El incremento de la tasa de interés es una señal de que, después de más de ocho años de que estallara formalmente la crisis financiera con la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers, ésta ha quedado atrás. Adicionalmente, este regreso a la normalidad es una buena noticia toda vez que no hay economía que pueda alcanzar altas tasas de crecimiento sin crédito, y no hay sistema bancario que pueda funcionar con tasas de interés de 0% o extremadamente bajas, como las que actualmente se registran en la mayoría de los países desarrollados.

En este contexto, es claro que la Fed iniciará más pronto que tarde el ciclo de alza en las tasas de interés; si no lo hace el próximo 17 de diciembre, lo hará a principios del 2016. Lo que puede cambiar es la percepción de la velocidad con la que podría aumentar el nivel de los fondos federales en función de los datos económicos, empleo, inflación, inventarios, etcétera, que se den conocer a lo largo de los siguientes días y semanas.

Para algunos analistas, lo relevante de una política monetaria menos laxa en Estados Unidos es lo que pudiera suceder con la inflación en nuestro país como resultado de una debilidad del peso frente al dólar; sin embargo, me parece que este impacto será relativamente modesto.

En la década de los 70 y 80 se estableció como paradigma económico que el control del tipo de cambio era necesario para estabilizar la inflación y mantener los equilibrios macroeconómicos, lo que derivó en que muchos países +adoptaran esquemas de tipo de cambio fijo o administrados. En este lapso de tiempo, México y otros países latinoamericanos adoptaron múltiples esquemas cambiarios diferentes a la libre flotación.

Lo anterior fue una visión que resultó adecuada en el marco de un proceso hiperinflacionario en países como Brasil, Argentina, Nicaragua, Bolivia, Perú, y en menor medida en México, en donde se registró una inflación anual máxima de 150% en 1987, luego de una devaluación de 143% en la cotización del tipo de cambio libre.

En la medida en que la inflación se fue controlando, los argumentos a favor de los regímenes cambiarios considerados superrígidos dieron lugar a una visión diferente que es la que perdura hasta ahora, y que sostiene que es posible la coexistencia de niveles inflacionarios bajos, de un solo dígito, con tipos de cambio flexible, lo que sugiere que el cambio estructural en la mayor parte de las economías del mundo que registraron altos niveles de precios logró romper la conexión entre tipo de cambio y la inflación.

México es un ejemplo claro en el que esta conexión cambiaria efectivamente se ha roto, lográndose niveles de inflación históricamente bajos. Efectivamente, con el dato de inflación de la primera quincena de noviembre (0.52%), la medición en términos anuales se ubica en 2.27%, que representa el nivel más bajo desde que se cuenta con la estadística del Índice Nacional de Precios al Consumidor.

Habrá que tener presente que en los últimos 12 meses el peso se ha depreciado 20% frente al dólar, con un impacto que se ha limitado al rubro de bienes durables y sin efectos de segundo orden, toda vez que las expectativas de mediano y largo plazos se han mantenido ancladas.

Es cierto que la inflación se ha visto beneficiada por diversos fenómenos que eventualmente se revertirán, como son la fuerte caída en el precio de las materias primas, principalmente la energía, los granos y, por supuesto, el petróleo, así como una demanda agregada que se ha mantenida contenida. Cuando la economía global revierta la tendencia de los commodities y el PIB de México recupere su vigor, veremos mayores niveles inflacionarios, pero esto no será resultado de la debilidad del peso.

Lo anterior no quiere decir que los movimientos cambiarios no tengan ningún efecto sobre los precios, sino que ahora aumentan los precios de los bienes que tienen que aumentar; es decir, los importados. Es claro que el precio de las pantallas de plasma, el de los autos o motocicletas que importamos aumentará en la medida en que el tipo de cambio permanezca en niveles elevados por un periodo prolongado de tiempo, pero esto no tendría por qué afectar el precio de la canasta básica por ejemplo.

Visto de otra manera, si de pronto hubiera una sequía en el estado de Sinaloa seguramente se presentaría un incremento en el precio del jitomate, lo que se entendería por la escasez resultante de las afectaciones climáticas. Sin embargo, este hecho no podría explicar una afectación en la cotización del peso frente al dólar Evidentemente, éste es un caso extremo que sólo trata de evidenciar el hecho de que hoy se ha roto el contagio automático de la depreciación sobre el resto de los precios de la economía y se ha concentrado en los bienes importados.

Considerando lo anterior, me parece que lo más relevante del incremento de las tasas de interés en Estados Unidos no es lo que sucederá con el tipo de cambio y, por lo tanto, con la inflación en México, sino la forma en la que reaccionará la curva de rendimiento local. En este sentido, los administradores de portafolios deberán tener claro qué nodos de la curva tienen valor y cuáles se pueden ver afectados por las mayores tasas, de manera tal que no se incurra en minusvalías en las carteras.

*Manuel Guzmán es director de Gestión de Activos de Monex Grupo Financiero.

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