La noche de ayer 2 de noviembre, se llevaban contabilizados 98 millones de votos emitidos a través del servicio de correos. “La pregunta del millón de dólares: ¿quién queda para votar?”, se preguntaba ayer 2 de noviembre, el diario The Washington Post.

El miedo al contagio del nuevo coronavirus, el entorno de varias ciudades con sus comercios tapiados para prevenir ataques o simplemente adelantar el voto para poder ir a trabajar como cualquier otro día, podrían ser algunas de las respuestas sobre el sorpresivo número de votos que ya fueron emitidos. Hay algo más: las ganas de participar en estas elecciones que se juega algo más que la presidencia de Estados Unidos, la estabilidad y el resguardo de la democracia en manos de cualquier candidato que no sea Donald Trump.

Los últimos cuatro años  el estrés político ha crecido no solo en la Casa Blanca sino en varias partes del mundo. La ola de los populismos ha cruzado como nube los océanos para instalarse en varias naciones. Estados Unidos no ha sido la excepción.

El cuarto de máquinas del poder Ejecutivo está muy desgastado y debilitado. Los contrapoderes han logrado responder, pero uno de ellos, el poder Judicial, ha cambiado de signo gracias a que el presidente Trump ha colocado a dos jueces conservadores.

En el mundo existe un consenso: quiere que el demócrata Joe Biden gane las elecciones de esta noche. El acuerdo nuclear con Irán, el Acuerdo de París (climático), el distanciamiento con la Organización Mundial de la Salud (OMS), su idea de debilitar a la Unión Europea (UE) a través de la multiplicación del Brexit o sus duras presiones a la OTAN y la OMC, son algunas de las pautas que caracterizaron al gobierno del presidente Donald Trump.

Para México, Trump ha sido parte de la histórica complejidad en la relación diplomática entre ambos países, sin embargo, existe un elemento más: su odio y su agresividad cimbraron la relación en el 2016. Al paso de los años, los gobiernos de los presidentes Peña Nieto y López Obrador sortearon algunos de los comportamientos del estadounidense. A Enrique Peña Nieto le tocó un periodo más rudo en las formas pero no en el fondo. Su discurso de odio, el de Trump por supuesto, tuvo que enfriarlo cancelando viajes a Washington. En el caso del actual presidente López Obrador, aceptó una imposición brutal tratándose de un socio comercial importante: contener los flujos migratorios centroamericanos a través de la Guardia Nacional. Si no lo hubiera hecho, Trump prometía la imposición de aranceles a la importación de productos mexicanos.

Uno de los momentos más críticos en la relación, fue la puesta en marcha que sin duda alguna violaba los derechos humanos de menores de edad: Tolerancia cero. Maquinado por el Fiscal General Jeff Sessions, un personaje claramente racista. Las imágenes de menores de edad siendo separados de sus acompañantes, casi siempre familiares, fortalecieron la mala imagen de Estados Unidos.

En Estados Unidos hay por lo menos 55 millones de trabajadores considerados esenciales, de los cuales la población migrante constituye el 40% de esta fuerza laboral en diversos servicios, por ejemplo, agricultura, transportes entre otros, según reporta Eunice Rendón de Foro Migrante.

Los últimos esfuerzos

Donald Trump y su rival demócrata Joe Biden se lanzaron el día de ayer 2 de noviembre, en un esfuerzo final para asegurarse hasta el último voto en los estados en disputa tras una campaña marcada por la pandemia, la crisis económica y la profunda división en Estados Unidos.

El mandatario republicano está rezagado en las encuestas a nivel nacional, que le asignan 44% de las preferencias contra 51% para el demócrata.

Pero los resultados están tan ajustados en algunos bastiones claves como Pensilvania, que el día de ayer 2 de noviembre, Biden anunció que hará campaña en este estado el día mismo de las elecciones, algo que es legal en Estados Unidos pero que trasluce lo inusual y reñida que es esta contienda.

Trump desestimó los resultados de las encuestas desde un Fayetteville, en Carolina del Norte, uno de los cinco lugares que visitaba en la jornada.

“Veo esas encuestas falsas”, afirmó. “Vamos a ganar”, añadió el mandatario ante una multitud que gritaba “¡Cuatro años más!”.

La carrera electoral estuvo marcada por la pandemia de Covid-19 que ha dejado más de 231,000 muertos.

El mandatario de 74 años, que fue hospitalizado tras contraer el Covid-19, fue acusado por Biden, de 77, de “propagar” el virus con su ritmo frenético de mítines.

Biden criticó con fuerza la gestión de la pandemia el día de ayer 2 de noviembre, desde un mitin en otro estado clave: Ohio.

“¡Tuvimos suficiente con el caos! Tuvimos suficiente con los tuits, la ira, el odio, el fracaso, la irresponsabilidad”, dijo Biden, que se comprometió a tener la pandemia de coronavirus “bajo control” si es elegido.

Además, descalificó a su rival afirmando que ve el mundo con el prisma de Park Avenue, la calle acomodada de Nueva York donde viven muchos millonarios.

La meta

Para llegar a la Casa Blanca hay que obtener al menos 270 votos en el Colegio Electoral de 538 integrantes. Y en muchos de los estados con peso en ese cuerpo que cambian sus preferencias partidarias en cada ciclo electoral, la diferencia entre ambos postulantes está dentro del margen de error.

En Florida, que reparte 29 votos, vitales para Trump si quiere reelegirse, los candidatos están codo a codo, con un magro punto de ventaja para Biden, según el compilado Real Clear Politics.

Uno de los estados clave es Pensilvania, que aporta 20 votos al Colegio Electoral. Hace cuatro años Trump se impuso allí por estrecho margen y este año las encuestas dan una ligera ventaja a Biden, con 49.8% contra 45.5% para Trump.

Pero en el 2016 las encuestas no anticiparon la victoria de Trump y prueba de ello el día de ayer 2 de noviembre, los candidatos y sus compañeros de fórmula se volcaron en distintos rincones de Pensilvania para asegurarse hasta el último voto.

Hoy, no sólo Estados Unidos se juega su futuro inmediato. Más de 190 paises también se lo juegan. (Con información de AFP)

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