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La obsesión histórica

Elias Canneti, en masa y poder ha discutido con amplitud y brillantes el papel que juegan el líder, el poder y la masa. En alguna parte, describe como un individuo deja de serlo y pierde su esencia al fundirse con la masa, al sentirse parte de eso enorme e imbatible, con poder. Eso a lo que ha convocado el líder y que te hace pertenecer y por lo tanto dejar de ser tú mismo, pero parte de algo. Eso lo sabe AMLO, por intuición y por eso en un solo acto, satisface su ego, da una orden, muestra musculo de poder (aunque sea comprado) y genera la sensación de empatía, de que todos pertenecen a algo, aunque ese algo sea tan pírrico como el informe que ofreció.
La cantidad de personas que asistieron a la marcha (le han llamado más bien procesión) algunos con evidente indiferencia, otros, los más, con pasión, muestra la capacidad de movilización que tiene la 4t y muestra el frenesí compartido de ver al líder, de tomarse una foto con él, de tocarlo de guardarse la experiencia para convertirlo en un hecho histórico personal.
Si la marcha fue gigantesca o si fue insuficiente para cubrir todo el zócalo es un asunto sin importancia, me parece. El hecho sociológico y político es mucho más importante. Lo comentaristas de la televisión pública, coreaban lo histórico del evento; lo trascendente de que por primera vez los medios públicos se unieran “voluntariamente” a transmitir este acontecimiento. El resto de las televisoras, estuvieron obligadas a seguir el hecho y a llenar de narrativa las infinitas 5 horas que duró la procesión del líder hasta el templete desde dónde hablaría.
Notas en diversos medios consignaron durante el día los ciento y cientos de camiones estacionados en todas partes aledañas a la marcha y con interesada intención, se desplegaron mantas y letreros con los supuestos lugares de origen de dónde venían los marchantes, para dejar testimonio de que el gobernador de aquella entidad había cumplido con su cuota.
Las corcholatas hicieron lo propio. Claudia Sheimbaun colocada en el cinismo creciente en el que ha decidido actuar desde hace unas semanas, fue grabada entregando panes a asistentes y agradeciendo su presencia. A otros les fue menos bien. Eberard acabo con un escupitajo en la cara, vaya puntería del agresor. Adán Augusto empapado en sudor, mallugado y adolorido jugándose el pellejo por su jefe quien, en notoria irresponsabilidad, decidió caminar en medio de un mar de gente, desafiando la más mínima prudencia y seguridad del jefe del estado mexicano y presidente de nuestro país. Sin embargo, a todos ellos lo único que se les oyó fue la importancia, la trascendencia y lo grandioso del “hecho histórico” que estaban viviendo o que acaban de vivir.
El triunfo para la ciudadanía que no pertenece o no comparte la histórica gesta del día de ayer, es que mientras el líder se hizo una procesión de la vanidad con asistencia desde los estados, la marcha del 13 de noviembre se realizó en decenas de ciudades del país y a ella asistieron con razón y pasión colectiva un grupo enorme de mexicanos convencidos de la necesidad de cuidar a nuestras instituciones democráticas. Fuese o no histórica esa marcha, la de ayer no tocó al INE ni un ápice y de ello podemos estar satisfechos y alertas. Una cosa asombra, sin embargo: después de la marcha de ayer ¿qué sigue? Satisfecho la egolatría del líder y habiendo demostrado musculo que el dinero ayudo a fortalecer, ¿que nos queda como país? La división es evidente y profundizándose. Que hay dos México que conviven de manera más frágil y en tensión abjurando de la pluralidad enorme que somo como nación, es un hecho. Que la marcha probablemente no sirvió para nada, más que para leer datos y obras que conocemos todos los días en las mañaneras, es evidente. Que nadie ayer mencionó, ni abordó los problemas reales del país, más que con números alegres que no pueden comprobarse en las propias cifras oficiales es palpable. Estamos a la deriva, divididos entre quien quiere conquistar la historia señalándola como propia y aquellos que creemos en el curso natural de la historia, ya alguien dirá si lo que hicimos en defensa o no de una o las instituciones fue o no histórico. Nada más, pero nada menos también.

