El año que se inicia estará sin duda marcado por la contienda electoral. La retórica ajena a la realidad que ha predominado en las precampañas, no augura discusiones de altura y puede volver irrelevante para muchos el discurso político inmediato. En un país con graves problemas y necesidades urgentes, esto sería otra oportunidad pérdida. Lo que gran parte del electorado espera son propuestas para enfrentar las dificultades económicas, la crisis de derechos humanos, la amenaza del muro fronterizo y la deportación de los dreamers, la degradación de la vida cotidiana en ciudades y campo.

En este contexto, la precandidatura de María de Jesús Patricio, primera mujer indígena que aspira a la Presidencia de la República, adquiere un significado político y simbólico singular. Su candidatura, en efecto, es la única realmente independiente, puesto que no ha pertenecido ni ligado su carrera política a ningún partido. La decisión de contender no se debió en su caso a su sola voluntad: fue elegida por el Concejo Indígena de Gobierno (CIG), derivado del Congreso Nacional Indígena, formado en 1996, que representa a 40 pueblos originarios.

Nacida en diciembre de 1963 en una familia nahua de Tuxpan, Jalisco, Patricio se formó y destacó como médica tradicional y herbolaria. Según declarara en el 2015, el levantamiento zapatista de 1994 despertó su conciencia política y la llevó a participar en asambleas del EZLN como representante de su comunidad. Ahora, como vocera del CIG, ha de apegarse a sus principios rectores: “servir y no servirse”, “construir y no destruir”, “obedecer y no mandar” “convencer y no vencer” ,“proponer y no imponer”, “bajar y no subir”, “representar y no suplantar”, ecos en gran medida del discurso neozapatista, enraizados en un concepto comunitario de la política, que apela a la organización horizontal, desde abajo.

En sus recorridos por México desde octubre pasado, Marichuy, como se le conoce, ha reiterado su lealtad y compromiso con los pueblos indígenas pero se ha dirigido también a los trabajadores del campo y la ciudad, a las mujeres en particular, a quien sepa reconocer la realidad nacional y quiera escucharla. Así, con un discurso sencillo, pero claro y contundente, se ha manifestado contra la destrucción y contaminación de la madre tierra, el despojo de las comunidades por megaproyectos, caciques y narcotraficantes; y contra la explotación que por siglos ha degradado la vida comunitaria, familiar y personal de los pueblos originarios y que hoy afecta a (casi) todos. Su visión ecologista y anticapitalista coincide con la cosmovisión indígena que comparten muchos pueblos latinoamericanos, pero también con los principios de los movimientos antisistémicos que se han desarrollado en Europa en tiempos recientes.

De cara a la sociedad mexicana, Marichuy ha denunciado “el sistema patriarcal, capitalista, racista y sexista”, que, además de destruir, divide y margina. Lejos de eludir problemas específicos, en Ecatepec, la UNAM y Tila, por ejemplo, se refirió al horror del feminicidio, condenó la impunidad que lo favorece; denunció las desapariciones y asesinatos que también afectan a las comunidades indígenas; condenó la Ley de Seguridad Interior, y llamó a mujeres y hombres a unirse contra la violencia, la desigualdad y la injusticia, a caminar juntos para transformar al país.  Hablándoles “como mujer, como indígena y como madre”, ha invitado a las mexicanas del campo y la ciudad a rebasar los límites de sus roles tradicionales y a participar en la esfera pública. En las mujeres que, ante la injusticia, sienten dolor y rabia, reconoce también una gran capacidad de transforma esa rabia en fuerza colectiva para “desmontar el poder de arriba” y construir “el poder de abajo”.

Para llegar a la boleta electoral, Marichuy deberá superar  las desmesuradas exigencias de un INE que parece desconocer la falta de conectividad y la marginación de grandes zonas del país, sobre todo indígenas. Ella ha aceptado el reto y es ya una figura de primera fila. Su voz y propuestas merecen escucharse y debatirse.

Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).