Los partidos políticos ideológicos no existen; lo que hay son agrupaciones de intereses medianamente identificadas con algunas ideas. Esto explica en buena medida el hecho de que al interior de esas organizaciones llamadas partidos coexistan tantas corrientes con diferencias notables y también lo fácil que resulta que legisladores, militantes, alcaldes de un partido salten a otro que les ofrece la oportunidad de continuar con su (digamos) “carrera”. 

Desde los años 90 del siglo pasado fuimos testigos de este fenómeno que los medios, con humor, bautizaron con el nombre de “chapulineo”. Así llegaron al PRD, por ejemplo, personajes como Ricardo Monreal o Layda Sansores cuyas trayectorias estaban (y están) muy lejanas de las izquierdas. 

En las épocas del viejo PRI, los gobernadores eran obedientes y temerosos a la autoridad presidencial. Cuando comenzaron a abundar los gobernadores de oposición la relación cambió, pero la sujeción al poder central continuó, principalmente por la necesidad de recursos. En efecto, esta dependencia es grande porque, salvo contadas excepciones, los estados son malos para la recaudación y la administración y el pacto fiscal federal deja un margen de discrecionalidad a favor del ejecutivo. Por supuesto, no omito señalar la manga ancha para la corrupción que hay en entidades controladas por el grupo del gobernador en turno. 

En este sexenio los gobernadores han regresado a la actitud de los pingüinos de Madagascar que los caracterizaba en la era del viejo PRI: sonríen, saludan y temen al poder central del presidente López.  Calladitos (y obedientes) se ven más bonitos.  

Este es el caldo de cultivo perfecto para que el mandatario avance en su proceso de consolidar el poder absoluto que, afortunadamente, todavía no tiene. El presidente López ha salido de compras y su objetivo son los exgobernadores, sean de su partido, como el caso de Jaime Bonilla, quien dice que será llamado por el ejecutivo a pesar de haber sido un pésimo mandatario de Baja California, o pertenezcan a otra agrupación partidaria. 

Hace algunas semanas, AMLO anunció la incorporación del próximamente exgobernador de Sinaloa Quirino Ordaz Coppel y de Antonio Echevarría, exgobernador de Nayarit. El primero está propuesto como embajador de México en España y el segundo aún no tiene puesto asignado. Para complementar el tema, esta semana, en la mañanera del día 14, se le preguntó si había planes para incorporar a otros mandatarios estatales que hayan dejado (o lo vayan a hacer próximamente) su cargo. La respuesta fue que sí y nombró a Héctor Astudillo, de Guerrero, quien terminará su encargo en estos días.  

El asunto no quedó ahí. Se le preguntó si invitaría a los panistas de Querétaro (Francisco Domínguez, exgobernador), Quintana Roo (Carlos Joaquín, en funciones) y Yucatán (Mauricio Vila, en funciones), con los que, se dijo, parece tener buenas relaciones. La respuesta de López Obrador fue positiva. 

Más allá de que haga realidad todas estas sumas, que al menos en el caso de Quintana Roo es factible, se trata de movimientos muy inteligentes de parte del presidente. En el caso de los mandatarios salientes de Sonora, Sinaloa, Nayarit y Guerrero todo indica que le ayudaron a MORENA a ganar las elecciones, es decir, que ya se ganaron la posibilidad de seguir sus “carreras”, ahora cobijados por AMLO. No está de más señalar que en esos comicios intervinieron fuerzas del crimen organizado amenazando o secuestrando candidatos o personas cercanos a estos. Llama la atención que en algunos casos podrían identificarse a elementos del Cártel de Sinaloa y, en otros, del CJNG. El común denominador de estas intervenciones criminales es que operaron a favor de los candidatos de MORENA. 

El presidente López concibe a los gobernadores como ayudantes, no como representantes de un poder soberano, como dice la Constitución. Su frase: “me ayuda mucho…” refiriéndose a algunos de ellos, como los de Tabasco, Chiapas, Oaxaca y Veracruz, aclara el panorama completamente. Al cooptar gobernadores y exgobernadores de otros partidos consolida su poder y de paso ayuda a su partido.

Para muchos de estos personajes el sumarse a MORENA o a la corte del presidente López también es un movimiento inteligente (sin escrúpulos, pero inteligente). Con un PRI y un PRD disminuidos, sin muchos recursos y puestos que ofrecer, un exgobernador podría estar destinado a ver truncada su “carrera”, así que incorporarse a la (es un decir) causa del mandatario es una forma ideal de seguir adelante.

Realmente, hay un solo requisito para entrar a MORENA: jurar lealtad al presidente. Las ganancias, en cambio, son valiosas: se obtiene un certificado de honestidad, se evitan persecuciones políticas y legales enfadosas y, lo mejor, hay un puesto en el futuro. El camino seguido por AMLO es una jugada maestra: ayuda a desfondar a sus opositores y consolida su poder personal. Por cierto, no lloremos por los partidos disminuidos, su condición actual es fruto de sus errores, juego sucio y corrupción. Tal vez no merezcan existir.