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Opinión

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Ensayando otras vacaciones

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Michel de Montaigne.Foto EE: Especial

Cecilia Kühne

Que una golondrina no hace verano, ya lo sabíamos. También que las diversiones salvajes y colectivas emanadas de los grandes eventos pasan pronto. Un triunfo o derrota deportiva, malgasta el tiempo, abusa de nuestro ánimo, desgasta la ilusión y adelgaza la cartera. No cuenta como vacación ni se parece a los veranos ideales  de sol rutilante, ropa ligera, lluvias amables y cielos luminosos que queremos. Llevamos todo el año ahogándonos de calor, esperanza y gabardinas. Y aunque siempre se puede compartir el paraguas y cantar bajo la lluvia, necesitamos otros viajes bonitos y baratos. La lectura de un libro que nos fascine de un autor que nos sorprenda, por ejemplo.

Pocas veces el título de una obra le ha dado nombre a un género literario. El único libro de Michel de Montaigne así lo hizo. Nacido en pleno Renacimiento (1533—1592), en una nación desgarrada por las guerras religiosas, las luchas políticas y la incertidumbre de aquella época que asistía al nacimiento del mundo moderno, Montaigne estaría destinado a componer por escrito una de las conversaciones más largas y fecundas de la literatura universal.

Su padre, Pierre Eyquem, era un noble ilustrado que creía firmemente en el papel  decisivo de la educación. Tanto que, cuenta la leyenda, se las arregló para que, desde la  más tierna infancia, todos los que se dirigieran a su hijo lo hicieran en latín, pues así lograría que aquella lengua le fuera un idioma natural, incluso antes de aprender  la gramática, semántica y sintaxis del francés. Todo ello con el propósito de  convertirlo en un espíritu libre y de alto pensamiento, capaz de dialogar con los autores clásicos sin intermediarios para después sacar sus propias conclusiones. Increíblemente, lector querido, aquella formación extraordinaria tendría un éxito rotundo.

Tras estudiar Derecho, el joven Montaigne desempeñaría cargos administrativos y judiciales en el Parlamento de Burdeos. Llegaría a ser un funcionario competente, cercano a los asuntos públicos, hasta que se hartó. Comprendió que la política estaba hecha de pasiones difíciles de gobernar y ya no quiso debatirse con las tensiones del poder y las contradicciones entre lo público y lo privado.

Harto de la burocracia, decidió retirarse a la torre del castillo familiar y en las vigas de su biblioteca hizo grabar sentencias de los filósofos antiguos. Así, Séneca, Plutarco, Horacio, Virgilio y otros autores clásicos se convertirían en sus interlocutores permanentes tal y como había deseado su padre. Sin embargo, Montaigne no pretendía repetirlos.

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Castillo de Montaigne.Foto EE: Especial

Le interesaba dialogar con ellos, discutirlos, ponerlos a prueba frente a su propia experiencia. Aquella retirada no fue un acto de aislamiento, sino una manera distinta de participar en el mundo: eligió pensar antes que imponer, observar antes que juzgar y escribir antes que pontificar. Así lo hizo. Mientras muchos escritores de su tiempo aspiraban a explicar el universo, él decidió comenzar por el único lugar que realmente conocía: él mismo. "Yo soy la materia de mi libro", decía. Pero ese "yo" nunca fue un gesto de vanidad sino describir  todo lo que lo rodeaba sin ofrecer doctrinas cerradas ni exhaustivos sistemas filosóficos.

De su enorme cantidad de libros, por ejemplo, escribió:

“Apenas los utilizo más, que los que no los conocen. Disfruto de ellos como los avaros de los tesoros, sabiendo que podré disfrutarlos cuando me plazca. No viajo sin libros ni a la paz, ni a la guerra. De todos modos, pasarán varios días y meses sin que los emplee. Será ahora o mañana, o cuando yo quiera. El tiempo corre y se va mientras tanto, sin herirme. Porque no puede decirse cuánto reposo y descanso trae esta consideración; teniéndolos a mi lado para darme placer cuando lo desee y reconociendo cuánto socorro traen a mi vida. “

Poco a poco, los temas de su narración se multiplicaron:  la muerte, la amistad, la naturaleza humana, las mujeres, la poesía, los excesos, la enfermedad, la salud y la belleza, entre  otras muchas cuestiones, se convirtieron en textos desde una voz personal, muchas veces  escéptica, pero profundamente introspectiva y la mar de interesante.

Cuando Montaigne decidió mandar sus escritos a la imprenta en 1580, habría de sentar un precedente único: titular aquella reunión de textos con un nombre  tan sencillo  como revelador: Ensayos. Y no eligió esa palabra por casualidad  sino porque ensayar significa probar, intentar y explorar una ruta, sin la obligación de llegar a un destino  definitivo. Justo como pensaba se debía adquirir el conocimiento.

Tal actitud convirtió a sus ensayos en una verdadera revolución literaria. Mientras otros aspiraban a enseñar mediante reglas o ejemplos. Montaigne eligió mostrar el movimiento mismo del pensamiento. Con textos que no avanzan en línea recta o esquemática. Cambian de rumbo, recuerdan una anécdota, citan a un autor antiguo, observan un detalle cotidiano y regresan, casi sin que el lector lo advierta, justo al tema que se estaba discutiendo. (“Nunca como demasiado tarde  — decía Montaigne—   el apetito sólo me viene comiendo y de ningún otro modo: sólo tengo hambre en la mesa”).

Han pasado más de cuatro siglos y aparecido miles de libros de verano, pero el de Montaigne sigue vigente. Mientras existan seres humanos dispuestos a preguntarse quiénes son, qué creen, cómo desean vivir y lo que ronda en el pensamiento de la humanidad, las palabras de este gran escritor francés seguirán siendo excelentes compañeras de viaje. Ensaye usted, lector querido y emprenda otro viaje de vacaciones.

Estudió Letras Hispánicas en la UNAM, es especialista en historia y literatura mexicana del siglo XIX. Comenzó escribiendo sobre temas culturales en El Economista y no ha abandonado el periodismo ni las letras desde entonces. Actual­men­te trabaja en el IMER haciendo guiones e inventando y transmitiendo contenidos.

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