Los alacranes podrían ser considerados fósiles vivientes. Han sobrevivido millones de años y han tenido el tiempo necesario para evolucionar y modificar la función de las proteínas que segregan sus glándulas venenosas. Esto los llevó a ser sujeto de análisis en el laboratorio del doctor Lourival Domingos Possani Postay, adscrito al Instituto de Biotecnología (IBt) de la Universidad Nacional Autónoma de México, quien junto con un grupo multidisciplinario y transnacional publicó el lunes pasado en la revista Proceedings, los resultados de un estudio considerado un “ potencial tesoro farmacológico”.

“Nosotros tenemos 45 años trabajando la bioquímica de los alacranes, y hemos sido pieza importante a nivel literatura mundial en el descubrimiento de componentes en su veneno que afectan a ciertas proteínas.

“Cuando llegué a México me di cuenta de que la picadura de alacrán era un problema importante de salud pública en México. Comencé a trabajar en mi laboratorio con ese asunto. Desde entonces, hemos separado el veneno, que es una mezcla compleja con más de 100 componentes diferentes. Una vez que se pudieron aislar los componentes de esa mezcla, lo que hicimos fue hacer la determinación de su estructura”, comentó el doctor Possani en entrevista.

Por mucho tiempo, lo que hicieron fue concentrarse en los componentes (péptidos y proteínas) que son tóxicos para el humano. A través de ratones y de purificar los componentes se hicieron pruebas para investigar la sintomatología clínica de intoxicación. Con ello se caracterizaron cientos de proteínas y péptidos diferentes.

Durante esta labor se había notado que el veneno del alacrán Diplocentrus melici, que no es mortal para el ser humano, contiene dos compuestos que cambian de color, pero por mucho tiempo no se dio importancia a esto. Después de 20 años de saberlo, curioseando sobre los componentes que daban ese color, el doctor Possani comenzó un proyecto al respecto.

Después de múltiples ensayos, se dieron cuenta de que era un muy buen antibiótico. Pero aquí hubo un problema al querer determinar la estructura, “porque no son compuestos de aminoácidos como los que se acostumbra a investigar en el laboratorio. Son muy pequeños”, eso llevó al doctor Possani a buscar al doctor Richard Zare en la Universidad de Stanford, quien tenía la experiencia para identificar y sintetizar sustancias químicas.

Usando sólo una pequeña muestra del veneno, de 0.5 microlitros del veneno, el grupo de Stanford concluyó que los ingredientes que cambian de color en el veneno eran dos benzoquinonas, una clase de moléculas que se sabe que tienen propiedades antimicrobianas.

“Se trata de un componente muy novedoso para el veneno de alacrán. Nunca se había reportado eso. Son de los primeros componentes que no son de origen proteico en los que se determina la estructura química”.

Con este resultado, los investigadores de Stanford no llegaron hasta ahí. Desarrollaron una estrategia que permitió sintetizar el producto y verificar que las versiones fabricadas mataron a estafilococos y bacterias resistentes a medicamentos en muestras de tejido y en ratones.

Con la seguridad absoluta de la estructura del antibiótico y cómo sintetizarlo, se pudieron estudiar sus funciones a mayor escala, pues con los microgramos de veneno que da un alacrán no es suficiente para hacer un análisis funcional desde el punto de vista biológico y farmacológico.

Y una nueva oportunidad de estudio llegó. “Yo conocía muy bien al doctor Rogelio Hernández Pando, patólogo del Instituto Nacional de Ciencias de la Salud y Nutrición Salvador Zubirán, especialista en tuberculosis, y él tiene permiso para trabajar con la bacteria. Comenté con el doctor y me dijo ‘mándame una muestra’. Al hacer el ensayo, se dio cuenta que sí era capaz de matar la bacteria y con muy buenos resultados”, dijo.

“Todos estos datos los conjuntamos y escribimos el trabajo que fue publicado el lunes pasado. Durante dos años no se habló nada de esto por el potencial que tenía. Esto nos permitió escribir una patente que proteja la posibilidad de uso de estos compuestos. Ahora lo que tendría que hacerse son pruebas clínicas, pero hay una limitante. Esto cuesta millones de dólares. Esperamos que ahora, con la publicación, alguna compañía farmacéutica pueda solicitar la compra de la patente y avanzar a una solución real para poder tratar la tuberculosis a gran escala”, concluyó.

El trabajo continúa, pues los componentes son prometedores.

[email protected]