Soy un individuo medianamente culto, quizá un poquito arriba del promedio nacional. Mi hija Fernanda me retó a entrarle a un juego consistente en atinar en un mapa, con presión del índice, los países que se indican al jugador. Mis resultados me deprimieron por espeluznantemente malos.

De África señalé con seguridad a Egipto, Etiopía, Sudáfrica y el archipiélago de Cabo Verde, mismo que conozco por ser la cuna de la magnífica Cesária Évora. Imprecisos mis conocimientos del norte del continente y ni idea del resto. Localicen, por favor, entre otros, a Burundi, Níger, Gabón y Eritrea. Trágico, no triste, mi desempeño con Europa. Reconozco lo clásico para servidor, Italia, España, Francia, etcétera, pero no Montenegro, San Marino, Lichtenstein y Luxemburgo. Bajísima mi calificación, por dudas profundas, con los escandinavos, pésima con toda Europa oriental. Señalen Croacia, Bielorrusia y Letonia, por mencionar algunos al azar. Cerca de un cero muy redondo con Asia, salvo los grandotes y los insulares importantes, Japón, Indonesia y Filipinas. Tengan la bondad de acertar con Laos, Tayikistán y Qatar. Con América me fue de lujo, salvo que confundí Bolivia con Perú y me hice bolas con las Guyanas. La puerca torció el rabo con las Antillas; ubiquen San Cristóbal y Nieves o San Vicente y Granadinas. Australia parece fácil, pero denle a Tonga y Tuvalu. De los polos no tengo la menor idea. Inquietud lacerante: ¿me falta algún continente? Creo que nada más nuestros embajadores, si bien les va, conocen a las naciones mencionadas, si es que pusieron interés en ello.

El individuo medianamente culto, o sea yo, queda más que reprobado en geografía elemental, esto es, en una noción mínima de los seres humanos que en diferentes partes de la Tierra nos acompañan en este viaje de la vida.

Provincianos a morir, encerrados en nosotros mismos, ayunos de conocimientos. Mientras instituciones de alta academia hacen sesudos estudios sobre México en el mundo, con largas e inútiles parrafadas y conclusiones, donde lo que cuenta es el rigor de la investigación, la enorme mayoría de nuestros niños permanece en el atraso absoluto. De allí la trascendencia de que la reforma educativa sea la adecuada, se cumpla y funcione en el plazo en el que debe funcionar. La peor de las enfermedades es la ignorancia, dijo Platón.

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