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¿Cuánto le cuesta a México no prevenir el suicidio?

Opinión
México registra cada año miles de muertes por suicidio. De acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en 2024 se registraron 8,856 suicidios, equivalentes a una tasa de 6.8 por cada 100 mil habitantes.
Las tasas más elevadas se observaron entre las personas de 30 a 44 años (10.7 por cada 100 mil habitantes) y de 15 a 29 años (10.2 por cada 100 mil habitantes), es decir, en grupos de edad que concentran una parte de la población económicamente activa. Asimismo, 73.1 % de las personas fallecidas de 15 años y más con información disponible estaban realizando alguna actividad económica al momento de su muerte.
Sin embargo, rara vez se cuestiona qué implican estas muertes para la sociedad y la economía. Sabemos cuántas personas fallecen, pero se tiene poco análisis sobre los años de vida, capacidades productivas, ingresos y oportunidades que el país pierde con estas muertes prematuras.
Una estimación exploratoria basada en el enfoque de capital humano permite acercarse a esta dimensión poco estudiada. Para ello se parte de un supuesto sencillo: cuando una persona muere de forma prematura, también se pierden los años de trabajo, ingresos y productividad que habría podido aportar durante el resto de su vida laboral. Considerando que la mayor parte de los suicidios en México ocurre entre los 15 y los 44 años, se utiliza una edad promedio de fallecimiento de 35 años, una vida laboral potencial hasta los 65 años y niveles de ingreso cercanos al salario mínimo vigente.
Bajo estas condiciones, cada muerte representa aproximadamente tres décadas de actividad productiva que dejan de generarse. Al agregar el efecto de los 8,856 suicidios registrados en México durante 2024, el país pudo haber perdido alrededor de 194 mil años potenciales de vida laboral productiva.
Esto quiere decir,, esta pérdida podría superar los 22 mil millones de pesos en un solo año, usando como referencia el salario mínimo general vigente en 2026. No es un gasto público ni un dinero que exista en una cuenta específica. Es más bien una forma de dimensionar el valor de los ingresos, la producción y las contribuciones económicas que estas personas habrían podido generar si hubieran completado su vida laboral.
La intención de esta estimación no es ponerle precio a la vida humana. Lo que busca es mostrar que las consecuencias del suicidio no se quedan en lo individual, sino que también generan pérdidas económicas y sociales que casi nunca aparecen en el debate En otros términos, es riqueza futura que deja de existir por una muerte prematura.
Detrás de cada caso también hay una pérdida de capital humano ya formado. Cada persona había pasado por procesos de educación, salud, formación y trabajo financiados por sus familias y por la sociedad. Cuando una muerte ocurre a los 20, 30 o 40 años, parte de esa inversión simplemente deja de convertirse en bienestar colectivo y desarrollo económico.
Aun así, esta estimación solo muestra una parte del problema. Hay costos sociales y familiares que casi nunca entran en los modelos económicos. Cuando ocurre un suicidio, las consecuencias no terminan ahí. Las familias pueden enfrentar pérdida de ingresos, gastos funerarios, deudas, necesidad de atención psicológica, cambios en la estructura familiar, abandono escolar de otros miembros del hogar y un deterioro importante en su salud emocional. En muchos casos, una sola muerte cambia por completo la vida de una familia durante años.
También hay efectos menos visibles en comunidades, escuelas, trabajos y servicios públicos. Se interrumpen proyectos de vida, relaciones sociales y trayectorias que ya estaban en marcha. Son cosas difíciles de medir en dinero, pero no por eso son menos reales.
La evidencia sugiere que, después de un suicidio, gran parte de la atención institucional se concentra en el registro del caso y en lo inmediato. Mucho menos visibles quedan las consecuencias económicas, sociales y emocionales que se prolongan durante años en las familias y comunidades. Esa parte sigue siendo una de las menos estudiadas en México.
Por eso, la prevención del suicidio, también es una inversión social. Cada muerte evitada significa años de vida, productividad, bienestar familiar y tejido social que se conservan. En ese sentido, la pregunta no es solo cuánto cuesta prevenir, sino cuánto le cuesta al país no hacerlo.pero todavía sabemos poco sobre lo que pierde en capital humano, productividad y bienestar social por una causa que en muchos casos puede prevenirse. La pregunta que queda abierta es simple, pero importante: ¿cuánto podría cambiar el país si se invirtiera más en prevenir estas muertes que en enfrentar sus consecuencias?
Nota metodológica: Las cifras económicas presentadas corresponden a una estimación exploratoria basada en el enfoque de capital humano y deben interpretarse como una aproximación al costo potencial de la productividad perdida asociada a la mortalidad por suicidio.
*La autora es doctora en Ciencias de la Salud Colectiva por la Universidad Autónoma Metropolitana, socióloga y maestra en Administración Pública por la École nationale d’administration publique (ENAP) de Quebec. Su trabajo se centra en los determinantes sociales de la salud, la prevención del suicidio, la evaluación de programas y políticas públicas.