Con El cementerio de Praga, Umberto Eco no sólo retoma su oficio de buen novelista, que con La misteriosa llama de la reina Loana parecía extinto, sino que además debe haber impuesto una especie de récord; el de haber hecho una magnífica historia en la que no hay un solo personaje amable, querible o, siquiera, simpático.

Lo más angustiante viene al final (no te apures, lector, no echaré a perder la trama), en el epílogo, cuando Eco nos aclara que, salvo el par protagonista, todos los personajes fueron tomados de la vida real y que, incluso, sus inventados capitán Simonini y el clérigo Dalla Piccola, quizá los seres más despreciables de esta colección de horror, hicieron cosas que alguien hizo en la vida real.

Enfermedades y repulsiones

El comienzo, después de un par de páginas donde se hace una aburrida descripción de un mapa de París de hace un siglo, es apasionante: El capitán Simonini empieza a escribir un diario, que es al mismo tiempo una memoria, porque cree tener algunos problemas con su mente y médico, un tal Fröite, le recomendó esa terapia.

Simonini empieza describiéndose a partir de sus pasiones. Cuando se pregunta ¿A quién amo? se contesta en unas cuantas líneas sobre la buena cocina, pero para responder la duda ¿A quién odio? se lleva el resto del capítulo…

Judíos, italianos, franceses, sacerdotes, todos le resultan repelentes a un grado inverosímil e irracional, aunque él mismo sea italiano nacionalizado francés.

Por ejemplo, de los alemanes dice que son el más bajo nivel de humanidad concebible. Un alemán produce de media el doble de heces que un francés. Hiperactividad de la función intestinal en menoscabo de la cerebral, que demuestra su inferioridad fisiológica . Esto a pesar de que considera a los franceses perezosos, estafadores, rencorosos, celosos, orgullosos más allá de todo límite… y que son malos. Matan por aburrimiento .

Y a las mujeres, de la nacionalidad que sea, las considera repulsivas y asquerosas.

Pero no es esta enfermiza misantropía la que hace creer a Simonini que algo no funciona bien con su mente. No, lo que le comenta preocupado a un joven médico judío alemán (en obvia referencia a Freud) en un restaurante es que a veces tiene la sospecha de no ser una sola persona.

El abate Dalla Piccola sería, quizá, la otra persona que habita su cuerpo y con la que, de extraña manera parece compartir por momentos su casa.

Mientras se debate sobre si Dalla Piccola vive en su cuerpo o sólo en la casa de al lado, con la cual se comunica a través de un pasadizo, Simonini cuenta su historia, cuyos fundamentos van del origen de sus odios, en particular a los judíos, a sus estudios y su educación que le permitieron convertirse en un experto falsificador de documentos, con notable habilidad para el disfraz y con un talento natural para la traición.

En poco tiempo tiene dinero más que suficiente para su única necesidad: comer bien. Así que sus dos únicas motivaciones para seguir haciendo uso de sus talentos son sus odios y mantenerse vivo en una época turbulenta.

Y vaya que logra hacer daño a lo largo de intrigas cada vez más complicada… la más enrevesada y malévola de las cuales es la que involucra directamente a Dalla Piccola.

Un libro fascinante y, no hay otra forma de describirlo, aterrador.

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