Fui, orgullosamente, profesor a tiempo completo en el Departamento de Estudios Generales del ITAM (2001 a 2017). Sufrí acoso laboral durante más de 10 años por parte del doctor Carlos McCadden y fui testigo del enorme sufrimiento que Carlos infringió —y sigue infringiendo hoy día— a profesores y alumnos. También fui testigo de colegas de otros departamentos que fueron hostigados por sus respectivos jefes.

Lo dije muchas veces y lo repito: el ITAM es una de las mejores universidades del mundo (sic) a nivel licenciatura. Es una universidad seria y exigente y, sí, se preocupa de sus alumnos y de sus profesores —a los que trata extraordinariamente bien—. Aun así, tiene, no podía ser de otra manera, defectos.

El suicidio de Fernanda abrió la caja de Pandora. No podía ser de otra manera. El suicidio de alguien es el fracaso de todo su entorno —familia, amigos, escuela, etcétera—. ¿Qué parte de culpa tiene el ITAM? No lo sé. Lo que puedo contar es mi propia experiencia. En mi cubículo —desde el 2001 al 2017— pude escuchar casos de violación, de maltrato escolar, de intentos de suicidio, promiscuidad galopante, drogadicción, etcétera. Como ni un servidor ni mis colegas somos psicólogos, algunos pedimos a la dirección —allá por 2003— que hubiera un gabinete psicológico que pudiera apoyar a los alumnos. La respuesta fue “No”. Según la leyenda, porque en los noventa —cuando sí había un psicólogo de planta— un alumno se “desclosetó” por consejo del profesional; los padres hablaron con la dirección del ITAM protestando. La decisión del ITAM, para no meterse en líos, fue terminar con ese servicio. No sé si esa historia —que corría por radio pasillo— es cierta o no. Lo que sí puedo afirmar con toda rotundidad es que la dirección se negó a brindar ese servicio. Ante la presión de varios profesores, finalmente se decidió publicar un folleto donde venían las direcciones de distintos servicios psicológicos. Respuesta, a todas luces, insuficiente. Rafael Ramos Alarcón, profesor de Matemáticas, muy preocupado por la cantidad enorme de problemas entre sus alumnos, se me acercó por el año 2009. Sabiendo que la posibilidad de una consulta psicológica estaba cerrada, propusimos la creación de una materia optativa que pudiera ayudar a los alumnos a lidiar con sus problemas psicológicos. Mi conocido, el psicólogo Joaquín Marban, fue el encargado de impartirla —Problemas Psicosociales a Través del Cine—. No recuerdo si la impartió una o dos veces. Ahí acabó la cosa.

¿El ITAM tuvo responsabilidad en el suicidio de Fernanda? No lo sé. Lo que sí es cierto es que —por miedo— se negó durante muchísimos años a tener un servicio psicológico. Y, también durante muchísimos años, cerró los ojos ante el acoso sexual —se intervenía cuando ya el tema era muy grave— pero no había nada institucionalmente. De la misma manera no existe hoy en día un protocolo claro de cómo actuar cuando un profesor humilla a un alumno.

Y sí, tampoco tiene un protocolo ante el gravísimo tema del acoso laboral. Conocí a varios directores de departamento —del mío y de otros— que eran más dignos de estar en un psiquiátrico que en una universidad. La dirección lo sabía, pero premiaba la eficacia frente a la justicia. Su opción era clara: el acosado o se iba o era expulsado. El burócrata, premiado, seguía, y sigue, acosando.

El caso de Carlos McCadden es paradigmático. En mis profesores.com —donde los alumnos evalúan a los profesores— de 157 comentarios escritos sobre el doctor McCadden hay 78 “esperando revisión”: es decir, alguien, con toda probabilidad el doctor McCadden, envió un mensaje a la página para que borraran los comentarios. Los pocos comentarios negativos que sí se pueden leer, lo tachan en repetidas ocasiones de “loco”. Durante los 14 años que estuve bajo su dirección pude presenciar gritos, insultos, humillaciones, peticiones absurdas a los compañeros, obligación para que escribieran artículos para él —el no hacerlo implicaba castigos en horarios, no subida de categoría y sueldo y/o amenazas de ser expulsados, etcétera—. Los profesores de Estudios Generales lo sabíamos: siempre tenía una víctima en la mira. El tema era, y es, tan grave que tuve compañeros en larguísimos tratamientos psiquiátricos; alguno incluso deseó la muerte (sic) aunque no llegó a intentos de suicidio. Muchos de mis excompañeros decidieron jubilarse anticipadamente. A otros se les expulsó. Otros decidieron irse de la universidad. El caso más paradigmático fue el de un querido amigo: duró una semana en la institución. El caso fue tan escandaloso que la propia Ana Midori —directora de Recursos Humanos— quiso que ese joven profesor le explicara al doctor Arturo Fernández en persona por qué se iba. La explicación fue sencilla: en una semana ya lo había empezado a acosar y no estaba dispuesto a ser una víctima más. Arturo, como siempre hizo en el caso de Carlos McCadden, no le dio importancia. Para él y para el maestro Benito, jefe del doctor McCadden, la cosa se resolvía fácil: contratar a profesores dóciles y que aguantaran el acoso.

Intenté llevar el caso de acoso ante los tribunales. Busqué a varios profesionales. Todos se negaron aduciendo que el acoso era muy difícil de demostrar. Finalmente el licenciado Jesús Escárcega, de la firma Sales Boyoli, decidió tomar el caso. Lo consideró tan importante que me programó una cita con el fundador de la firma, el propio licenciado Jorge Sales. Este último, finalmente, no acudió a la cita y el licenciado Escárcega me dijo que no procedía el caso. ¿Qué sucedió? Lo desconozco. En dos días mi caso pasó de ser muy importante a no proceder.

En el pliego petitorio que los estudiantes itamitas hicieron a la dirección, en el punto 9 pedían la renovación de la Jefatura de Estudios Generales. En la votación 781 personas rechazaron esta petición (55.3 %) y 632 estudiantes (44.7 %) la apoyaron. Democráticamente el doctor McCadden y su jefe, el maestro José Ramón Benito, han sido avalados por un pequeñísimo porcentaje. Y sí, los temarios y los profesores son, verdaderamente, extraordinarios. Es un gran departamento… dirigido por un acosador con la aquiescencia del maestro Benito y del rector Arturo Fernández.

Una vez que se publique este artículo enviaré a El Supuesto —periódico de los alumnos del ITAM— los mails que envié a la dirección donde denunciaba los abusos a un servidor y a muchos compañeros. Doy testimonio de que el doctor Alejandro Hernández, vicerrector, en todo momento nos apoyó. No pudo hacer nada frente a la pasividad de José Ramón Benito y de Arturo Fernández. Admiro a Arturo en muchas cosas, pero en este caso está obnubilado por la opinión de José Ramón Benito. No cabe la menor duda de que el maestro Benito conocía, y conoce, el carácter acosador del doctor McCadden. La razón de por qué los ha permitido y sigue permitiendo se me escapa.

Sí, hay que hacer algo para apoyar la salud mental de los alumnos, pero no es menos urgente crear un protocolo para evitar el acoso laboral en el ITAM.

Pedro Javier Cobo Pulido es historiador. Fue durante 17 años profesor a tiempo completo del Departamento de Estudios Generales del ITAM