El día 13 de enero se conmemoró el Día Mundial de la lucha contra la Depresión. La depresión clínica es una enfermedad que afecta a más de 300 millones de personas en el mundo, según datos de la Organización Mundial de la Salud. La depresión es uno de los trastornos que afecta la vida cotidiana de quienes la padecen, y muy probablemente es uno de los trastornos más normalizados y a la vez, todavía estigmatizados en pleno siglo XXI.

Algunos expertos coinciden en señalar que las enfermedades mentales son algunos de los males más presentes en el siglo XXI. La depresión es una de esas enfermedades, en ocasiones socialmente altamente estigmatizadas. Cuando se habla de enfermedades mentales, en muchos círculos sociales se equipara al hecho de “estar loco”, desbalanceado, o por el contrario, se asume como un defecto de la personalidad. Nada más alejado de la realidad.  Si bien, la salud mental es uno de los males a los que poca atención se le da en comparación con otro tipo de enfermedades, lo cierto es que desde tiempos antiguos la depresión ha sido uno de los males – a veces de salud, a veces espiritual - considerados en diferentes sociedades. Por ejemplo, en la Antigua Grecia, la depresión era conocida como melancolía, y se atribuía su aparición a un desbalance en los humores corporales – es decir, el paradigma médico que consideraba que la salud venía en función del equilibrio de diferentes líquidos corporales.

La depresión continuamente se banaliza socialmente. Cuando alguien se siente triste, de manera coloquial puede referirse a la tristeza como estar deprimido. Lo cierto es que la depresión clínica no es tristeza. Es a la vez, una enfermedad multifactorial con factores predisponentes genéticos y con algunos detonadores ambientales. Es una enfermedad que puede llegar a ser totalmente incapacitante.

Vale la pena reflexionar que algunos de los grandes males de salud del siglo XXI – fuera de la pandemia- como las enfermedades mentales o la obesidad, tienen varios puntos en común que los vuelven más complejos. Por ejemplo, la poca consideración que se tiene sobre la etiología multifactorial de los mismos. Es difícil para muchas personas o instituciones todavía, considerar que estas enfermedades van más allá de la voluntad del individuo y que la complejidad de factores que intervienen en su aparición, es algo que va más allá de “echarle ganas”, “ser disciplinado” o “intentar salir adelante”. Ambas enfermedades además, tienen una alta estigmatización social. En otras entregas hemos tratado el estigma social hacia las personas con obesidad. De la misma manera, la depresión es uno de esos males sumamente comunes, sobre los que poco se habla en voz alta, y por el contrario, se atribuyen ciertas características de carácter a quienes alguna vez la han padecido: debilidad o indolencia son los más comunes y, por el contrario, son nada más alejado de la realidad.  Además, ambas enfermedades se encuentran ampliamente ancladas en tratamientos que involucran el estilo de vida: hábitos de sueño, de relacionamiento social, hábitos de esparcimiento, de actividad física y de alimentación. Pero esto a veces no es suficiente, cuando las circunstancias del medio ambiente hacen un desafío al combate de las enfermedades.

En plena pandemia, la importancia de la salud mental salió a relucir como uno de los temas más importantes en nuestros estilos de vida sobre los que urge tratar sin culpabilización para poder pedir ayuda oportuna.

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

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