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Espejo colombiano

Alexia Bautista | Columna invitada
En unos días, Colombia irá a las urnas para elegir presidente. La elección llega con una dosis real de incertidumbre. Si nadie obtiene mayoría absoluta el 31 de mayo, el país volverá a votar el 21 de junio. Entonces se definirá si habrá continuidad del petrismo, un regreso de la derecha uribista o un salto antipolítico. Traigo a colación esta elección para hacer una pausa necesaria en la discusión de la relación entre México y Estados Unidos, atrapada en un péndulo de equilibrista, y porque es interesante reconocer cómo ciertas formas políticas viajan, se adaptan y hasta cambian de acento.
La llegada de Gustavo Petro al poder significó el primer gobierno de izquierda en la historia moderna de Colombia. En México, la de Andrés Manuel López Obrador también fue una ruptura. Ambos líderes tienen raíces y trayectorias distintas, pero el petrismo y el obradorismo comparten una gramática similar. La del pueblo contra las élites, la reforma como purificación moral, la sospecha frente a los contrapesos, y la tentación de confundir mandato electoral con un cheque en blanco.
También comparten una relación difícil con la inversión privada y con sectores estratégicos. En Colombia, por ejemplo, Petro impuso una moratoria al sector de hidrocarburos en nombre de la transición energética. En México, López Obrador suspendió las rondas petroleras para defender la soberanía energética. Mientras uno apeló al clima; el otro, lo hizo al Estado y a la grandeza de Pemex.
Hoy el candidato del oficialismo colombiano es Iván Cepeda. Cepeda no tiene la teatralidad de Petro, pero tampoco es un improvisado. Es un político profesional, disciplinado y metódico, formado en la militancia. Ahí un paralelo con la presidenta Claudia Sheinbaum, quien llegó al poder como heredera de un proyecto, con formación técnica y una lealtad explícita a su mentor. Su estilo no replica el de López Obrador, pero su gobierno sí ha consolidado buena parte de su arquitectura. A veces los sucesores menos estridentes son los que mejor administran la continuidad.
En Colombia, algunos sectores temen que Cepeda endurezca las políticas de Petro. Su idea de un “acuerdo nacional” y la discusión alrededor de una eventual asamblea constituyente despiertan suspicacias porque América Latina conoce bien la tentación de reescribir las reglas desde el poder. La campaña insiste en que cualquier proceso tendrá límites y que no se tocará la reelección. México no tuvo una constituyente, pero tampoco la necesitó. Morena reformó la Constitución a placer, debilitó contrapesos, rediseñó instituciones y dejó como herencia una reforma judicial que todavía proyecta incertidumbre sobre la vida pública y económica del país.
Una diferencia central está precisamente en el Congreso. Petro no gobernó con una mayoría absoluta. Enfrentó un sistema fragmentado que lo limitó. En México, en cambio, Morena ha encontrado el camino bastante despejado desde 2024. El mes en que López Obrador tuvo mayoría legislativa bastó para materializar montones de cambios constitucionales. El espejo colombiano recuerda por qué los contrapesos no son adornos liberales.
Otra diferencia fundamental es la oposición. En Colombia, la derecha llega dividida, pero llega. Paloma Valencia representa la continuidad del uribismo, con todo lo que eso significa: orden, seguridad, y mano dura. Abelardo de la Espriella encarna algo harto más inquietante: la ultraderecha performática, antipolítica, excesiva, vestida con los ropajes de Milei, Trump y Bukele. Es el espíritu de los tiempos.
En Colombia pueden temer a la derecha, criticarla, desconfiar de sus excesos, pero nadie puede decir que no existe. En México, en cambio, el oficialismo gobierna frente a una oposición que todavía no sabe si quiere reconstruirse, esconderse o esperar a que la realidad haga el trabajo por ella. Si Colombia vota con vértigo, México observa desde una continuidad sin relevo a la vista.

