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Opinión

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Economía de la indignación

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Claudia Ivett Romero-Delgado | Columna invitada

Claudia Ivett Romero-Delgado

Para mi tío por su cumpleaños

La indignación se ha convertido en uno de los combustibles más rentables de la economía digital. Antes era una reacción social frente a una injusticia, un abuso o una decisión pública cuestionable. Hoy también es un recurso económico: se produce, se administra, se amplifica y se monetiza. En redes sociales, plataformas de video, medios digitales y estrategias políticas, la ira colectiva no solo expresa malestar; también genera tráfico, datos, publicidad, posicionamiento y poder.

La economía de la indignación funciona bajo una lógica sencilla: aquello que provoca enojo circula más rápido, retiene más tiempo la atención y produce más interacción. Un comentario ofensivo, una declaración desafortunada, una campaña percibida como hipócrita o un video sacado de contexto pueden convertirse, en cuestión de horas, en tendencia nacional. Cada clic, cada comentario, cada reacción y cada réplica alimentan un sistema en el que la atención se transforma en valor económico.

El problema no es la indignación en sí. Indignarse puede ser una forma legítima de participación ciudadana. Muchas causas sociales han logrado visibilidad gracias a la presión pública: denuncias de violencia, abusos laborales, discriminación, corrupción o negligencia institucional. La indignación puede romper silencios y obligar a empresas, gobiernos e instituciones a rendir cuentas. En ese sentido, no debe descalificarse como simple “enojo de redes”.

El riesgo aparece cuando la indignación deja de ser un punto de partida para la deliberación y se convierte en un producto de consumo inmediato. En la economía digital, no siempre gana quien tiene mejores argumentos, sino quien logra provocar la reacción más intensa. La conversación pública se organiza entonces alrededor del escándalo, no de la explicación; de la acusación, no del análisis; de la velocidad, no de la comprensión.

Las plataformas han entendido muy bien esta dinámica. Los contenidos que dividen suelen ser más rentables que aquellos que matizan. La moderación, la duda y la complejidad rara vez se vuelven virales. En cambio, la frase contundente, el señalamiento moral y el juicio instantáneo encuentran un terreno fértil. La indignación produce una sensación de pertenencia: estar enojado con los mismos que mi comunidad está enojada confirma identidad, valores y lealtades.

Las marcas también han entrado en este terreno. Algunas aprovechan causas sociales para conectar emocionalmente con sus audiencias, pero otras descubren tarde que la ciudadanía digital no perdona fácilmente la contradicción entre discurso y práctica. Una empresa que habla de inclusión mientras reproduce condiciones laborales injustas, o una institución que presume sostenibilidad sin transformar sus procesos, puede convertirse rápidamente en blanco de crítica pública. En la economía de la indignación, la reputación ya no depende solo de lo que una organización dice, sino de la distancia entre lo que promete y lo que realmente hace.

También la política ha aprendido a explotar este modelo. La indignación permite movilizar simpatías, construir enemigos y simplificar problemas complejos. En lugar de discutir políticas públicas, muchas veces se discuten agravios. En lugar de construir acuerdos, se administra el resentimiento. Esto produce beneficios de corto plazo: visibilidad, fidelidad emocional y presencia mediática. Pero el costo democrático es alto: polarización, desgaste institucional y pérdida de confianza.

La pregunta central es quién gana cuando todos estamos permanentemente indignados. Ganan las plataformas que monetizan nuestra atención. Ganan los actores que convierten el enojo en influencia. Ganan quienes no necesitan resolver un problema, sino mantenerlo encendido. Pierden, en cambio, la conversación pública, la capacidad de escuchar y la posibilidad de construir soluciones compartidas.

Esto no significa pedir una ciudadanía pasiva o indiferente. Al contrario: necesitamos indignación, pero también necesitamos criterio. No toda indignación es transformadora. Algunas indignaciones exigen justicia; otras solo buscan castigo. Algunas abren debates necesarios; otras clausuran cualquier posibilidad de diálogo. Algunas denuncian abusos reales; otras se alimentan de rumores, prejuicios o manipulaciones.

Frente a este escenario, empresas, medios, gobiernos y ciudadanos tienen una responsabilidad común: no alimentar automáticamente la maquinaria del enojo. Para las organizaciones, esto implica actuar con coherencia antes de comunicar con entusiasmo. Para los medios, supone no confundir relevancia pública con simple ruido digital. Para la ciudadanía, exige detenerse un momento antes de compartir, comentar o condenar.

La economía de la indignación no desaparecerá, porque responde a incentivos muy profundos del ecosistema digital contemporáneo. Pero sí podemos decidir cómo participar en ella. La indignación puede ser una fuerza ética cuando ilumina aquello que debe cambiar. Sin embargo, cuando se convierte en espectáculo permanente, corre el riesgo de vaciarse de sentido.

El desafío no es dejar de indignarnos. El desafío es que nuestra indignación no sea únicamente rentable para otros, sino socialmente útil para todos.

*La autora es académica de la Escuela de Comunicación de la Universidad Panamericana.

X: @Ivett5151

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