Nombra el poeta

con un silencio ante la cosa oscura,

con un grito ante el objeto luminoso.

Pero, ¿qué cosa dicen de las cosas los

nombres?

¿Se conoce al gallo por la cresta

guerrera de su nombre, gallo?

¿Dice mi nombre, Eduardo, algo de mí?

Más que su nombre, su pluma todo lo dice. Se llama Eduardo Lizalde, ayer, cumplió 90 años y le dicen el Tigre. Hoy es el poeta vivo más importante de México.

Nacido el 14 de julio de 1929 en Ciudad de México, en la colonia Portales con toda precisión, fue hijo del ingeniero Juan Lizalde, quien le enseñó a escribir sonetos, y de Elena García de la Cadena, hija del general Trinidad García de la Cadena. Antes de convertirse en el celebrado poeta, académico, ensayista, locutor y musicólogo que hoy es, Lizalde fue alumno de la Facultad de Filosofía y Letras  de la UNAM y estudiante de escalas, tonos y armonías en la Escuela Superior de Música. “Mis estudios fueron tan desordenados como los de cualquier poeta, quería ser cantante y estudié largos años, pero no logré hacerlo”, ha confesado en muchas entrevistas. Sin embargo, también ha dicho que escribía poemas desde muy niño, “ya a los 13 años o 12, me consideraba capaz de llevar delante de manera genial cuando menos tres carreras: la de cantante, la de pintor y la de poeta. Me parecía posible, en breve tiempo, ser cuando menos como el barítono Titta Ruffo, Miguel Ángel y Góngora si me empujaban vientos propicios”.

Los vientos, sin embargo, lo condujeron por el habitual camino del creador. A los 18 años comenzó a publicar pequeños poemas en el periódico El Universal, publicó su primer libro, La mala hora, a los 27 y asimiló que escribir era un diálogo con la tradición literaria universal y se dio a la tarea de buscar su propia voz. Había leído en la primera juventud, según ha dicho, en primer lugar a los modernistas y a los posmodernistas, pues su padre había sido un gran lector y lo impulsó a la lectura, pero sobre todo influyendo su gusto en materia poética. Leyó a los Machado, más a Manuel que a Antonio, después al mejor Díaz Mirón, a Othón y a todos los mexicanos del siglo XIX y de principios del XX. Y junto a los poetas también leyó a  Kant, a Hume, a Husserl y a otros filósofos, autores de trabajos sobre estética. Porque a Eduardo Lizalde le ha parecido siempre tan indispensable leer a buenos poetas como a buenos ensayistas y críticos. Si no, “¿cómo saber lo que pasa en una época?”

Puedo escribir, señores,

con los ojos cubiertos,

vuelta la espalda al piso,

atadas las muñecas,

esparadrapo encima de los labios.

Puedo: pero no garantizo el producto.

Lizalde afinó la tesitura y en el momento propicio alcanzó su completa madurez literaria. Y fue en 1970 cuando publicó El tigre en la casa. No sabía, no podía imaginarse que irrumpiría con fuerza arrasadora en la tradición poética conocida hasta entonces, transformando hasta las palabras mismas. Libro muy vendido, el más famoso, con múltiples lectores, sacudió el gusto hasta de los más exigentes y despiadados críticos. Octavio Paz, por ejemplo, dijo que El tigre en la casa consumó el poemario como el más resonante y definitivo de Lizalde y escribió: “Fue en ese año, en el sentido fuerte de la palabra, el de la aparición de un poeta verdadero. Tiene algo de milagroso”.

Salvador Elizondo proclamó que aquellos versos “cambiaron el lenguaje y el tono poéticos; todo aquí está investido de una violencia y de un sentimiento nihilista que se expresa por imágenes de una atroz belleza que no tienen, ciertamente, paralelo en la historia de nuestra poesía”.

A partir de aquel momento, tanto las palabras de Eduardo Lizalde como su tigre se mudaron para siempre a nuestras casas. El poeta fue tema principal: se habló de su comunión con Ramón López Velarde, su cercanía con William Blake, su proximidad con Borges y Rubén Darío. Y desde aquel momento hasta la fecha, comenzaron a llamarlo el Tigre.

(Acá le pongo los primeros versos, lector querido, por si acaso nunca se ha encontrado con este tigre en su pasillo):

Hay un tigre en la casa que desgarra por dentro al que lo mira. / Y sólo tiene zarpas para el que lo espía, y sólo puede herir por dentro, y es enorme: / más largo y más pesado / que otros gatos gordos / y carniceros pestíferos / de su especie, / y pierde la cabeza con facilidad, / huele la sangre aun a través del vidrio, / percibe el miedo desde la cocina / y a pesar de las puertas más robustas.

Suele crecer de noche: / coloca su cabeza de tiranosaurio / en una cama / y el hocico le cuelga / más allá de las colchas. / Su lomo, entonces, se aprieta en el pasillo, / de muro a muro, / y sólo alcanzo el baño a rastras, contra el techo / como a través de un túnel / de lodo y miel.

No miro nunca la colmena solar, / los renegridos panales del crimen.

De sus ojos, / los crisoles de saliva emponzoñada / de sus fauces. / Ni siquiera lo huelo, / para que no me mate. / Pero sé claramente / que hay un inmenso tigre encerrado en todo esto.

Vinieron otros libros: grandiosos todos y apocalípticos, algunos. Entre ellos Autobiografía de un fracaso, La zorra enferma, Caza Mayor y Al margen de un tratado. Ya no todos de poesía, también de prosa serena y rigor intelectual; otros tantos de divertimento puro y exuberancia imaginativa como Tabernarios y eróticos, su Manual de flora fantástica y su novela Siglo de un día.

Los reconocimientos también fueron llegando: el Premio Xavier Villaurrutia, el Nacional de Poesía de Aguascalientes, el Nacional de Ciencias y Artes, el Iberoamericano Ramón López Velarde, el Internacional de Poesía Jaime Sabines, el Alfonso Reyes, el de Poesía Federico García Lorca y, apenas hace dos años, el Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en el Idioma Español.

Hoy, los festejos por sus 90 años no han cesado. Ha sido honrado por la Academia Mexicana de la Lengua, la Capilla Alfonsina, el mundo entero y hasta en el Imer (porque ha de saber que lleva más de 30 años siendo conductor oficial de dos programas de radio, Contrapunto y Memorias y Presencias). Y es que es cierto. Tiene una voz como de tigre. Grave, de esas que rebotan en las vísceras y hacen que el corazón se dé la vuelta. De tesitura profunda y tono seductor. Pausada, cálida, impresionante. Como cantante de ópera. Como de tigre.

Vuela el tiempo, pájaro mayor, dicen los poetas.

Envejecemos, morimos, nos degradamos,

pero no es por el tiempo en que vivimos,

ni el que resta,

porque el tiempo no existe...

Así respondió Eduardo Lizalde a la celebración por su cumpleaños en la Capilla Alfonsina: leyendo en voz alta su poema “Senectute”.