No son extrañas las múltiples expresiones de odio encontradas mayormente en redes sociales a partir de la noticia del contagio por covid del presidente López Obrador. 

El hecho en sí no debería provocar más que empatía y solidaridad traducida en deseos de pronto alivio. Sin embargo, asombra cómo aún hay quienes expresan con ligereza un real deseo por el mal acontecer futuro de quien está al frente del poder ejecutivo nacional.

Cuando la discusión pública tiende al disenso poco ordenado y, peor aún, mal encauzado, lo que resulta generalmente es el encono y la polarización. De ese lamentable entorno, fácilmente encuentra tierra fértil el resentimiento y la sinrazón que hace fronda en un México partido en un penoso escenario de los buenos y los malos; doctrinarios transformadores o conservadores de cuyo dicho solo alcanza a percibirse el real deseo por el daño y la destrucción del otro.

En ese caótico suceder, nada positivo puede apersonarse. Ahí, donde el odio expresado se vuelve miserablemente el regocijo por la desgracia ajena, deja a la vista lo mucho que nos hemos apartado de las causas comunes para progresar, y nos estancamos en los destinos de los personajes que se han hecho protagonistas en esos bandos.

No son extrañas las múltiples expresiones de odio encontradas mayormente en redes sociales a partir de la noticia del contagio por covid del presidente López Obrador. El hecho en sí no debería provocar más que empatía y solidaridad traducida en deseos de pronto alivio. Sin embargo, asombra cómo en el sentido contrario, aún hay quienes expresan con ligereza un real deseo por el mal acontecer futuro de quien está al frente del poder ejecutivo nacional.

Más allá de la vileza que aquello involucra, está el raciocinio de la importancia que para la estabilidad de cualquier país representa la entereza de su presidente. La infalibilidad en vigor y salud que la tradición política ha construido alrededor del ejecutivo mexicano se pone a prueba en un escenario inédito de una crisis sanitaria que a todos puede lesionar; el presidente no fue la excepción.

Ahora que lamentablemente el virus lo ha alcanzado, se inicia una discusión sorda y dentro de las fronteras del derecho a la información donde, seguramente con diversas intenciones, existe un incremento de solicitudes dirigidas a dependencias involucradas, para contar con el expediente clínico personal del presidente.

Además, el tema ha logrado interesar a los legisladores al grado de que en la actualidad existe una iniciativa de reforma constitucional para dar publicidad absoluta al estado de salud del ejecutivo federal y los secretarios que componen el gabinete, siempre y cuando exista interés público o sospecha fundada de enfermedad grave.

En este carril, no hay avances que llegaran a concretar la reforma y en el caso de las peticiones, ha prevalecido la confidencialidad de los datos personales al considerar que dicha información corresponde únicamente al titular de la misma. Lo correcto, lo deseable y lo humanamente plausible es desearle al presidente su pronta recuperación. México requiere certeza y rumbo; incluso corrección de acciones donde la cruda realidad ha dejado huella de los errores que han costado vidas.

Twitter:  @gdeloya

Guillermo Deloya Cobián

Analista en temas de política

A media semana

Guillermo Deloya Cobián es oriundo de Puebla, licenciado en derecho, con especialidad en derecho fiscal, maestro en economía y gobierno y doctor en planeación estratégica y políticas de desarrollo. Actualmente cursa la maestría en escritura creativa en la Universidad de Salamanca.

Es articulista y comentarista en diversos medios de comunicación nacionales y locales, ha publicado ocho libros, además de diversos ensayos en temas que van desde lo económico, político y jurídico, hasta una novela histórica ubicada en el siglo XVIII.

Es comentarista y analista en temas de política, economía y jurídicos en ADN40.

Ha desarrollado una constante actividad docente como profesor universitario tanto en Puebla como en la CDMX.

Cuenta con una trayectoria en el sector público de veintiocho años donde ha ocupado cargos en los ámbitos federal y estatal, en la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México, en la Procuraduría General de la República, en la Secretaría de Hacienda y Crédito Pública, en el Consejo de la Judicatura Federal y el Gobierno del Estado de Puebla, fue Coordinador del Instituto Nacional para el Federalismo y el Desarrollo Municipal, INAFED, de la Secretaría de Gobernación y ha ocupado diversos cargos partidistas.

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