La llamada tragedia griega representa un ejemplo dramático de que una sociedad no puede vivir por arriba de sus posibilidades, y que, tarde o temprano, la realidad rebasa el derroche. Un país, como una persona, no puede vivir en forma indefinida gastando más de lo que tiene.

El asistencialismo fiscal tiende a generar parasitismo, y este, a la postre, ocasiona enormes presiones sobre las finanzas públicas, más en economías donde los salarios son función de dádivas y fantasías presupuestales, no de productividad, como sucede en la economía griega.

El fetiche asistencialista, de usar la deuda pública para subsidiar la expansión de la economía, implica masivas transferencias de recursos de un sector de la sociedad a otro. En un pasado, el uso del impuesto inflacionario podía financiar esta hiperdependencia sobre la deuda pública, y el déficit presupuestal. Sin embargo, los griegos, al estar atados al régimen del euro, no disponen del tributo inflacionario para financiar el sobreendeudamiento.

Algunos analistas apuntan que, si Grecia tuviese oportunidad de salir de la zona euro, podría recurrir a la devaluación de su moneda local para así absorber el desequilibrio macroeconómico.

Ésta es una gran falacia. Una macrodevaluación es otra forma de bajar los salarios reales. La economía griega sufre una tasa de endeudamiento público de 125% de su ingreso y debe financiar un déficit de 13% del producto. Una devaluación monetaria, no acompañada del ajuste de las finanzas públicas, equivale a usar cocaína económica para suavizar la cruda de la crisis.

De hecho, soluciones artificiales, como la depreciación cambiaria, sólo postergan lo inevitable. En cierta medida, lo mismo pasa con los macrorrescates, como el que acabamos de observar en la zona europea.

La señal que envían estos rescates financieros es un riesgo moral llevado hasta sus últimas consecuencias: si gastas más de lo que tienes, no te preocupes, los contribuyentes de otros países pagarán la eventual factura fiscal.

La lección capital del caso griego es que, en el fondo, la irresponsabilidad fiscal se traduce en una baja de nivel de vida. En regímenes propios, flexibles, el mecanismo de transmisión es el tipo de cambio, mediante la devaluación.

En regímenes fijos, como una unión monetaria, el mecanismo es el ajuste salarial en la economía real. El medio difiere, el resultado es el mismo.

La fuente es, al igual, la esencia de esta nueva tragedia griega: vivir en el derroche, por arriba de las posibilidades productivas de una sociedad.

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