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La disputa por la verdad o el derecho de las audiencias

Opinión
Definir la verdad es uno de los temas filosóficos más complejos y polémicos. La verdad siempre está relacionada con los valores sociales vigentes, cuyo origen es el relato fundacional de las civilizaciones. Es una construcción social, sancionada por la moral, que determina lo que se permite y se prohíbe. La verdad es también incompleta, o sea, es un proceso en construcción. A medida que la ciencia avanza, se desvela que un conocimiento se modifica o se complementa. Desde tiempos remotos, quienes ostentan el poder han intentado instituir sus verdades. Así, esa verdad está relacionada con el poder. Es importante que una sociedad convenga qué es lo verdadero de lo falso. Su finalidad es múltiple: reglamentar los límites de lo que puede hacerse y lo que está vedado. De ese modo, se facilita la cooperación entre los individuos. Asimismo, se crean el orden, las jerarquías y se acepta la voluntad de quien manda.
La verdad reconocida socialmente se internaliza y, sin coerción, se obedecen las reglas moralmente aceptadas. Igualmente, decreta los castigos para quien viola esas verdades. Vivimos en una época de grandes y profundos cambios por la irrupción tecnológica de la IA, y las verdades que nos habían guiado dejaron de parecernos verdaderas. Los gobiernos afanosamente quieren establecer su verdad, tanto para generar los consensos necesarios para facilitar la gobernación como para determinar aquello que se prohíbe y sancionar a quien viola las nuevas verdades. Los descubrimientos neurocientíficos revelan que es posible construir verdades nuevas socialmente aceptables, como intuyeron muchos siglos atrás Protágoras y Gorgias, llamados sofistas.
Anil Seth lo formuló de manera excepcional en Being You: A New Science of Consciousness (Ser tú mismo: una nueva ciencia de la consciencia, 2021). El neurocientífico descubrió que la percepción es una alucinación controlada. El cerebro no acepta pasivamente el mundo, lo moldea y predice: emite hipótesis y sólo corrige cuando el error sensorial es obvio y reiterado. Su función es la coherencia; la verdad poco importa. El papel del cerebro narrador (uno de los hemisferios) es construir un sentido del yo y de su mundo, que sea coherente, a cualquier costo, incluso sacrificando los hechos, puesto que es un mapa, una guía para sobrevivir. Por eso los relatos que nos guían son tan poderosos. Seth amplía esta idea mostrando que la conciencia misma es una construcción predictiva: lo que llamamos “realidad” es un acuerdo entre las hipótesis cerebrales y los estímulos sensoriales, un equilibrio frágil que puede variar culturalmente. La verdad, en este sentido, es un consenso perceptivo, no una correspondencia absoluta con los hechos.
El gobierno parece que es consciente de estos fenómenos y lucha denodadamente para controlar el relato e imponer sus verdades de acuerdo con la visión de quienes nos gobiernan: es el afán de la llamada 4T, que intenta crear un nuevo relato fundacional de México y quiere desvirtuar la historia. Aquí podemos encontrar la clave de la batalla política por establecer el “derecho de las audiencias”: se intenta reescribir qué es lo sagrado, es decir, lo que la sociedad convierte en especial y protege mediante prohibiciones y rituales (Marcel Mauss). Pretende que la verdad política se sacralice al convertirla en el relato social. Nuestra ansiedad por certezas, como apunta Carissa Véliz, nos hace vulnerables a aceptar narrativas gubernamentales como verdades reveladas, incluso cuando son parciales o interesadas. Pierre Bourdieu, con su noción de campo de poder, complementa esta visión: la verdad no circula libremente, sino que se disputa en campos sociales donde los actores acumulan capital simbólico. En el caso mexicano, el derecho de las audiencias es precisamente ese campo de lucha que desea definir qué relatos se legitiman como verdaderos y cuáles se marginan.
La verdad, entonces, no es un dato fijo o un reflejo transparente de la realidad; es un proceso dinámico en el que confluyen poder, moral, percepción, ciencia, tecnología y relato. La irrupción de la inteligencia artificial y los descubrimientos neurocientíficos muestran que lo verdadero puede ser reconstruido y redefinido, pero esa reconstrucción es interesada: responde a decisiones de poder que buscan imponer un nuevo orden narrativo. El dilema contemporáneo consiste en evitar la manipulación y en reconocer que la manipulación es inherente a la disputa por la verdad. La batalla por el “derecho de las audiencias” revela que lo que está en juego es la información y la capacidad de los gobiernos de fijar relatos oficiales que sustituyan los valores en crisis y organicen la vida social bajo jerarquías que respondan a su visión y voluntad de poder. Pero la nueva verdad en construcción debe ser consensuada, sin imposiciones, mediante el diálogo democrático para limitar el poder de quienes pretenden monopolizar el relato. Importa que la verdad que sustituya a las viejas certezas sea un instrumento de gobernanza para evitar que la crisis de valores derive en desorganización y desorden en ausencia de los referentes normativos compartidos.
