Un congelamiento de pagos de deuda ayudaría a países de bajos ingresos, pero no a las economías emergentes, las cuales necesitan más ingresos de capital, no restricciones sobre los egresos.

Bogotá. Muchos están reclamando una moratoria temporaria de todos los pagos de deuda por parte de las economías en desarrollo y emergentes, para impedir que la pandemia del Covid-19 desate un tsunami de defaults soberanos. En lugar de esperar pasivamente a que los deudores dejen de cumplir con sus obligaciones, sostienen, sería mejor que los acreedores acordaran ahora suspender los pagos por un tiempo.

Pero si bien un congelamiento general de los pagos de deuda podría ayudar a muchos países de bajos ingresos que carecen de una opción mejor, podría ser contraproducente para las economías emergentes que hoy siguen teniendo acceso a los mercados financieros. Lo que estos países necesitan ahora es más ingresos de capital, no restricciones sobre los egresos.

Las suspensiones de pagos plantean dos problemas. Primero, las economías emergentes necesitan nuevo financiamiento neto, en otras palabras, más recursos de los que tendrían disponibles si se congelaran sus obligaciones de pago de deuda. Segundo, los países que participan en una suspensión temporal de pago enfrentarán acciones legales de parte de algunos bonistas, lo que comprometería su acceso futuro a los mercados de capital.

Una suspensión del pago de la deuda sería particularmente problemática para los países con una inversión extranjera importante en sus mercados de capital en moneda local. Una huida de los inversores extranjeros ejercería una mayor presión sobre las monedas de mercados emergentes, impulsando con ello la inflación y limitando la liquidez disponible para mitigar las consecuencias económicas del Covid-19. Imponer controles de capital para impedir salidas de recursos financieros es igual de desacertado: el capital se iría de todas maneras, causando estragos en el camino.

Si bien una moratoria de la deuda provocaría más daño que beneficio a los mercados emergentes, sería poco realista esperar que el capital privado ofrezca el financiamiento que estos países necesitan hoy.

Es verdad, varias economías emergentes recurrieron a los mercados de bonos soberanos en términos razonables en abril: México colocó deuda por 6,000 millones de dólares; Israel emitió 5,000 millones de dólares; Indonesia recaudó 4,300 millones de dólares; Perú 3,000 millones de dólares, y Paraguay 1,000 millones de dólares, mientras que Panamá y Guatemala recaudaron cantidades menores (además de Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita, que emitieron deuda por un total de 24,000 millones de dólares). Pero estas sumas son pequeñas en relación con la necesidad de las economías emergentes de unos 2.5 billones de dólares de financiamiento este año y el próximo.

Por otra parte, no existe ninguna garantía de que las futuras emisiones de bonos sean exitosas. Es poco probable que las economías emergentes experimenten una recuperación en V, lo que empeorará sus perfiles de crédito. La recuperación llevará tiempo y, al igual que el virus, se producirá en olas, generando una incertidumbre aún mayor. Y ante la decepción de los números económicos globales, los inversores se inclinarán cada vez más por activos más seguros y reducirán su exposición a las economías emergentes.

Si una moratoria temporaria o una dependencia del capital privado no parecen aconsejables, ¿qué hay que hacer?

La respuesta habitual sería que las economías emergentes busquen apoyo adicional del Fondo Monetario Internacional (FMI) y de los bancos de desarrollo multilaterales (y regionales), los BMD. Pero estas instituciones no pueden ofrecer los recursos necesarios. El FMI tiene a lo sumo 1 billón de dólares de poder de fuego, mientras que los BMD pueden ofrecer solamente unos pocos miles de millones de dólares más, lo que refleja el capital inadecuado de estas instituciones y el temor a perder sus calificaciones de crédito AAA y recuperar su capital llevará años, debido a una cantidad de obstáculos —entre ellos, el Congreso de Estados Unidos— mientras que los fondos se necesitan ahora.

La solución está en manos de los bancos centrales que emiten monedas de reserva y que, por lo tanto, deberían estar genuinamente preocupados por la salud de la economía global. En coordinación con el FMI y los BMD, deberían crear un vehículo de propósito especial (SPV, por su sigla en inglés), que actúe como un puente entre la enorme cantidad de liquidez global hoy disponible y las crecientes necesidades de financiamiento de las economías emergentes.

Específicamente, el SPV emitiría bonos, que los bancos centrales prestadores comprarían bajo sus propios programas de alivio cuantitativo (QE); luego, prestaría las ganancias a las economías emergentes. Con algunas mejoras del crédito, estos préstamos se podrían titularizar y negociarse como otros activos financieros. El SPV necesitaría cierto capital para obtener la calificación de crédito mínima exigida por los bancos centrales que comprarían sus bonos: los BMD, así como los gobiernos nacionales, podrían otorgarla.

Los BMD gestionarían la estructura, supervisión y prestación de los nuevos créditos, que podrían sindicarse entre el SPV y los BMD. Pero el porcentaje de préstamos del SPV, por supuesto, no se registraría en los balances de los BMD y, por ende, no afectaría sus calificaciones de crédito. Y los préstamos del SPV deberían utilizarse únicamente para la emergencia del Covid-19 (incluida la recuperación).

Los bancos centrales que financien el mecanismo decidirían qué países podrían tener acceso a él. Por ejemplo, la Reserva Federal de Estados Unidos probablemente no querría ofrecer liquidez a un SPV que beneficie a un país, cuyos principales acreedores son chinos. Para que eso suceda, China también necesitaría financiar el esquema.

Es más, el SPV podría servir como un mecanismo de mitigación del riesgo para traer más capital privado a las economías emergentes. Por ejemplo, podría ofrecer garantías de capital para la inversión extranjera directa en sociedades público-privadas durante la fase de recuperación pospandemia.

Finalmente, los BMD deberían utilizar sus propios balances de manera más efectiva para respaldar la recuperación económica. Hay mucho que se puede y se debe hacer, empezando por mejorar su acceso a fuentes alternativas de liquidez para aumentar su apalancamiento.

El SPV propuesto podría ofrecer un respaldo de liquidez que los BMD hoy no tienen. Por cierto, el Grupo de Personas Eminentes del G20 recomendó precisamente esto en un informe del 2018, estimando que un mecanismo de estas características permitiría que el Banco Mundial expandiera su crédito por lo menos 10% y los BMD regionales bastante más.

En lugar de crear una nueva arquitectura financiera internacional en estos tiempos extraordinarios, los responsables actuales de las políticas deberían centrarse en ajustar el sistema existente. Crear un SPV será más fácil y más rápido que opciones alternativas que requieren una acción legislativa.

Por supuesto, un mecanismo de préstamos global adicional no resolvería todos los problemas que hoy enfrentan las economías emergentes, pero les ofrecería algunas herramientas nuevas. Su creación exigirá decisión y coordinación internacional, los mismos principios que nos ayudarán a derrotar al virus.

El autor

Mauricio Cárdenas, exministro de Finanzas de Colombia, es un distinguido integrante del Centro de Política Energética Global de la Universidad de Columbia.