El ruido es estremecedor en el mercado Moran en la ciudad de Seongnam, Seúl. En los pasillos hay jaulas con perros, gatos (algunos amontonados en un espacio de un metro cuadrado) que se exhiben a los compradores para convencerlos de consumir su carne. Tarde o temprano, si son elegidos o no, la muerte los espera detrás de una cortina o de un pequeño cuarto donde tienen los instrumentos para preparar el cuerpo a sus consumidores. Una escena paradójica de animales domésticos en la civilización occidental.

En Corea del Sur, el consumo de esta carne data de siglos, un sello de su historia que escandaliza a las organizaciones que protegen a los animales del comercio e ingesta de carne canina.

El pronunciamiento mayúsculo de estas organizaciones protectoras es boicotear los Juegos Olímpicos de invierno de Pyeongchang.

“Tenemos una campaña de boicot. Hasta ahora hemos recopilado más de 450,000 firmas en nuestra petición para boicotear los Juegos. Con los visitantes de todo el mundo y la atención de los medios, los Juegos Olímpicos son una oportunidad perfecta para exponer el horrible comercio de carne de perro y gato de Corea del Sur. Necesitamos muchos medios de noticias que cubran este tema para ejercer presión a que se ponga fin a esta vergonzosa práctica”, explicó a El Economista Giny Woo, responsable de Korean Dogs, un grupo de activistas voluntarios.

El rechazo al consumo de esta carne, ¿puede considerarse como una falta de comprensión a la cultura antigua de Corea?

“Ha sido muy difícil y decepcionante. La gente tiene miedo de pronunciarse en contra del consumo de perro y gato, porque piensan que es su cultura y no lo hacen para no molestar a los coreanos. Es cierto que consumir ese tipo de carne ha sido parte de la historia de Corea, pero la razón por la que se describe continuamente como cultura coreana hoy es para defenderse de las críticas”, señala la activista de Korean Dogs.

Gaejangguk, sukyuk, sundae, kui, gaesoju son algunos nombres de platillos que aparecen en los menús de los restaurantes que cocinan con carne canina. El libro Nuevas perspectivas sobre las interacciones entre humanos y animales: teoría, política e investigación señala que este consumo tiene antecedentes desde el año 676, mientras que de 1392 a 1910 el libro chino de ritos, dividía a los perros en tres clases:  de caza, guardianes y como alimento.

La Asociación Animal Guardians señala que más de 100, 000 toneladas de carne de perro; es decir 1.5 millones de caninos, son consumidos anualmente en Corea del Sur. Además de que entre 42 y 60% de la población surcoreana ha probado al menos una vez esta carne. Mientras que la Fundación In Defense of Animals calcula que hay un estimado de 20, 000 restaurantes que sirven este tipo de carne.

Cifras que existen pese a la Ley Sanitaria de Alimentos surcoreana, que lo señalan como un alimento ilegal.

En el 2002 durante el Mundial de futbol, Joseph Blatter respondió a las peticiones de las organizaciones activistas, que lo invitaron a unirse al movimiento en contra del consumo de carne.

“Corea debe ser sensible al sentir de los extranjeros que visitan su país”. Mientras que en febrero de 1984, antes de los Olímpicos de 1988, el líder surcoreano Chun Doo-hwan prohibió temporalmente la venta de carne canina, con una regulación que clasificaba la carne de perro como “comida repugnante”.

En febrero del 2017, el mercado más grande de Corea del Sur donde tenían alrededor de 80,000 animales fue cerrado en la víspera de los Juegos de invierno y en julio 149 perros fueron liberados por Human Society International. Sin embargo, hay cifras que pronostican que seguirá siendo un negocio en Corea del Sur, el cual llegará a 5,900 millones de dólares en el 2020, de acuerdo con el Instituto de Investigación Económica Nonghyup, Seúl.

Sólo tres comités olímpicos enviaron a la organización de activistas Korean Dogs respuesta a la petición de una postura en contra del consumo de carne canina. El de Barbados expresó empatía e interés en promover la campaña, el británico aceptó el llamado con reservas, pero el australiano se deslindó de cualquier crítica.

“Tomamos nota de tus preocupaciones y sentimiento profundo hacia este tema. No somos responsables de organizar los Juegos Olímpicos, que es el dominio del Comité Olímpico Internacional (COI) y del Comité local. Sin embargo, promoveremos tus opiniones cuando sea la oportunidad apropiada”, señaló en su carta la Asociación Olímpica británica.

Mientras que en Barbados el presidente de la Asociación Olímpica, Steve Stoute, precisó: “estamos consternados por la situación del maltrato a los perros y gatos y otros animales en Corea del Sur. A través de nuestro miembro del COI con sede en Barbados, haremos propuestas al COI, quienes esperamos que a su vez, interactúe con el gobierno surcoreano en un esfuerzo por cambiar esta situación intolerable”.

En una carta más larga, el Comité Olímpico de Australia indicó en esencia lo siguiente: “nuestros atletas van a los Juegos a promover la armonía alrededor del mundo. Como lo hemos hecho con otras ciudades sede que hemos visitado, nuestros atletas no se involucran o critican las cosas que ‘deberían ser diferentes’ en la ciudad anfitriona. No es nuestro papel debatir lo que debería estar bien o mal, eso es algo que debe dejarse a los políticos”.

“De una manera similar fuimos presionados antes con los Juegos de Sochi 2014, que demandaban un cambio hacia el trato a la comunidad gay. En mi opinión, lo mejor es que no se toquen temas locales, porque podría ser insultante a los anfitriones”, expresó John Coates, presidente del Comité.

La activista Giny Woo de Korean Dogs añade que algunos patrocinadores como Coca-Cola, Omega y McDonald’s les dieron una respuesta decepcionante sobre el tema. Entre las razones, argumentan que la intención de boicotear los Juegos Olímpicos va en contra de los atletas que se han preparado toda una vida para competir.

marisol.rojas@eleconomista.mx