo se dirigiera hacia alguien del mismo sexo y que, por ese motivo, viviera perturbación, conflicto o el deseo de cambiar su orientación. Es decir: cuando yo llegué al mundo, en 1975, ya no existía oficialmente la “homosexualidad” como enfermedad, pero sí existía, intacta en el mismo manual, la idea de que el malestar de serlo en un mundo que te rechaza era, en sí mismo, un trastorno psiquiátrico. Nací en la bisagra: en el momento exacto en que la psiquiatría dejó de nombrar la enfermedad, pero todavía no soltaba el concepto.

Ese matiz tardaría todavía más en desaparecer. En 1980, el DSM-III rebautizó la categoría como “homosexualidad egodistónica”, y no fue sino hasta 1987 que el diagnóstico se eliminó por completo. A nivel mundial, la Organización Mundial de la Salud tardó aún más: la homosexualidad permaneció en la Clasificación Internacional de Enfermedades hasta 1990.

Detrás de ese cambio de 1973 hay una historia profundamente humana. El psiquiatra Robert Spitzer, quien presidía el comité de nomenclatura de la asociación, aceptó reunirse con un grupo de activistas gays —algunos de ellos psiquiatras en activo, ocultos dentro de la propia institución— que le mostraron evidencia científica, incluidos los estudios pioneros de Evelyn Hooker, que no encontraban diferencia alguna de ajuste psicológico entre personas homosexuales y heterosexuales. Spitzer llegó a una conclusión que cambió la psiquiatría para siempre: un diagnóstico solo es válido si genera malestar subjetivo o incapacidad para funcionar socialmente. Y la homosexualidad, por sí sola, no cumplía ninguno de los dos criterios.

La pieza que tardó treinta años más en llegar

La identidad trans recorrió un camino paralelo, pero más largo. La Organización Mundial de la Salud no reclasificó la transexualidad —hoy llamada incongruencia de género— sino hasta la onceava edición de su Clasificación Internacional de Enfermedades, publicada en 2019 y vigente desde 2022. El gesto fue el mismo que se hizo con la homosexualidad treinta años antes: sacarla por completo del capítulo de trastornos mentales y trasladarla a uno dedicado a condiciones de salud sexual. Dos comunidades, dos relojes distintos, la misma lección repetida: la ciencia tardó décadas en darse cuenta de que estaba diagnosticando una identidad en lugar de una enfermedad.

Los cerebros que buscaron una causa (y no la encontraron)

Mientras la psiquiatría debatía nombres, la neurociencia buscaba estructuras. En 1991, el neurocientífico Simon LeVay publicó un estudio célebre: comparando cerebros post mortem, encontró que un núcleo específico del hipotálamo, el INAH-3, tendía a ser más pequeño en hombres homosexuales que en heterosexuales. El hallazgo recorrió el mundo como la prueba de un “cerebro gay”.

La realidad fue, como casi siempre en ciencia, más modesta y más honesta. El propio LeVay advirtió que su interpretación era especulativa, y estudios posteriores no lograron replicar el hallazgo de manera consistente. Tres décadas después, lo que queda no es la prueba de una anomalía, sino algo más interesante: variaciones sutiles, no concluyentes, que conviven con un hecho mucho más sólido —ningún estudio ha encontrado jamás daño, déficit o anormalidad estructural asociada a la orientación sexual. Lo que hay es diferencia, no patología. Y ahí está, creo, el verdadero giro conceptual: la pregunta nunca debió ser “¿existe un cerebro gay distinto del cerebro normal?”, porque esa pregunta ya asume que existe un cerebro normal del cual desviarse. La pregunta correcta es otra: ¿y si la variación neurológica fuera, simplemente, la norma de la especie?

La palabra que cambió la pregunta

Ese giro tiene nombre: neurodivergencia. El término “neurodiversidad” empezó a circular a finales de los años noventa, popularizado en la órbita del activismo autista, inspirado deliberadamente en la palabra “biodiversidad”: así como un ecosistema sano necesita múltiples especies, una especie sana necesita múltiples configuraciones de cerebro. El periodista Steve Silberman lo documentaría después en su libro NeuroTribes, narrando cómo el autismo pasó de entenderse como un defecto a entenderse como una variante natural del desarrollo neurológico.

Bajo esta mirada, el autismo y el TDAH dejan de ser fallas que corregir y se convierten en configuraciones distintas de un mismo sistema nervioso humano. No es que el cerebro neurodivergente esté roto: es que corre, valga la metáfora con la que tantas veces hemos jugado en esta columna, un sistema operativo distinto sobre el mismo hardware.

