La próxima década podría resultar un período de fragilidad, inestabilidad y posible caos en el mundo. Lo que se vio en el 2020 habría sido sólo el principio.

NUEVA YORK – Hacia fines del 2020, los mercados financieros -principalmente en Estados Unidos- alcanzaron nuevos máximos gracias a esperanza de que una inminente vacuna contra el Covid-19 generará las condiciones para una rápida recuperación en forma de “V”. Junto con las tasas de interés oficiales extremadamente bajas que mantienen los principales bancos centrales en las economías avanzadas, además de las políticas monetarias y crediticias heterodoxas, las acciones y los bonos recibieron un impulso adicional.

Pero esas tendencias ampliaron la brecha entre los mercados financieros y los reales, y reflejan una recuperación en forma de “K” en la economía real. A quienes tienen empleos administrativos estables, pueden trabajar desde casa y utilizar sus reservas financieras existentes, les está yendo bien; mientras que quienes están desempleados o subempleados en puestos precarios, con bajos salarios, les va mal. La pandemia está sembrando así más malestar social para el 2021.

En los años previos a la crisis del Covid-19, el 84% de la riqueza en los mercados de valores estaba en manos del 10% de los accionistas (y el 51% era propiedad del 1%), mientras que el 50% con menos ingresos prácticamente no poseía acciones en absoluto. Los 50,000 millonarios estadounidenses eran más ricos que el 50% más pobre de la población junta (una cohorte de aproximadamente 165 millones de personas). El Covid-19 aceleró esta concentración de la riqueza, porque lo que es malo para los mercados reales es bueno para los mercados financieros. Al sacarse de encima los empleos con buenos salarios y luego recontratar a los trabajadores como independientes, a tiempo parcial o por hora, las empresas pueden aumentar sus beneficios y el precio de sus acciones; estas tendencias se acelerarán con la aplicación más amplia de la inteligencia artificial, el aprendizaje automático (IA/AA) y otras tecnologías intensivas en capital que reemplazan la mano de obra y requieren trabajadores calificados.

En cuanto a los mercados emergentes y países en vías de desarrollo, el Covid-19 no disparó una simple recesión, sino lo que el Banco Mundial llama una “depresión pandémica”, que dejó a más de 100 millones de personas nuevamente al borde de la pobreza extrema (menos de dos dólares al día).

Después de su caída libre en el primer semestre del 2020, la economía mundial inició una recuperación con forma de “V” en el tercer trimestre, pero sólo porque muchas economías reabrieron con excesiva premura. Para el cuarto trimestre, gran parte de Europa y el Reino Unido se encaminaban hacia una recaída en la recesión, en forma de “W”, después de que se volvieron a instaurar confinamientos draconianos. E incluso en Estados Unidos, donde hay un menor apetito político por las nuevas restricciones debidas a la pandemia, al crecimiento del 7.4 % en el tercer trimestre probablemente le siga uno del 0.5 %, en el mejor de los casos, en el último trimestre del 2020 y el primero del 2021: una recuperación mediocre con forma de “U”.

La renovada aversión al riesgo en los hogares estadounidenses se tradujo en un menor gasto y, por lo tanto, menos empleo, producción y gastos de capital. Y la elevada deuda en el sector corporativo y en muchos hogares implica más desapalancamiento -que reducirá el gasto- y más incumplimientos -que producirán restricciones crediticias cuando una ola de préstamos impagos inunde los balances de los bancos.

En el mundo, la deuda pública y privada aumentó del 320% del PIB en el 2019 a la friolera del 365% del PIB a fines del 2020. Hasta ahora, las políticas monetarias de alta liquidez evitaron una oleada de incumplimientos por parte de las empresas, los hogares y las instituciones financieras, los gobiernos y países enteros, pero estas medidas eventualmente producirán una mayor inflación por el envejecimiento de la población y los impactos negativos sobre la demanda derivados de la desconexión chino-americana.

Ya sea que las principales economías experimenten una recuperación en forma de “W” o de “U”, habrá cicatrices duraderas. La reducción del gasto de capital afectará en forma permanente el producto potencial y los trabajadores que sufran largos períodos de desempleo o subempleo tendrán menos oportunidades en el futuro. Esas situaciones alimentarán una violenta reacción política por parte del nuevo “precariado”, que podría golpear aún más al comercio, las migraciones, la globalización y la democracia liberal.

