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Quiénes son los desconectados de la TV

En una nota de diciembre de 2015, El Economista informaba sobre el fin de la televisión analógica para el centro del país. En la nota, María Lizárraga, titular de Unidad de Medios y Contenidos Audiovisuales del Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT), decía que en los apagones analógicos de otros países no se habían registrado problemas sociales. ¿Alguien podía ver en esos días rebeliones sociales por perderse la telenovela o el partido de futbol en la tele? Es posible que Lizárraga más bien estuviera avizorando el escenario de 2020, en el que la televisión sería la respuesta a una emergencia social.
Hoy la televisión es el principal instrumento para impartir clases a distancia y fue seleccionada por su enorme capacidad de cobertura. La ENDUTIH 2019 del INEGI revela que el 96% de los hogares recibe señal de televisión digital.
El 4% de las familias restantes está desconectado de la televisión y representa cerca de millón y medio de hogares que parecieran pertenecer a un mundo ajeno y distante, del que tenemos pocas noticas. Pero esta semana tuve contacto indirecto con tres de esas familias que están fuera del mundo de las telenovelas, dos viven en el Estado de México, la otra en Oaxaca.
En Rincón de los Pirules, un pueblito del municipio de San Felipe del Progreso en el Estado de México, habitan las dos hermanas de Fide, que están a punto de migrar a alguna zona urbana para que sus hijos puedan continuar la escuela. La razón: no tienen televisores.
Rincón de los Pirules fue beneficiario de la dotación gratuita de pantallas que hizo el gobierno en 2015. Las famosas pantallas tuvieron una breve vida útil. Las familias se acostumbraron después a vivir sin tele, lo cual no les hacía daño, pero hoy que es el vehículo para la educación obligatoria, no tener una es un problema mayor.
De acuerdo con organización Niños por la Ciencia, uno de los factores que mitiga la migración de la población rural hacia los centros urbanos o a Estados Unidos es el estímulo de ver a sus hijos estudiando en sus propias comunidades: “La educación es valorada por las familias como su oportunidad para acceder a una mejor calidad de vida y un signo de progreso social”, dice Almendra Carrillo, directora de la organización.
Una de las hermanas de Fide consiguió ya trabajo fijo como ayuda doméstica, lo que le está dando la opción de llevarse a su hija para que continúe estudiando. La otra tiene cuatro hijos y no corre con la misma suerte. Ella desea migrar a una ciudad también como trabajadora doméstica, pero contratada por semanas para poder ahorrar y comprar al menos una pantalla.
En Cacahuatepec, Oaxaca, vive la sobrina de Caro con cuatro hijos y una televisión. Aquí las decisiones también son difíciles. El mayor de los sobrinos de Caro, de 17, aspiraba a continuar sus estudios en una escuela técnica del municipio, pero en las condiciones actuales fue imposible y acaba de reclutarse en el Ejército, como alternativa de estudios.
Los casos que refiero aquí son claros ejemplos de las aspiraciones educativas que tiene la gente en el medio rural. Son tres personas que están abandonando el campo para buscar remedios escolares. La falta de escuelas también es causa de migración.
Un millón quinientas mil familias pobres sin acceso a señal digital de televisión no son pocas; tampoco son tan lejanas. Más bien son ignoradas, pero ese es un virus más grave que el Covid-19, porque afecta a más personas y se transmite de sexenio a sexenio. Para este mal, nadie ha buscado una vacuna.
*La autora estudió comunicación y RP. Ha sido reportera, analista de información y desde el año de 1998 es consultora de comunicación para empresas y organizaciones del sector privado.