Donde la hipótesis se vuelve dato

Y aquí es donde la intuición de muchas personas de la comunidad LGBTQ —incluida la mía— empieza a encontrar respaldo en la literatura. Los datos, revisados con cuidado, son consistentes: la neurodivergencia y la diversidad sexual y de género convergen con una frecuencia que ya no puede llamarse casualidad.

Un análisis de cinco bases de datos independientes, con más de 641 mil personas, encontró que los adultos transgénero y de género diverso tienen entre 3 y 6 veces más probabilidad de ser autistas que la población cisgénero; otra revisión estimó la prevalencia de autismo en población trans en alrededor de 11 por ciento, frente a un 1 a 2 por ciento en la población general. En cuanto al TDAH, un estudio con más de 82 mil estudiantes universitarios encontró una prevalencia de 14.5 por ciento entre minorías sexuales, frente a 7.5 por ciento entre heterosexuales; y de 23.9 por ciento entre minorías de género, frente a 8.6 por ciento entre personas cisgénero. La relación también se cumple en sentido inverso: entre adultos autistas, distintos estudios encuentran que entre el 10 y el 52 por ciento se identifica con alguna orientación sexual minoritaria, frente al 2 al 15 por ciento de la población no autista.

¿Por qué convergen? La ciencia ofrece dos explicaciones que no se excluyen entre sí. La primera es biológica: la exposición hormonal durante el desarrollo prenatal —particularmente a andrógenos— podría influir simultáneamente en la diferenciación cerebral asociada a la orientación sexual, la identidad de género y ciertos rasgos del neurodesarrollo. Es una hipótesis parcial, respaldada por estudios en modelos animales, pero lejos de ser determinista o completa.

La segunda es social, y aquí quiero ser muy precisa porque es el punto donde más fácilmente se confunden las cosas: el estrés crónico de pertenecer a una minoría —el rechazo, el camuflaje social, la hipervigilancia ante el juicio ajeno— eleva de manera comprobada los niveles de ansiedad y depresión en las poblaciones LGBTQ. Pero eso es distinto al autismo y al TDAH, que son condiciones del neurodesarrollo presentes desde el nacimiento, no reacciones adquiridas frente a un entorno hostil. Una cosa es el malestar que el mundo provoca; otra, muy distinta, es la arquitectura neurológica con la que una persona llega a este mundo. Ambas merecen nuestra atención clínica, pero no deben confundirse.

Dos historias que hoy se explican mejor juntas

Pienso en Renata, en su consultorio, en su frase exacta: diagnosticada dos veces. Y pienso en que la psiquiatría tardó décadas en dejar de preguntarse “¿qué está mal en esta persona?” para empezar a preguntarse “¿qué tipo de persona es esta?”. Ese cambio de pregunta no fue gratuito: costó activismo, costó ciencia rigurosa, costó psiquiatras dispuestos a corregirse a sí mismos en público, como hizo Spitzer.

Hoy, cuando la genética y la neurociencia muestran que la diversidad sexual, la diversidad de género y la neurodivergencia comparten más territorio biológico del que jamás imaginamos, no estamos descubriendo una nueva categoría de “anormalidad”. Estamos confirmando, con datos, algo que la experiencia humana ya sabía: que ningún cerebro es la referencia de los demás, y que la diversidad —sexual, de género, neurológica— no es la excepción que hay que explicar. Es, sencillamente, cómo se construye una especie sana.

Este Pride, querido lector, quizá la forma más honesta de alzar la bandera no sea solo celebrar a quienes amamos, sino también celebrar cómo piensan, procesan y sienten los cerebros de quienes amamos así. Ahí, en esa doble diversidad, no hay nada que curar.

Cuídense mucho.

Y si quiere seguir explorando cómo hacer las paces con la mente que le tocó, le invito a leer Tu Viaje de Sanación Psicodélica, disponible en versión impresa, digital y audiolibro.

Temas relacionados

Dra. Carmen Amezcua

Carmen Amezcua es consultora, conferencista y experta en psiquiatría integrativa. Tiene más de 17 años de experiencia dentro de la industria farmacéutica y de la salud.

Únete infórmate descubre

Suscríbete a nuestros
Newsletters

Ve a nuestros Newslettersregístrate aquí
tracking reference image

Últimas noticias

Noticias Recomendadas

Suscríbete