Muchas veces uno está en la Luna. No sé da cuenta de nada. Tampoco alza los ojos al cielo porque no los puede despegar del suelo. Pero nadie puede estar para siempre cabizbajo. Y la Luna es imposible de ignorar.

Es parte de la escenografía en los momentos más significativos de la vida: la emoción de descubrir ese poema, el mejor de los besos en la noche, culpable de los lunáticos azotes de la verde juventud y de las conversiones en lobo o en vampiro. Es el único satélite natural de la Tierra y el único cuerpo del Sistema Solar que puede verse a detalle a simple vista. Refleja la luz solar de manera diferente según donde se encuentre y gira alrededor de la Tierra y sobre su eje en 27 días, siete horas y 43 minutos. Por ello, porque es definitiva en su marca y su transcurso, ha sido el reloj de muchas civilizaciones. Todavía hay quien mide el tiempo contando las fases de la Luna. Una semana por cada fase, y un mes para comenzar otra vez. Resulta por eso una confiable compañía (nada como iluminarse con su luz plateada mientras se piensa en las vacuidad del universo o sufre las tormentosas delicias del amor).

Y a todo esto, además resulta que si usted, lector querido, hubiera deseado olvidarla este pasado fin de semana —y mire que seguro las nubes la tapaban— hubiera sido imposible. Contagiados de humanidad festiva, todos celebrábamos los 50 años que han pasado de que el hombre puso un pie en la Luna. Y claro que la lírica se acabó, los mariachis callaron y los titulares  nos volvieron a contar todo: “El 20 de julio de 1969, el módulo de exploración lunar Eagle, componente de la nave Apolo XI, se posó en la Luna a las 3:17 de la tarde, hora de Houston”. A las 10:56 de la noche, Neil Armstrong pisó la superficie lunar —con el pie izquierdo, por cierto—, dijo su frase más célebre: “Éste es un pequeño paso para el hombre y un gran salto para la humanidad”, y poco después lo hizo Edwin Aldrin. Se convirtieron así en los primeros terrícolas en pisar la Luna.

Después, pasamos sábado y domingo en los recuentos, las opiniones de astrónomos expertos y peleándonos con los descreídos.  Escuchamos que la carrera espacial comenzó hace más de 70 años, cuando en septiembre de 1959, la sonda soviética Luna 2 se convirtió en la primera máquina de hechura humana en posarse (más bien en estrellarse) contra el suelo del satélite. Y que un mes más tarde, Luna 3 enviaba las primeras imágenes de la cara oculta de la Luna. Y volvieron a decirnos lo que llevamos medio siglo sospechando: que la carrera espacial fue siempre una competencia entre la antigua URSS y Estados Unidos, y que aunque los primeros años supusieron una ventaja para los soviéticos, pues Yuri Gagarin fue el primer hombre enviado al espacio en 1961, la reacción no tardó en desencadenarse y a los pocos días John F. Kennedy juró vengarse y convertir a su país en el primero que lograra enviar a un hombre a la Luna.

Así fueron las cosas y el cohete de detalles nimios despegó hasta posarse en nuestra sobremesa: la carrera espacial comenzó a acelerarse y en julio de 1964 se lanzó el cohete Ranger 7, que envió más de 4,000 fotografías de su viaje espacial; como contraparte, dos años después, los soviéticos lanzaron la nave Luna 9, la primera en enviar a la Tierra imágenes de televisión del satélite. Y así siguieron acumulando proeza tras proeza, los soviéticos, por ejemplo, mandando un vehículo con plantas y animales, los estadounidenses otro que diera la vuelta completa y así, hasta que Neil Amstrong y Buzz Aldrin, pisaron la superficie y convirtieron a los estadounidenses en los ganadores con un acontecimiento que fue contemplado en directo por todo el planeta Tierra. Y las expediciones no acabaron ahí. En 1970, los soviéticos lanzaron las misiones Luna 16 y Luna 17. Después de Amstrong y Aldrin, pisaron suelo lunar los tripulantes de las misiones Apollo 12, 14, 15, 16 y 17 y aunque muchas otras misiones, tanto soviéticas como estadounidenses lograron alunizar para recoger material, no llevaron pasajeros (no quedó más que la imaginación desbordada, teñida con las colores del amarillo gusto por el descrédito bajo las luces del aburrimiento que afirman que nunca llegamos a la Luna y que todo fue un montaje, pero eso sí, tan bueno como filmación de Stanley Kubrick).

Hoy, que por cierto amaneció lunes, Día de la Luna, curémonos la resaca con palabras bellas, memorias del mismo sueño en otras letras y afortunadas recomendaciones. Porque antes de convertirse en la meta de una carrera político económica alcanzar a la Luna, la gran diosa madre, Selene, la griega divinidad, hermana del Sol y de la Aurora, antes de que supiéramos que el nombre de México significa lugar en el ombligo de la Luna, muchos dejaron testimonios por escrito que vale la pena recordar: Luciano de Samosata, escritor del siglo II de nuestra era, que afirmó se podía llegar a la Luna en un barco que por causa de un oleaje encrespado se elevara hasta el satélite y que los selenitas, seres de una civilización más avanzada, eran capaces de hilar el vidrio con el hierro; Dante que en 1321 nos contó en la Divina Comedia cómo fue elevado hasta la Luna por medio de una nube, donde están las almas que no pudieron cumplir sus votos en vida y se reflejan como en un espejo de agua limpia; o el Orlando Furioso de Ariosto, donde Astolfo alcanza la Luna mediante un hipogrifo en el que se encuentra todo lo se pierde en la Tierra, los suspiros de los amantes, los proyectos inútiles y los no se realizaron nunca. Todo por no hablar de Cyrano de Bergerac y su obra Viaje a Luna o Historia Cómica de los Imperios y Estados de la Luna, donde afirma haber llegado a la Luna gracias a una máquina impulsada por cohetes de agua y que ahí está el paraíso terrenal con hombres gigantes que andan a cuatro patas; o de la novela Micromegas de Voltaire o las alucinaciones literarias de Julio Verne

Todo para tomar este consejo:

La Luna se puede tomar a cucharadas, o como una cápsula cada dos horas. Es buena como hipnótico y sedante y también alivia a los que se han intoxicado de filosofía. Un pedazo de luna en el bolsillo es mejor amuleto que la pata de conejo: sirve para encontrar a quien se ama, para ser rico sin que lo sepa nadie y para alejar a los médicos y las clínicas. Se puede dar de postre a los niños cuando no se han dormido, y unas gotas de Luna en los ojos de los ancianos ayudan a bien morir, decía Jaime Sabines.

Y quizá leer una estrofa de Vallejo: ¡Luna! Y a fuerza de volar en vano/ te holocaustas en ópalos dispersos: / tú eres tal vez mi corazón gitano que vaga en el azul llorando versos.

Para acabar con la fiesta que nos hizo celebrar el medio siglo del hombre que por fin llegó, y saber que, de hoy en más, tenemos permiso de soñarla, cantarle y seguir viviendo en la Luna.