La disputa por la verdad ha sido cíclica. En la Grecia clásica, el problema de la verdad se convirtió en uno de los debates más intensos y fundacionales de la filosofía. Los sofistas, como Protágoras y Gorgias, defendieron que la verdad era relativa a la persuasión y a la capacidad retórica. Protágoras afirmaba que “el hombre es la medida de todas las cosas”, lo que implicaba que lo verdadero dependía del punto de vista de cada individuo o comunidad. Gorgias, más radical, llegó a sostener que nada existe, y si existiera no podría conocerse, y si se conociera no podría comunicarse. En este marco, la verdad se disolvía en la eficacia del discurso: lo que convencía era lo verdadero. Relativismo absoluto.
Platón reaccionó contra esta relativización. En La República y El Teeteto, intentó fijar la verdad en el mundo de las Ideas, trascendente y universal, para evitar que se confundiera con la mera opinión (doxa). Para Platón, la verdad no podía depender de la persuasión ni de la conveniencia política, sino que debía fundarse en principios eternos y racionales. La alegoría de la caverna es la mejor expresión de esta postura: los hombres viven atrapados en sombras y apariencias, y sólo el filósofo, mediante el conocimiento de las Ideas, puede acceder a la verdad auténtica. Aristóteles, discípulo de Platón, dio un paso distinto. Definió la verdad como la adecuación entre el intelecto y la realidad (adaequatio intellectus et rei). Con ello, desplazó la verdad del mundo trascendente de las Ideas al análisis de la naturaleza y la experiencia. La verdad, para Aristóteles, era verificable en la correspondencia entre lo que se afirma y lo que es. Este giro permitió que la filosofía se orientara hacia la ciencia y la lógica, estableciendo criterios más objetivos para distinguir lo verdadero de lo falso. La tensión entre sofistas, Platón y Aristóteles muestra que desde sus orígenes la filosofía se debatió entre tres concepciones de la verdad. Verdad relativa: lo verdadero depende de la persuasión y del contexto social. Verdad trascendente: lo verdadero es universal, eterno y racional, independiente de la opinión. Verdad como correspondencia: lo verdadero es la adecuación entre el pensamiento y la realidad.
Este debate griego sigue siendo actual porque plantea el dilema que enfrentamos hoy: ¿la verdad es construcción social y narrativa, como sostienen los sofistas y los neurocientíficos contemporáneos como Anil Seth, o debe aspirar a un criterio universal que evite el relativismo, como defendieron Platón y Aristóteles? La disputa por el “derecho de las audiencias” en México se inscribe en esta tensión: el gobierno busca imponer relatos que funcionen como verdades oficiales, mientras que la sociedad reclama criterios universales de veracidad que trasciendan la persuasión política o mediática. Las dos visiones de verdad son complementarias: ninguna es absoluta ni invalida a la otra.
Este debate también ocurrió durante la Reforma protestante. La disputa por la verdad religiosa desencadenó guerras y fragmentaciones políticas, mostrando cómo la imposición de verdades oficiales podía generar tanto cohesión como violencia. En la Ilustración, la verdad se vinculó a la razón universal y a los derechos humanos, lo que permitió construir consensos normativos que organizaron la vida social moderna. Sin embargo, en el siglo XX, los regímenes totalitarios demostraron que el control absoluto del relato servía para manipular a las masas.
Hoy, en la era digital, la posverdad y la sacralización de la inteligencia artificial reproducen este dilema en nuevas condiciones. Los relatos oficiales tienden a perder peso ante el poder de las plataformas tecnológicas que acumulan capital simbólico y definen lo que se considera verdadero. La crisis de valores que vivimos abre la puerta a narrativas fragmentarias, donde cada grupo intenta imponer su verdad. El riesgo es que, sin referentes universales, la humanidad se fragmente en cosmovisiones incompatibles que impidan forjar un orden común.
La lección histórica es clara: cada época ha enfrentado crisis de verdad y ha buscado construir relatos que permitan la cohesión social. También enseña que la disputa por la verdad propicia guerras, como en la Reforma protestante en Europa y la Cristiada en México. Cabe recordar que los hombres luchamos a muerte por las ideas. El desafío contemporáneo es evitar que la manipulación narrativa derive en caos global y, al mismo tiempo, construir un nuevo orden simbólico y ético que preserve la dignidad humana. En el caso mexicano, la disputa por el derecho de las audiencias es un síntoma de este dilema universal: quién y para qué define la verdad, con qué relatos y bajo qué valores.

