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Ingreso a la UNAM; la trampa como camino al éxito

Roy Campos | Números, Opinión y Política (NOP)
Siempre hubo tramposos. Quien pasó por una universidad recuerda al compañero que consiguió a alguien que le hiciera el examen o la tesis, o que entregó un ensayo plagiado. Siempre hay casos. Lo nuevo no es la trampa: es la escala. Esta vez, en el examen de admisión de la UNAM fue tan evidente que movió los estándares de toda una generación.
El examen era, sin proponérselo, una de las mejores fotografías del conocimiento acumulado de la sociedad mexicana de la nueva generación (y terminó también siendo un examen de sus niveles éticos). Cada año los muchachos aspirantes a entrar a la UNAM contestaban el mismo instrumento y el resultado se comportaba estadísticamente normal, con una sola cresta, como una campana de Gauss: unos pocos que sabían poco, unos pocos extremadamente brillantes, y en medio la enorme mayoría. Año con año esa curva se repetía con la terquedad de las cosas ciertas.
Este año no. La distribución de 2026 es atípica: dos poblaciones distintas dentro del mismo examen, una con su moda en el lugar de siempre y otra corrida hacia la perfección. Y ahí aparece la pregunta que ningún estadístico puede evitar: ¿a qué hora esta sociedad se volvió tan buena? ¿En qué momento, en un solo año, el conocimiento acumulado del país dio un salto que no dio en dos décadas? Esa respuesta no existe, porque ese salto no ocurrió. Ocurrió otra cosa: un grupo importante de jóvenes usó herramientas modernas —Inteligencia Artificial, grupos de WhatsApp, trampas en el lugar donde se presentaba y otras— para contestar lo que no sabía.
Hay estimaciones que hablan de hasta 40% de los sustentantes. Pongámoslo en perspectiva: yo no podría afirmar que 40% de mis compañeros de universidad hacía trampa; podría encontrar unos pocos, nunca tal dimensión. Ese es el tamaño del problema.
No quiero hablar aquí de la solución correcta que implementará la UNAM, tendrá que volver a aplicar un examen que ahora llamará de “control” donde quedarán excluidos solamente quienes no hayan obtenido el puntaje necesario para ingresar no solo este año, sino los cinco anteriores. Los que no entren en esta segunda ocasión alegarán que ellos no hicieron trampa la primera vez, y algunos, muy pocos tendrán razón. Y una precisión de lenguaje: no son "rechazados"; simplemente no entraron, como no entraron todos los años, porque esto es una selección y no caben todos.
De lo que quiero hablar es del origen. Y el origen es más grave de lo que se ha dicho.
Un joven de 18 años que estuvo dispuesto a hacer trampa para entrar a la UNAM es un joven que, si llega a ser profesionista, va a hacer trampa en la vida. Va a copiar en los exámenes; va a hacer trampa en la tesis con la que se reciba; para conseguir un empleo y para ganar un contrato; para cobrarle de más a un cliente. Lo aprendió antes de pisar la universidad: está dispuesto a cualquier cosa con tal de triunfar, incluida la trampa.
¿Dónde lo aprendió? Empecemos por la escuela. Hubo un tiempo en que copiar en un examen se castigaba reprobando la materia, y reprobar materias significaba reprobar el año y quedarte ahí hasta pasarlo. Hoy la política es la contraria: no se vale reprobar niños. Copies o no copies, faltes o no faltes, sepas o no sepas, tienes que pasar. ¿Con qué nivel educativo —uno— y con qué nivel ético —dos— llega entonces un muchacho a la puerta de la universidad? Me dirán que se dan clases de ética. ¿Y de qué sirve una clase de ética si la vas a pasar vayas o no vayas a ella?
Ahí hay un fracaso y quiero ser preciso: no es el fracaso de este gobierno. Estos chavos de 18 años salieron de la primaria hace siete años, con otro gobierno; entraron a ella con otro más. Han pasado los gobiernos y estos jóvenes son el reflejo de un sistema educativo que no tiene partido: lo que tiene es una falta de preocupación por formar una generación ética.
Y luego está el espejo de los adultos. Cuando un joven voltea a ver a quienes le fueron presentados como ejemplos de éxito, encuentra que casi todos están acusados de algo y que a casi ninguno le pasa nada: a los que les va bien son los tramposos sin castigo. Cruce eso con nuestros índices de impunidad y la conclusión del muchacho es impecablemente lógica: el éxito no se compra con ética, se compra con trampa. ¿Entonces qué tiene de malo?
La UNAM decidió lo correcto y saldrá bien librada, pero si lo único que discutimos es el resultado del examen, habremos atendido el síntoma y no la enfermedad. El dato que debería quitarnos el sueño no es el de los aciertos: es el de una generación que a los 18 años ya aprendió que la trampa es camino al éxito, y el de un sistema educativo que fue incapaz de enseñarle otro. De ahí van a salir profesionistas como médicos, abogados, ingenieros y los funcionarios públicos de los próximos treinta años.

