En algunos años, quizás en 30 o 40, algunos dirán que vieron jugar a un chico que parecía una máquina de músculos, de habilidad y que la bicicleta la gambeta que se realiza con ambas piernas y movimientos circulares era la más perfecta que sus pupilas hayan degustado. También tendrán que comentar que vivió en la era Messi, uno de los tres mejores jugadores de todos los tiempos (vale decir que para aquel momento habrán ya pasado 160 años desde que el futbol empezó a ser competencia), y recordarán que derrotó al menudo argentino que hacía maravillas y lo que le apetecía en la cancha.

Cristiano tiene talento porque la genética le dio la espalda. No es Maradona que creaba poemas con los pies; no tuvo el portento físico y el romanticismo de juego de Pelé ni la habilidad de Messi que crea caminos donde no los hay. Él no es así, él es trabajo. Nadie en el mundo del futbol hace más abdominales que él: 1,000 diarias, 365,000 al año. Al chico lo define Jorge Valdano como una máquina de profesionalismo.

Es un galán al que le sientan de maravilla los smokings, la ropa casual y los peinados extravagantes. Cristiano es vanidoso, coqueto, es todo lo que un actor de cine quisiera tener. Pero también es perfeccionista, y eso le ha llevado a tener en la arrogancia una forma de defenderse ante una serie de fracasos anímicos y deportivos ante Messi, su rival más odiado.

Las lágrimas de Cristiano hace unos días son un epílogo perfecto, pero ¿de verdad se puede llorar cuando se sabe que para el 2018 se tendrá una fortuna de casi 200 millones de euros? Él lo ha hecho porque ha derrotado al menos alguna vez en su vida a uno de los tres más grandes de todos los tiempos.

Cristiano ha debido mejorarse ante sus limitaciones y crearse cualidades que el ADN no le dio. La receta es la de siempre y la de todos: trabajar. Después de los juegos del Real Madrid, él puede ejercitarse una hora más. Nunca sale de su dieta, ni se da gustos culinarios que cualquiera tendría casi como un premio personal. Se queda horas extras en el gimnasio y todo eso se refleja en su abdomen, que apenas ronda 8% de grasa corporal, además de ensayar sus tiros y gambetas cuantas veces sea necesario.

Y también ha debido derrotarse a sí mismo para superar a Messi. CR7 como le apodan vivió con la pesadez de ser un jugador que no responde en los momentos importantes, como cuando falló en la final de la Champions League un penal o como cuando Portugal no ha avanzado más en las Eurocopas o en los Mundiales por su culpa . Pero sí que ha mejorado: ya ha dado una Liga, una Copa del Rey al Madrid y calificó a Portugal al Mundial de Brasil.

Siempre ha sido el chico malo por su personalidad. Los que le conocen dicen que es perfeccionista y que no le gusta perder. Supongo que a nadie le causa una sonrisa saber que ha sido derrotado, pero lo suyo es una obsesión por la victoria. Eso al final del día le ha hecho quedar como el arrogante, el que únicamente piensa en el triunfo y nada más; pero es un honor ver esas lágrimas tras ganar el Balón de Oro porque es la consecuencia de que el dinero no es todo, aunque vivamos en un mundo donde todo tiene precio y más en el futbol. CR7, a quien dicen que lo odian porque es guapo, tenía en mente la urgencia de homenajearse después de vivir tanto tiempo en el desértico sitio del segundo lugar.

Ahora bien, seamos sinceros con nosotros. Se ha creado en el deporte una hipocresía sobre el deportivismo... ¿Por qué no puede decir que él merece ganar el Balón de Oro si él cree que lo ha merecido en años anteriores (las cifras son sus aliadas)? ¿Por qué criticamos que sea un chico autosuficiente en la cancha? ¿Por qué tiene que felicitar a alguien que no quiere felicitar? ¿Por qué tiene que sonreír cada vez que pierde un título ante Messi? Esas falsas modestias no las tiene él.

Es verdad que jamás será como Messi, nunca. Al final, la historia pondrá una barrera entre ellos. Pero pensándolo bien, quizás no: con Cristiano se puede esperar todo. Si ya alguna vez superó a uno de los mejores de la historia no sería nada descabellado pensar que pueda ocurrir otra vez.

Hay otra lección: siempre vale la pena trabajar y, mejor aún, vale la pena no rendirse jamás aunque la batalla esté (o pareciera estar) perdida.

Cristiano es un producto de las jornadas laborales y Lionel de la naturaleza; pero la voluntad siempre ayuda a recortar distancias y CR7 se ha acercado más a lo que debería estar en teoría inalcanzable.