¿Cómo se le hace para convertir un paraíso con playas blancas y mar azul turquesa en un purgatorio donde predominan el color marrón y el olor a huevo podrido? No es tan complicado: hay que mirar a otro lado, mientras la naturaleza y la contaminación hacen sus trabajos. El sargazo es un alga que se alimenta y crece con rapidez, gracias a los nutrientes que hay en las aguas residuales y en el fósforo de los fertilizantes que llegan al mar.

La primera referencia de la llegada de sargazo en Quintana Roo data del 2011. Fueron cantidades menores que pudieron ser retiradas, pero que llamaron la atención de expertos y alertaron a los defensores del medio ambiente. Advirtieron sobre el vertido irresponsable de las aguas residuales de las zonas hoteleras y la simulación en los procesos de saneamiento de agua. No pasó nada. Mejor dicho, nada cambió.

A partir del 2015, el sargazo ha tenido una importancia creciente en el radar de los quintanarroenses. Se crearon comisiones para buscar soluciones (o negocios) y se multiplicaron los recursos dedicados a monitoreo, contención de la mancha en el mar y limpieza de las playas. No hay una cifra precisa de todo lo que se gastó. Se habla de 800 millones de pesos asignados, pero no se sabe cuánto de ese dinero terminó en las bolsas de oportunistas. A todos nos consta que los esfuerzos fueron insuficientes.

Cuatro años después, el problema ha alcanzado dimensiones dantescas. En el 2015 fueron menos de 200,000 toneladas de sargazo las que llegaron a las costas de Quintana Roo. En el 2018, la cifra rebasó las 520,000 toneladas. Para el 2019, se esperan más de 1 millón y medio de toneladas.

Estamos ante un asunto que es simultáneamente un problema ecológico, económico y social. El sargazo daña la vida del mar, afectando peces y corales. En la playa impide que las tortugas lleguen para depositar sus huevos. Se descompone rápidamente y genera ácido sulfhídrico, además de matar la vegetación y desertificar los lugares donde se instala.

El daño económico es cuantioso, aunque difícil de valorar. Por lo pronto, los hoteleros están “abaratando” sus cuartos para mantener los niveles de ocupación. Son descuentos de 20 hasta 35% y la gran duda es si éstos serán suficientes. En el corto plazo, está en juego la temporada de verano. Más adelante, vendrá la competencia por la temporada de invierno, ¿cuánto caerá la ocupación y los precios? ¿qué pasará en el 2020 y más delante?

La administración de AMLO ha pasado de minimizar el problema a reconocer su gravedad. Hay reuniones de alto nivel una vez por semana, afirma el secretario de Turismo, Miguel Torruco. Sabemos que habrá un esfuerzo para interceptar el sargazo en el mar, antes de que llegue a las playas. No queda claro qué se hará para eliminar las descargas de aguas residuales y controlar el fósforo de los fertilizantes y cómo se profesionalizará la limpieza de playas, para que no se acaben la arena blanca. A nivel de imagen internacional, ¿qué estrategia se hará para el manejo de crisis?

En riesgo está la joya del turismo mexicano, pues las playas de Quintana Roo generan un tercio de todas las divisas turísticas. Alrededor de 7,500 millones de dólares anuales, además de miles de millones de pesos que generan los turistas nacionales. Son 1,075 hoteles y más de 7,000 restaurantes. Más de medio millón de empleos.

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Luis Miguel González

Director General Editorial de El Economista

Caja Fuerte

Licenciado en Economía por la Universidad de Guadalajara. Estudió el Master de Periodismo en El País, en la Universidad Autónoma de Madrid en 1994, y una especialización en periodismo económico en la Universidad de Columbia en Nueva York. Ha sido reportero, editor de negocios y director editorial del diario PÚBLICO de Guadalajara, y ha trabajado en los periódicos Siglo 21 y Milenio.

Se ha especializado en periodismo económico y en periodismo de investigación, y ha realizado estancias profesionales en Cinco Días de Madrid y San Antonio Express News, de San Antonio, Texas.