Dada la trayectoria actual del cambio climático, es crucial que los pasos iniciales de los Estados Unidos y la Unión Europea para introducir impuestos fronterizos al carbono sean exitosos. Eso requerirá que los encargados de la formulación de políticas se adhieran a los principios esenciales que deberían regir dichos gravámenes.

SINGAPUR – Cobrar impuestos a la huella de carbono de las importaciones (como planea hacer la Unión Europea y está analizando el gobierno del presidente Joe Biden en los Estados Unidos) puede ayudar a frenar la tendencia creciente de la emisión mundial de gases de efecto invernadero. Pero para ello es necesaria una implementación correcta.

Como el gravamen propuesto gira en torno de las emisiones ligadas al consumo (no sólo a la producción interna), apuntaría contra esa quinta parte de emisiones implícita en los bienes importados que hoy está excluida del cálculo de las “contribuciones determinadas a nivel nacional” según el Acuerdo de París (2015) sobre el clima.

Sería muy oportuno, además, porque entre el efecto contaminante del consumo y el de la producción se está dando una creciente divergencia: en Estados Unidos, por ejemplo, las emisiones de los procesos productivos aumentaron un 3% en los últimos 30 años, mientras que las derivadas del consumo crecieron un 14% en el mismo periodo.

Cobrar “aranceles al carbono” no es una medida proteccionista; su objetivo es reducir la huella de carbono de las importaciones. Pero la trayectoria del cambio climático no deja margen de error a las políticas globales en busca de la reducción de las emisiones. De modo que es crucial que las primeras medidas de la Unión Europea y de los Estados Unidos para la introducción de impuestos al carbono en los pasos fronterizos resulten exitosas, porque servirán de modelo a otras economías. En particular, deberían regirse por ciertos principios esenciales.

En primer lugar, el arancel al carbono en frontera debe basarse en un cálculo de costo-beneficio orientado a poner precio a la “externalidad” negativa (el perjuicio impuesto a terceros, o, dicho con otras palabras, la huella de carbono) implícita en la producción de bienes de origen importado. En general, cuando se gravan las importaciones para proteger a las industrias locales, el resultado es un aumento en los costos de producción y, posteriormente, menos bienestar para los consumidores.

De manera contraria, imponer aranceles a las importaciones para reducir las emisiones de dióxido de carbono supone una mejora del bienestar global, con beneficios superiores a las pérdidas derivadas de la inhibición del comercio. Los aranceles al carbono no se deben ver como elementos utilizados para librar una guerra comercial, sino como aportes a la fijación cooperativa global de precios a una actividad socialmente nociva.

Es decir que las autoridades deben tener siempre presente el objetivo primario de esos gravámenes, y diseñarlos atendiendo a reducir, o al menos a regular, la huella de carbono de los bienes importados, aunque implícitamente también tenga el efecto de proteger industrias locales o proveerles un subsidio implícito. En cualquier caso, el énfasis debe estar puesto en las emisiones contenidas en las importaciones, no en mejorar la competitividad de la industria local o evitar que la producción se traslade al extranjero.

Por tales razones, sería un error que los gobiernos apliquen los aranceles al carbono como herramientas indiscriminadas contra las importaciones. Por ejemplo, impedir la importación de acero desde China o la India es un modo impreciso y costoso de reducir las emisiones de esos países, en comparación con un arancel relacionado con la emisión de carbono que incentive a los exportadores de ambas naciones a adoptar métodos de producción menos contaminantes.

La magnitud y el efecto del arancel al carbono sobre las emisiones del país exportador de determinado producto dependerá de su capacidad para diversificar exportaciones hacia otros mercados. En ese contexto, para maximizar los beneficios ambientales para el mundo es esencial que participen en el nuevo régimen arancelario tantos países como sea posible.

Algunas economías mayormente importadoras, como Alemania y Canadá, y también algunos gobiernos locales en los Estados Unidos, ya incluyen en sus modelos tributarios impuestos al carbono o sistemas de intercambio de emisiones internos, que pueden usarse como referencia para los nuevos aranceles.

En la práctica, hay un vínculo sinérgico entre un arancel al carbono en frontera, un impuesto interno al carbono y los sistemas nacionales e internacionales de intercambio de emisiones (créditos de carbono), las tres herramientas basadas en el mercado para la reducción de las emisiones. Conforme los impuestos locales al carbono, los créditos de carbono o ambas cosas ayuden a reducir las emisiones de dióxido de carbono, el arancel efectivo a las importaciones se reducirá, al contener estas una huella de carbono menor.

Las importaciones con mayor huella de carbono son el hierro, el acero y los productos derivados del petróleo; y los países que exportan hierro y acero con mayor huella de carbono son China, Rusia y la India. Los principales importadores en esta categoría son China, Estados Unidos y la Unión Europea. Pero sus fuentes de suministro son diversificadas: por ejemplo, los principales exportadores de hierro y acero a Estados Unidos son Canadá, Brasil y México.

De este modo, resulta que los grandes importadores de productos muy contaminantes tienen cierto poder monopsónico. Tiene sentido entonces que estos países sean los primeros en introducir aranceles al carbono y que luego otros importadores sigan el ejemplo.

La lógica del arancel al carbono que se está analizando en Estados Unidos es similar a la del impuesto global mínimo a la renta corporativa que hace poco acordaron los países del G7. Así como la alícuota mínima propuesta busca impedir la elusión impositiva de las multinacionales, el objetivo de los aranceles al carbono de Biden sería impedir prácticas de pseudoecologismo publicitario (greenwashing) contrarias a la adopción de un modelo de crecimiento respetuoso del medioambiente en Estados Unidos y Europa.

Según el plan de la Unión Europea y las ideas del presidente Biden, los aranceles al carbono obrarían como complemento de los impuestos al carbono y sistemas de intercambio de emisiones nacionales y ayudarían a los países a adoptar modelos de crecimiento más ecológicos.

La Unión europea lleva mucho tiempo procurando posicionarse como un líder climático internacional. Del mismo modo, una señal clara de los Estados Unidos en el sentido de reducir las emisiones de dióxido de carbono relacionadas con el comercio internacional puede tener un amplio impacto global, y reforzaría la creciente reputación de Biden de ser un presidente capaz de plantear y concretar objetivos ambiciosos.

Los autores

Ed Araral es profesor asociado en la Escuela de Políticas Públicas Lee Kuan Yew de la Universidad Nacional de Singapur.

Vinod Thomas, ex vicepresidente senior del Banco Mundial y ex director general del Banco Asiático de Desarrollo, es profesor invitado en la Escuela de Políticas Públicas Lee Kuan Yew de la Universidad Nacional de Singapur.

Traducción: Esteban Flamini

Copyright: Project Syndicate, 2020

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