La política es la única ciencia donde la distancia más corta entre dos puntos no es la línea recta. Será por eso que los científicos duros se niegan a llamarle ciencia a una disciplina que por momentos está más cerca de la esoteria que de la academia (no es broma, los paleros y santeros cubanos presumen tener entre sus mejores cliente a políticos mexicanos) y los caminos tienen poco o nada que ver con la lógica cartesiana.

La paradoja del PRD es que, en el peor momento electoral de su vida, cuando está más vapuleado y arrastrando la cobija, resulta ser también el más importante. Nunca como ahora los ocho o nueve puntos del sol azteca habían sido tan valiosos. Nunca como ahora la decisión de hacia dónde apunten la mira podría definir la presidencia de la república.

La segunda paradoja es aún más divertida. La decisión que tome el PRD puede llevar a la izquierda al poder por primera vez en la historia o puede regresar al la derecha a Los Pinos. Si opta por la izquierda lo más seguro es que desaparezca como partido, pues Morena en el poder terminaría de canibalizarlo; si opta por la derecha, el PRD tiene futuro como un partido de oposición que algún día podría aspirar a llegar al poder. Dicho en otras palabras, el futuro del PRD y de la izquierda que dice representar y querer construir, pasa por la derecha.

Todas las encuestas, que son como las suegras -cada quien tiene la suya pero ninguna es de fiar- ponen al PRI, PAN y Morena en los rangos de los 22 a 32 puntos, con distancias que en ningún caso es de más diez entre el primero y el segundo. La suma de los votos de partidos de los llamados satélite, que están entre tres y cinco por ciento, se vuelve importantísimo. Serán los puntos más caros de historia reciente. El Verde y el Panal terminarán vendiendo su alma y votos al PRI a un precio más descabellado que el del aguacate. Morena tratará de construir alianza con el PT y MC, y el PES terminará, muy probablemente, siendo una rémora del PAN. Ese reparto, curiosamente, neutraliza la importancia de las alianzas y deja como la única significativa la que se haga con el PRD.

Si la alianza la hace con el PAN, la agenda común tendrá que ser la reconstrucción de la democracia mexicana, principalmente lo que tiene que ver con los costos y la vida interna de los partidos, y por supuesto, la agenda anticorrupción. Ambos tendrían que renunciar a sus preceptos más radicales, sobre todo las que tienen que ver con moral pública y ampliación de libertades, donde sus planteamientos son irreconciliables. Si, por el contrario, la alianza en con Morena su papel será quitarle lo moderado a la agenda de Andrés Manuel en materia de ampliación de libertades, profundizar el combate de la pobreza y ser el dique de los arranques autoritarios de López Obrador, pero, a fin de cuentas, en la izquierda, el PRD terminaría siendo uno más de la alianza, el más grande de los pequeños.

El PRD nunca había estado tan lejos de ganar una elección, ni tan cerca de las paradojas del poder.