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Libertad y mentira

Alexia Bautista | Columna invitada
“Quizá somos el país que goza de las mayores libertades en el mundo”. Es una cita textual del discurso de la presidenta Claudia Sheinbaum el domingo pasado en el monumento a la Revolución. Parece una de esas hipérboles inevitables en cualquier acto de masas. No lo es. O, al menos, no debería serlo. Fue la frase que más me hizo ruido. Primero, me provocó una risa breve, luego, francamente enojo. Enojo por la mentira. Por la forma abierta, casi serena, con la que el gobierno de este país la sostiene.
Cualquiera diría que la mentira es consustancial a la política. Probablemente sea cierto. Pero en el caso de la auto llamada Cuarta Transformación molesta más porque el movimiento se presenta como depositario de una superioridad moral que no existe. "No mentir, no robar, y no traicionar al pueblo" figuran entre sus máximas fundadoras, aunque sin correspondencia con la realidad.
Confieso, además, que la frase me incomodó de manera especial porque en mi escala personal de valores la libertad ocupa el lugar más alto. La presidenta hablaba, en concreto, de la ausencia de censura. Es cierto que hoy puedo escribir estas líneas (que seguramente me ganarán la antipatía de algunos lectores y amigos simpatizantes del gobierno). Pero la libertad no se agota en que exista, todavía, algún margen para la crítica. Subrayo “algún” porque también sabemos que muchas voces críticas han perdido espacios de visibilidad o han sido etiquetadas, convenientemente, como la ultraderecha conservadora.
Siglos de reflexión filosófica y política han tratado el concepto de libertad. No cabe, desde luego, en una columna de opinión. Pero hay un contraste elemental, casi escolar, que ayuda a ordenar la discusión: libertad frente a esclavitud. Un individuo libre no es esclavo. Decide, elige, se mueve, trabaja y vive sin estar sometido a la voluntad arbitraria de otro.
Ayer escuché el episodio más reciente de El Hilo, un podcast que ya he citado en otras ocasiones en este espacio. El título es “México: los esclavos del narco”. La investigación de Marcela Turati y Thelma Gómez Durán cuenta la historia de 21 hombres rescatados de un campo de trabajo forzado del crimen organizado en la Sierra Tarahumara. Varios llevaban años desaparecidos. Sus testimonios revelan la existencia de campamentos donde los cárteles esclavizan a personas para cultivar amapola, marihuana y realizar otras tareas. Sí, un país donde el crimen organizado esclaviza a personas, casi siempre a las más vulnerables. Escuchar es desgarrador. Es duro. Es México.
Después de oírlo, no pude evitar pensar en personas que quiero y viven fuera del país y que más de una vez han citado la inseguridad como la razón principal para no volver. Por supuesto, existe el matiz del privilegio. No pretendo hablar desde otro lugar que no sea mi propia experiencia. Pero vuelvo a pensar en lo inhabilitante que es vivir con miedo. Miedo de salir solo o sola en la noche; de tomar un taxi; de que un hijo o hija no regrese. Miedo, simplemente, “de que nos pase algo”. Por eso la libertad proclamada desde la tribuna incomoda, porque omite el país donde el miedo condiciona la vida cotidiana.
Naturalmente, el discurso del domingo admite una lectura política. Apelar al enemigo externo siempre rinde frutos en un país tan nacionalista como el nuestro. Los gringos siguen siendo una fórmula eficaz para ordenar emociones y cerrar filas. Y, sin duda, la injerencia estadounidense es real y amerita una discusión seria. Pero justamente por eso conviene separar los planos. Una cosa es discutir la presión de Washington; otra, muy distinta, es convertirla en coartada para negar las fracturas internas del país.
Las palabras importan siempre, pero importan más cuando las pronuncia quien gobierna. A los discurseros de la presidenta habría que pedirles un poco de pudor. Porque cuando a uno le mienten, siente coraje. Es natural. La mentira engaña y ofende. Porque en México la libertad existe, y la ejercen con plenitud quienes deberían temer a la justicia. La perdemos, en cambio, quienes deberíamos vivir protegidos por el Estado.


