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La 4T carece de un proyecto de transformación nacional

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OpiniónEl Economista

¿En qué consiste la 4T? ¿Cuál es su proyecto de transformación nacional? En los poco más de siete años del gobierno autonombrado la Cuarta Transformación se aprecia que sus ejes son dos: el reparto de dinero en efectivo y la concentración del poder político. Estos dos pilares, ¿son condición necesaria para convertirse en parteaguas y conducir a México por una nueva senda de cambio y bienestar? El gran problema del país es la debilidad del Estado. Las instituciones en el ámbito rural y en las ciudades medianas son frágiles o inexistentes. Los programas públicos son intermitentes: un día aparecen y al otro se esfuman. Y vuelta a empezar, como Sísifo. Esta debilidad o ausencia ha favorecido que en buena parte del territorio nacional gobiernen poderes informales, que llenan el vacío estatal y se convierten en las autoridades de facto.

El reparto en efectivo, aunque paliativo, es incapaz de construir instituciones. Alivia la pobreza extrema, genera legitimidad política y reduce desigualdades en el corto plazo, pero al relegar la creación de instituciones y capacidades productivas la cohesión social es efímera. La concentración del poder político, por su parte, asegura control y disciplina, pero tampoco sustituye la presencia institucional en el territorio y se derrumba ante crisis económicas. La transformación que se pregona queda trunca sin el acompañamiento de un proyecto nacional de construcción institucional que reinstale al Estado en el México rural y en las ciudades medianas, donde hoy predominan poderes informales.

Ese deseo de transformación puede concretarse si se piensa en la permanencia y penetración del sector salud en el ámbito rural, pero se requiere articularlo con educación, apoyo agropecuario y seguridad comunitaria. Salud ha mostrado que es posible generar confianza en zonas marginadas: sus clínicas rurales, programas de telemedicina, integración de medicina tradicional indígena y estrategias como “La Clínica es Nuestra” lo han convertido en el primer vínculo tangible entre el Estado y las comunidades. La confianza se explica porque su servicio es cercano, cotidiano, salva vidas, atiende embarazos, vacuna niños y reconoce los saberes locales. Sin embargo, esta gran iniciativa opera aislada, sin articulación con educación ni agricultura, lo que limita su impacto. Para que sea semilla de reconstrucción estatal, debe forjarse un proyecto interinstitucional y acompañado de otras políticas públicas.

En este contexto, las tesis de Roberto Mangabeira Unger y Mariana Mazzucato ofrecen un marco conceptual decisivo. Mangabeira critica a la socialdemocracia que redujo la cohesión social al reparto de dinero en efectivo. Supuso que las transferencias bastaban para integrar a los marginados. La estrategia falló. Para este pensador y exfuncionario del gobierno de Lula en Brasil, la cohesión solo puede lograrse mediante instituciones que democraticen la innovación y la productividad. Su propuesta de “capitalismo popular” pretende que los pequeños actores económicos, en particular los millones de subempleados de América Latina, tengan acceso a financiamiento no subordinado, espacios comunitarios de experimentación y mecanismos de asociación flexible, que les permitan materializar y acrecentar sus proyectos sin depender de la banca privada. La innovación, en su visión, debe descentralizarse y distribuirse entre la base social, con el Estado como el gran facilitador.

Mazzucato coincide en que el Estado debe ir más allá de corregir las fallas de mercado o repartir dinero. Su papel, de acuerdo con sus tesis, es que sea el promotor de grandes proyectos de desarrollo, asuma riesgos y oriente la innovación hacia misiones estratégicas (toma el ejemplo de la NASA y otras agencias estadunidenses). Su concepto de “economía de las misiones” propone que los gobiernos definan objetivos colectivos ambiciosos -como la transición energética, la inclusión digital o la salud pública universal- y movilicen recursos, ciencia, tecnología y empresas hacia esas metas. El Estado, en su visión, es un inversor de riesgo que debe quedarse con parte de los beneficios para reinvertir en bienestar. La innovación, así, se convierte en motor de desarrollo compartido y en instrumento de cohesión social.

Ambos coinciden en que el Estado debe ser constructor de instituciones y promotor de desarrollo compartido, no simple distribuidor de recursos. En el caso mexicano, esto significa que el reparto en efectivo debe transformarse en palanca de inclusión productiva, articulada con salud, educación y agricultura. Las clínicas rurales del sector salud pueden convertirse en Hospitales de la Fe del siglo XXI, donde converjan servicios de salud, programas educativos y proyectos agropecuarios comunitarios. La presencia simultánea de médicos, maestros y técnicos agropecuarios puede reinstalar la legitimidad estatal en territorios desdibujados y generar cohesión social duradera.

La experiencia histórica ofrece lecciones valiosas. Los Hospitales de la Fe de Vasco de Quiroga mostraron que salud, educación y trabajo comunitario podían pacificar y lograr comunidades prósperas. Pero cuando estos proyectos dependen de un liderazgo carismático se debilitan al carecer de institucionalización. Las misiones jesuitas en el norte de México articularon religión, educación y producción comunitaria, pero fueron vulneradas por grupos locales y cambios políticos. Los programas rurales en América Latina enseñan que la salud vinculada a educación y organización social genera cohesión, pero requiere blindaje frente a poderes informales. La lección es clara: los proyectos comunitarios trascienden cuando se institucionalizan, se sostienen en el tiempo e integran a liderazgos en la nueva gobernanza.

En conclusión, la Cuarta Transformación puede consolidarse si se convierte en un proyecto de construcción institucional desde el ámbito rural, el “pueblo raso”. Salud proporciona la confianza necesaria para iniciar, pero debe articularse con educación y agricultura; es decir, un esquema interinstitucional. Siguiendo las tesis de Mangabeira y Mazzucato, el Estado debe ser palanca de desarrollo y constructor de instituciones, democratizar la innovación y orientar el desarrollo hacia objetivos colectivos. El modelo de Hospitales de la Fe u Hospitales Pueblo del siglo XXI puede ser la semilla de un proyecto de nación que reinstale la legitimidad estatal en territorios desdibujados y consolidar un nuevo pacto social basado en la salud, la seguridad y prosperidad.

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