Los sistemas financieros juegan un papel fundamental en la recuperación de la crisis del Covid-19. Y es que las decisiones que se tomen en este sector definirán en gran medida la posibilidad de que dicha recuperación sea verdaderamente sostenible.

El criterio Triple B (Build Back Better) que guía un número creciente de estrategias de recuperación nacional depende extensamente de las decisiones de los actores financieros y su influencia en los inversionistas y la calidad de sus inversiones. En este sentido, es alentador constatar que los factores ambientales, sociales y de gobernanza (ASG) se están convirtiendo en nuevos referentes de los sistemas financieros.

Las inversiones inspiradas en estos objetivos han crecido de manera constante en los últimos años, convirtiéndose en parte integral del metabolismo de los mercados. De acuerdo con el nuevo informe de la OCDE “El Panorama de los Negocios y las Finanzas: Finanzas Sostenibles y Resilientes”, más de 30 billones de dólares (trillions en inglés) de activos a nivel mundial contienen algún grado de consideración ASG.

El positivo de esta fotografía es la creciente relevancia de las inversiones sostenibles en la economía global, lo cual a su vez revela un importante incremento en el interés de los inversionistas por instrumentos y productos financieros que favorecen el bienestar humano. Ya no es cool invertir en empresas de aceite de palma ni en combustibles fósiles. Y cada vez es más rentable invertir en el progreso humano. Sin embargo, los diferentes actores en los mercados financieros siguen careciendo de los datos relevantes, comparables y verificables que requieren para informar sus decisiones, manejar los riesgos, medir los resultados, y alinear sus inversiones con valor sostenible de largo plazo.

Los bancos también están intentando incrementar la integración de factores ASG en sus transacciones de financiamiento, pero también se enfrentan a desafíos de capacidad, competencia y disponibilidad de datos. Y es que las prácticas actuales de los mercados, desde los ratings hasta las divulgaciones y las métricas individuales presentan un panorama fragmentado e inconsistente de los desempeños y riesgos ASG.

De acuerdo con el estudio de la OCDE, los desafíos son múltiples: falta de prácticas estandarizadas de reportes, poca transparencia en las metodologías de calificación de factores ASG, requisitos de divulgación contradictorios, o inclusive correlaciones positivas entre una calificación “A” (de Ambiente) alta y elevadas emisiones de carbono en una empresa, debido a la inmensa cantidad de métricas sobre distintos factores medioambientales y la incoherente ponderación de esos factores.

En este contexto, una empresa puede obtener una puntuación ASG alta de parte de un proveedor de servicios y una calificación bastante menor de parte de otro proveedor. Esto significa que los instrumentos actuales ASG no se pueden utilizar con confianza para ponderar y manejar varios riesgos climáticos o para reverdecer el sistema financiero, justo en un momento en el que estas son prioridades cada vez más importantes para los gobiernos y los inversionistas.

Por ello es crucial que los gobiernos y los reguladores incrementen su colaboración para mejorar los datos que guían, inspiran, orientan, estimulan, la inversión medioambiental, social y de gobernanza. Para mejorar y fortalecer las políticas y los marcos regulatorios que guían la creación de dichos datos, se requiere de una interacción cada vez más cercana y dinámica entre los reguladores, los tomadores de decisiones y la industria, incluyendo a los inversionistas institucionales y prestadores, los proveedores de calificaciones e índices, y los creadores de estándares internacionales.

Si bien los gobiernos y reguladores de los países y jurisdicciones más grandes, con mercados financieros desarrollados, ya está abordando estos desafíos ─reportando avances importantes en algunos casos─, los mercados de capitales son globales, al igual que los factores y consideraciones ASG. Por ello, es fundamental desarrollar unos principios internacionales para ayudar a consolidar mejores prácticas que tomen en cuenta las diferencias contextuales regionales, al tiempo que se fortalece la consistencia, transparencia y, lo más importante, la confianza en los métodos de calibración de los factores ASG.

Para desarrollar esos principios, la intervención de una organización internacional como la OCDE es y será esencial. Los avances en las prácticas ASG son muy promisorios. La crisis del Covid-19 y la necesidad de reconstruir mejor abren una oportunidad única para desarrollarlas aún más, hasta convertirlas en instrumentos eficaces y confiables para alinear los incentivos de las inversiones con los objetivos de desarrollo humano y medioambiental de largo plazo.

Es una oportunidad histórica. Los mercados financieros pueden transformar la lógica de las finanzas y la inteligencia de las decisiones de inversión, dando un impulso sin precedentes a las inversiones respetuosas y promotoras del medio ambiente, facilitando la transición hacia energías y economías verdes. Para lograrlo necesitan datos, índices, parámetros, confiables y transparentes, además de estándares internacionales incluyentes y efectivos.

En esos datos comienza la vida de las nuevas inversiones verdes que tanto necesitamos. Es como construir el mapa genético de las inversiones responsables. El genoma ASG está naciendo. La OCDE está convocando a los principales actores a trabajar conjuntamente en esta importante construcción

*El autor es Jefe de la Unidad de Inteligencia y Discursos de la Oficina del Secretario-General de la OCDE.