Londres. El 13 de marzo de 1996, Dunblane, un pequeño pueblo de Escocia cobró fama. Ese día, Thomas Watt Hamilton entró a la escuela primaria de la localidad y abrió fuego, acabó con la vida de 16 niños y un adulto. Debajo de un escritorio, un niño llora, se llama Andy Murray.

Llora, el británico. Con la cara entre sus manos, el tenista se ha negado muchas veces a hablar del trauma que le provocó ese frío día. Porque ayer se elevó a la gloria olímpica al llevarse el oro en el tenis individual al vencer al suizo Roger Federer con un contundente 6-2, 6-1 y 6-4, en la histórica cancha de Wimbledon.

A su gesto duro, serio, como el de casi todos los ingleses, ayer le asomó una sonrisa justo en ese momento en el que Feds cedió el último punto en el tercer set que le daba la victoria a un Andy que ha desatado la Murray manía en todo el Reino.

No era para menos. El mejor tenista de Gran Bretaña y el cuarto mejor del mundo había paseado sobre el césped del Centre Court de Wimbledon a un Federer que distó mucho de validar su mote como el número uno del orbe, que no encontró la manera de disminuir a un Murray certero, preciso y aguerrido.

Afuera, por las calles de Wimbledon, de Londres, de todos los lugares visibles que llevaran al camino del All England Club, su nombre era una constante. Y Murray entendió que tenía que aprovechar el boom que ha desatado el Team GB en todo su país para despedazar los sueños encriptados en un suizo cabizbajo, desconcentrado, que apenas pudo responder un par de reveses del británico, quien se lucía con uno y otro, y otro golpe más ante su gente.

De sus manos las venas han saltado. Sostiene con fuerza, firme la raqueta y concreta esa deuda pendiente que eran para él los Juegos Olímpicos. Era su mejor revancha. La mala jugada, esa única que le podía hacer a Roger Federer, quien buscaba su oro olímpico para conseguir su Gold Slam.

Pero no. Andy le hizo ver al Maestro suizo que, en el tenis, como en la vida, las oportunidades no se dejan ir. Al suelo la mirada de Feds. Piensa, seguramente, que su sueño de conquistar todos los títulos importantes en su carrera se esfumó ya. El tiempo no perdona y Roger tendrá 34 años para cuando lleguen los Juegos de Río 2016.

Corre de un lado al otro el escocés para salvar los puntos que, inútilmente, el suizo, el número uno del mundo, intentó rescatar. No estaba ahí Roger, en la cancha. Y Murray aprovechó para ser implacable desde el primer set al poner el 4-2 arriba, fulminante. Federer no pudo.

Nueve games consecutivos tendría que perder el suizo y con ello entregó envuelto en una bandera británica, el partido. Su oro olímpico, el más preciado título que alguna vez, hizo a André Agassi llorar.

Nada pudo hacer Roger en el tercer set ante un acrecentado, gigante Andy, que escuchaba su nombre resonar en Wimbledon.

Justificada la algarabía, si se recuerda que desde hace 40 años, un tenista británico no subía al podio en esta disciplina en Juegos Olímpicos.

Y lo hizo Andy Murray, el niño asustado, que mira a su madre conmovida hasta las lágrimas en las gradas, que besa a la novia y corre como un niño transformado en hombre. Un hombre que a partir de ayer le dio otro significado a Dunblane, transformándole de un lugar trágico, donde un día de marzo el pequeño salvó la vida, a un sitio, seguramente por mucho tiempo, glorioso.