Casi al final de la cuarta semana del semáforo de riesgo epidémico para Covid-19, como le llaman las autoridades de salud, conviene revisar su impacto en la población. De un país en rojo en la primera semana del junio, se transitó a otro con 16 estados en rojo en la segunda, 15 en la tercera y 14 en la última. Aunque algunos pueden ver progreso al aumentar los estados en color naranja, solo 13 han permanecido en ese nivel las tres semanas. Se arrancó el mes con un semáforo que seguía el principio de “máxima precaución” pues si un indicador estaba en rojo, los demás también. Después, en la segunda semana de junio —con el consenso de los gobernadores— se decidió cambiar el procedimiento de cálculo del semáforo. Ya no dominaba un indicador sobre los demás, se relativizó el riesgo epidémico al ponderarlos. Mediante una ingeniosa forma de nombrarlos y calcularlos nos adentramos a una nueva forma de gobernanza. Al naranja se llamó “amortiguador amplio”, al amarillo “precaución acotada” y al verde “nivel mínimo muy estricto”. No era posible mantener un país tan heterogéneo en color rojo, había que buscarle válvulas de escape para orientar la salida a la “nueva normalidad” y con ello iniciar una fase distinta de gobernanza de la pandemia en México.

A nadie debe sorprender que un índice compuesto cobre tanta fuerza política en tan corto plazo. Los tiempos no estaban para probar técnicamente la especificidad, consistencia, transparencia e imparcialidad que caracterizan a cualquier indicador diseñado para la gobernanza. En economía, finanzas y en salud pública hay índices que gobiernan e influyen las decisiones a nivel mundial y local, pero para que se acepten como válidos se requieren procesos de gestación largos y con mucho debate técnico durante su elaboración. Dada la premura por contar con un índice epidémico y ante la ausencia de una discusión más amplia alrededor del semáforo, me permito compartir algunas reflexiones sobre la construcción del índice o semáforo.

Conceptualmente el semáforo agrega dos indicadores relacionados con la hospitalización de pacientes con Covid-19 y dos indicadores relacionados con detección de casos (ver figura). De acuerdo a la ponderación asignada, un paciente grave equivale a 0.7 y un paciente no grave a 0.3; es decir, si un Estado ocupa menos camas, aunque esté detectando más enfermos, se le califica mejor que un estado que está ocupando más camas y presente una tendencia descendente de síndrome de Covid-19 en las dos últimas semanas epidemiológicas completas. Más aún, dado que los dos indicadores no hospitalarios están relacionados con el número de pruebas aplicadas para detectar casos, el porcentaje de positividad será alto para todos los Estados del país, a menos que se cambie la política de hacer pruebas solo a personas con síntomas.

A lo anterior se agrega que el semáforo usa para su construcción un sistema de puntaje que no cuentan con un sustento técnico transparente. Por ejemplo, si el promedio de los hospitales de un Estado tiene ocupadas más de 70% de las camas alcanza el grado máximo en el puntaje, pero si la ocupación es 68% cae en la categoría inferior. La ocupación hospitalaria en el país según los reportes de tres semanas de semáforo es baja en casi todos los estados. La mitad de los estados presentan menos de 33% de ocupación. Entonces la combinación de un ponderador alto y baja ocupación, como sucede en la mitad de los Estados, facilita a las autoridades una eficiente gestión al retorno.

Si se anulara la ponderación y se asignará el mismo valor a cada indicador se obtiene un resultado diferente. Solo 4 de los 18 estados caerían en el color naranja en esta semana (Chihuahua, Durango, Jalisco y CDMX). Otro escenario, sería otorgarles más peso a los dos componentes de detección, es decir, envés de 0.3 como tienen ahora, se le otorgaría 0.6 y hospitalización quedaría en 0.4. Con esta ponderación, solo dos Estados quedarían en naranja y regresaríamos al punto de partida, un país en rojo.

A un ciudadano no enfermo y con muchos días de confinamiento, en que le ayuda saber si hay camas disponibles en los hospitales del estado, si el nivel de positividad al SARS-COV-2 en estados naranja es muy alto. Por ejemplo, 78% en Chiapas, 68% en Veracruz, o 58% en Quintana Roo y Querétaro. El nivel de positividad más bajo reportado en estas tres semanas es Coahuila con 20%.

La población necesita o está esperando un indicador simple y accesible que le permita decidir cuál es el riesgo de infectarse al salir a la calle y no ilusionar que el semáforo naranja esta en verde. Quiero insistir en la importancia de hacer más pruebas para detectar casos leves, asintomáticos y rastrear contactos cuyo propósito además de conocer la dimensión real de la epidemia, permitirá a los ciudadanos informar sus decisiones. Se ha visto en otros lugares que la población administra mejor sus salidas en la medida que el porcentaje de positividad en su colonia o en su lugar de trabajo son bajos y así se mantienen por lo menos dos semanas. Mientras el porcentaje de positividad siga tan alto, la población está saliendo a la calle bajo su propio riesgo de infectarse.

Me queda claro que atrás de este índice compuesto más que evitar contagios, se busca, a través del manejo eficiente de la ocupación hospitalaria, acuerdos de alto nivel para gobernar la apertura de la economía estatal. Ya veremos a quien le toca naranja la semana que entra.

*Rafael Lozano es profesor de la Universidad de Washington

@DrRafaelLozano

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