La idea de unas ghostbusters mujeres no debió de haber sido un gran problema. Siempre ansiosos por reutilizar provechosamente sus propiedades corporativas, los estudios de cine constantemente están en la búsqueda de proyectos pasados hechos para resucitarse, aprovechando el boom nostálgico de los baby boomers y la generación X, y quizá reclutando a una nueva generación de aficionados para apoyar una nueva franquicia.

Cuando se trata del potencialmente lucrativo borrón y cuenta nueva, Ghostbusters la adorada, aunque lejos de ser perfecta, comedia de 1984 protagonizada por Dan Aykroyd, Harold Ramis, Bill Murray y Ernie Hudson palomeaba todas las opciones.

NOTICIA: Dios tiene 10 años ?de edad

La apuesta se hizo aún más atractiva cuando se anunció que contaría con un reparto exclusivamente femenino, incluyendo a Kristen Wiig, Melissa McCarthy y las alumnas de Saturday Night Live, Kate McKinnon y Leslie Jones.

Seguramente Sony, el estudio de Ghostbusters, y el director Paul Feig no tenían ninguna razón para creer que su nueva versión se encontraría de primera mano con una reacción sexista. Feig, después de todo, dirigió las exitosas comedias Bridesmaids, Heat y Spy que contaron con las populares actuaciones de McCarthy, cuyo atractivo ha trascendido el género para hacer de ella una estrella mundial y una creciente fuerza comercial en la industria . Ella se colocó para dominar su interpretación en Ghostbusters casi tan a fondo como Murray dominó la suya.

Sin embargo, Sony y Feig se desengañaron rápidamente de su optimismo en marzo pasado, cuando el primer tráiler de Ghostbusters apareció y se encontró con una engullidora ola de odio, tanto que llegó a ser el tráiler de película más disgustado en la historia de YouTube. Éste fue el trabajo de un pequeño pero activo grupo de fans masculinos de la cinta original, indignado ante la perspectiva de que un texto adorado debe ser reescrito de acuerdo con las nuevas normas. (Al parecer, nadie les dijo a estos chicos que un remake no hace inexistente la original).

NOTICIA: Ken Loach gana la Palma de Oro en Festival de Cannes

La reacción se ha cocido a fuego lento desde entonces: Aykroyd, quien actuó en la cinta original de Ghostbusters y tiene un crédito de escritor y productor en la nueva entrega, recibió burlas cuando tuiteó una respuesta brillante a un preestreno que vio. Unos días antes mientras el tráiler de The Beauty and the Beast rompía récords en YouTube las actrices Gillian Anderson y Priyanka Chopra fueron atacadas por sugerir que puede haber espacio en el mundo para una James Bond mujer.

El mensaje, con todos estos recuentos mareadores, estaba claro: fuera del estrecho margen de los canales proscritos de la aceptabilidad, las mujeres todavía tienen que luchar por el derecho a reclamar el espacio simbólico y social que representan en las películas. ¿Un cuento de hadas sobre una joven que se enamora de un príncipe mal entendido? ¡Las muchachas son la onda! ¿Las narrativas que implican voluntad, competencia y humor? No tan rápido, chicas.

Durante 20 años he observado y escrito sobre el poder de las películas que, he argumentado, pueden no tener relaciones de causa y efecto directos al comportamiento, pero ejercen una enorme influencia en nuestros valores e identidades imaginativas. He recibido muchos comentarios de burla e ira de esa idea más público en algunas ocasiones que en otras de, sospecho, los mismos chicos que reaccionaron a la versión femenina de Ghostbusters o una película del 007 liderada por mujeres como si su virilidad, de hecho su existencia misma, estuviera bajo el prolongado ataque de un equipo de protones.

NOTICIA: Sony, Universal y Paramount firman acuerdo de distribución

Curiosamente, mientras los debates de Ghostbusters causaban estragos en las redes sociales, producciones con elencos 100% femeninos y masculinos de The Taming of the Shrew de William Shakespeare debutaron en Nueva York y Washington, respectivamente, sin un murmullo proveniente desde la galería masculina. A diferencia de las obras, las cuales se prestan a miles de interpretaciones y nuevas puestas en escena, las películas se convierten en una forma inmóvil que se fija en nuestra psique. Las interiorizamos con mayor intensidad, fusionándolas con nuestras identidades, deseos y aspiraciones. Las películas son personales y todo lo personal es político.

En un año electoral, la política es inevitablemente partidista. Ésta es sin duda la razón por la cual Ellen DeGeneres decidió agendar a las mujeres de Ghostbusters en su talk-show el mismo día que la candidata presidencial Hillary Clinton estaba programada. DeGeneres estaba claramente encantada con la óptica prochicas del asunto, incluso cuando Sony trató de posicionar a Ghostbusters como un éxito del verano, sin controversias y hecho para una audiencia general.

Espero que se den cuenta de que Slimer no es un votante registrado , dijo el jefe de Sony, Tom Rothman, al New York Times.

La broma de Rothman sonaba aún más como un pensamiento ilusorio, cuando el autor Andi Zeisler escribió en el diario Los Ángeles Times que las feministas ahora tenían la obligación de ver Ghostbusters cuando se estrene. Cuando una película de gran presupuesto protagonizada por los hombres fracasa, es sólo otro fiasco que se olvida , escribió. Cuando una película hecha por o protagonizada por mujeres no supera las expectativas, se convierte en un referéndum sobre las mujeres como artistas y espectadoras . El contexto de Zeisler no es la carrera presidencial, sino más bien la falta persistente de la representación de la mujer detrás y delante de la cámara, y la desconsideración de ellas como audiencia y mercado. Aun así, parece que fue ayer que los votantes anti-Clinton recibieron las mismas órdenes de marcha para apoyar 13 Hours, la amplificada cinta de acción de Michael Bay sobre el ataque a la misión diplomática de EU en Bengasi, Libia.

Ahora, a ciegas y sin importar la calidad, ver Ghostbusters ha tocado los contornos de ser un acto político, un desarrollo que es sorprendente pero no exactamente impactante cuando el candidato republicano es una estrella de reality shows y hace sus campañas consecuentemente; cuando la lealtad de marca y las opciones de los consumidores han tomado el lugar de la participación informada y el activismo; cuando los políticos y las celebridades son cada vez más indistinguibles. Es lógico pensar que la taquilla se ha convertido en la nueva urna electoral.

En una cultura de la política como espectáculo, incluso nuestros espectáculos más escapistas se han politizado. Ya sea que los fans eligen ver Ghostbusters para tomar una postura o para sacarse una risa, las apuestas son absurdamente altas para una película que o se convertirá en un beneficiario involuntario de la ridícula temporada o su víctima más indigna.

Ann Hornaday escribe sobre cultura pop para The Washington Post.

rarl