Una tras otra, numerosas regiones españolas están adoptando cierres perimetrales de su territorio en un intento de evitar un confinamiento como el adoptado en Francia. Sin embargo, el esfuerzo puede resultar insuficiente.

El domingo el gobierno español decretó un estado de alarma que permitió situar bajo toque de queda nocturno todo el territorio, excepto las Islas Canarias y que faculta a las autoridades regionales a impedir la entrada y salida de sus jurisdicciones sin motivo justificado.

La mayoría de las 17 regiones españolas, incluyendo Madrid, Cataluña o Andalucía, se acogieron a esta medida, que afecta tres cuartas partes de los 47 millones de pobladores.

En algunos casos, como el País Vasco o las ciudades andaluzas de Sevilla y Granada, el cierre es a nivel municipal.

Esta medida debe alargarse dos semanas en casi todos los casos, si bien los dirigentes conservadores de Madrid, reacios a tomar restricciones, quieren aplicarlo únicamente durante los dos próximos fines de semana, que se juntan con dos lunes festivos.

"Es la última herramienta para intentar evitar el confinamiento domiciliario. Si no consigue realmente frenar el crecimiento, deberán tomarse medidas más importantes", indica Daniel López Codina, biofísico de un grupo de la Universidad Politécnica de Cataluña que analiza la evolución del virus.

A pesar de las múltiples restricciones adoptadas en España desde julio, cuando la epidemia se empezó a descontrolar nuevamente, los contagios suben a un ritmo galopante. En el último balance diario, el ministerio de Sanidad reportaba casi 20,000 nuevos contagios, un 66% más que hace dos semanas.

"El escenario actual es muy preocupante. Estamos a las puertas del invierno (...) en un escenario de riesgo alto", señaló en el Congreso el ministro de Sanidad, Salvador Illa, defendiendo la necesidad de prorrogar seis meses el estado de alarma.

Aún con reticencias de varios partidos, especialmente por la larga duración de una medida tan excepcional, la extensión hasta mayo debería aprobarse en el Congreso, donde el gobierno del socialista Pedro Sánchez está en minoría.

El tabú del confinamiento domiciliario

El decreto no contempla un confinamiento domiciliario, como el decretado en marzo para frenar la primera ola del coronavirus y que algunas regiones como Cataluña se plantean volver a aplicar.

"Pienso que hay un abanico de posibilidades previas que nos pueden permitir frenar y estabilizar la curva", defendió el jueves en una entrevista el ministro de Sanidad.

El severo confinamiento domiciliario decretado entre marzo y junio es de amargo recuerdo entre los españoles que, a diferencia de lo ocurrido en otros países europeos, estuvieron largas semanas sin poder salir de casa excepto para comprar, trabajar si no podían hacerlo desde casa o ir al médico.

"El confinamiento en España fue especialmente duro (...) Aquello todavía complica más las cosas porque, cuando la gente piensa en confinamiento domiciliario, la imagen que tenemos es no poder salir ni siquiera a pasear", indica el epidemiólogo Fernando Rodríguez Artalejo.

En opinión de este profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, el confinamiento perimetral "es muy difícil de aplicar eficazmente y no reduce el problema dentro de la zona", aunque es "muy difícil hacer pronósticos".

Cataluña, por ejemplo, clausuró bares y restaurantes hace dos semanas y los contagios siguen disparados, llevando a su gobierno a declarar un cierre municipal durante el fin de semana y la suspensión de actividades culturales y de ocio.

En cambio, Madrid, con medidas actualmente menos estrictas, parece haberse estabilizado tras el confinamiento perimetral aplicado durante semanas en la capital y ocho municipios cercanos.

Para el epidemiólogo Ildefonso Hernández, de la Universidad Miguel Hernández de Alicante, esto se debe también a una cuestión psicológica: tras haber sido epicentro de la primera ola del virus, "la población reaccionó y bajó los niveles de interacción social" incluso antes de que se aplicaran restricciones.

Ahora, "al ir viendo una cascada de autoridades que van tomando decisiones más estrictas, podría tener este mismo efecto de aumentar la percepción del riesgo y que la gente esté tomando medidas por su cuenta", explica.

"Pero si la incidencia sigue subiendo a esta velocidad, entonces seguramente terminaremos tomando medidas más intensas", augura.