Domingo, día de mercado y mundial. Yo quiero un refresco de bolsita y un gol.

Primera escala: Coyoacán

Juega Alemania, y porto con orgullo el jersey de la Mannschaft. Nada más dejo la calle de Allende y pongo pie en el ex gimnasio delegacional que desde hace décadas funge como mercado y siento la mirada de plomo de los marchantes. Sin duda en esta cuadra han visto más extranjeros que en otras, dado que es parada obligada para aquel que paga en dólar el equivalente en peso. Pero la desconfianza sigue siendo palpable. Güero. Con camisa de un equipo que no es el nacional. Sospecha inmediata.

Camino un poco, sin saber muy bien cómo penetrar una cultura que en teoría es mía pero a la vez es tan ajena como el país de mi camiseta. Intento entablar conversaciones sin éxito. No es como lo pintan las guías turísticas. Nada de la jovialidad del mexicano .

El mercado de cemento ejemplifica perfecto al futbol teutón: frialdad calculada, transacciones exactas. Hay reglas. Hay recibos. Hay cordialidad. Pero algo falta.

Segunda parada: el sobre-ruedas de la esquina de mi casa

También juega Ghana, y visito a su equivalente: el mercado sobre ruedas.

A diferencia de los puestos establecidos, donde el juego es más pausado y serio, aquí el toque de balón es rápido. Burlón, incluso. Abundan los televisores. El carnicero despacha con una mano, le sube al volumen con la otra. No tiene Sky porque todavía no encuentra la manera de ubicar la antena de plato en un espacio móvil, pero en unos días seguro agarrará la maña. Los polis son comparsas. Ven el diablito y se hacen de la vista gorda, como buenos árbitros. Se llama la ley de la ventaja: dejan jugar a los taqueros porque el espectáculo va primero. ¿Quiénes son ellos para negarles el placer del fut a las masas?