Las vacunas contra el Covid-19 no aliviarán estos tipos de penurias, incluso si se las administra rápida y equitativamente a los 7,700 millones de personas del mundo. Pero no debiéramos contar con eso, dados los requisitos de logística (entre ellos, el almacenamiento en frío), el creciente “nacionalismo vacunatorio” y el miedo a las vacunas, alimentados por la desinformación del público. Además, los anuncios que afirman que las vacunas líderes tienen una eficacia superior al 90% se basaron en datos preliminares e incompletos. Según los científicos que consulté, tendremos suerte si la primera generación de vacunas contra el Covid-19 tiene una eficacia del 50%, como ocurre con la vacuna anual contra la gripe. De hecho, los científicos serios se muestran escépticos frente a quienes dicen que la eficacia es del 90%.

Algo peor aún es que corremos el riesgo de que a fines de 2021 los casos de Covid-19 vuelvan a aumentar cuando las personas “vacunadas” (que tal vez sigan siendo contagiosas y no estén realmente inmunizadas) comiencen a participar en actividades riesgosas, como las reuniones masivas en interiores sin tapabocas. En todo caso, si la vacuna de Pfizer supuestamente será la clave de nuestra salvación, ¿por qué su director ejecutivo se deshizo de millones de dólares en acciones el mismo día en que su empresa anunció los revolucionarios resultados de las pruebas?

Finalmente, tenemos el gran evento político del 2020: la elección de Joe Biden como presidente de Estados Unidos. Desafortunadamente, esto no tendrá un gran impacto sobre la economía debido a que la obstrucción por parte de los republicanos en el Congreso impedirá que Estados Unidos implemente los estímulos a gran escala que requiere la situación. Tampoco podrá Biden gastar mucho en infraestructura verde, aumentar los impuestos a las corporaciones y los ricos, ni participar en nuevos acuerdos comerciales, como el sucesor del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica. Incluso si Estados Unidos se reincorpora al Acuerdo de París por el cambio climático y repara sus alianzas, habrá límites a lo que el nuevo gobierno podrá lograr.

La nueva guerra fría entre Estados Unidos y China seguirá en aumento y podría llevar a un enfrentamiento militar por Taiwán o el control del Mar de la China Meridional. Más allá de quien esté a cargo del gobierno en Beijing o en Washington D. C., la “trampa de Tucídides” está montada y deja el terreno preparado para un enfrentamiento entre el poder hegemónico establecido, pero debilitado y la nueva potencia en ascenso. A medida que se intensifique la carrera para controlar las industrias del futuro, habrá más desconexiones entre los flujos de datos, información y financieros, y entre las monedas, plataformas de pago y comercio de bienes y servicios que dependen del 5G, IA/AA, los macrodatos, el Internet de las Cosas, los chips para computadoras, sistemas operativos y otras tecnologías de avanzada.

Con el tiempo el mundo se dividirá firmemente en dos sistemas enfrentados: uno controlado por Estados Unidos, Europa y unos pocos mercados emergentes democráticos; el otro, bajo el control de China, que para entonces dominará a sus aliados estratégicos -Rusia, Irán y Corea del Norte- y a una amplia gama de mercados emergentes dependientes y economías en vías de desarrollo.

Entre la balcanización de la economía mundial, la sostenida amenaza del autoritarismo populista en un entorno cada vez más desigual, la amenaza del desempleo tecnológico impulsado por la IA, los crecientes conflictos geopolíticos y desastres cada vez más frecuentes y graves creados por el hombre e impulsados por el cambio climático mundial y las pandemias zoonóticas (que en parte se deben a la destrucción de los ecosistemas animales), la próxima década será un período de fragilidad, inestabilidad y posible caos prolongado. El año 2020 fue sólo el inicio.

El autor

Nouriel Roubini, profesor de Economía en la Escuela de Negocios Stern de la Universidad de Nueva York y presidente de Roubini Macro Associates, fue economista principal de Asuntos Internacionales en el Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca durante la administración Clinton. Ha trabajado para el Fondo Monetario Internacional, la Reserva Federal de Estados Unidos y el Banco Mundial. Su sitio web es NourielRoubini.com, y es el anfitrión de NourielToday.com.