Tengo una confesión que hacer: amé Prometheus hasta el tuétano. Me pareció una película entretenida, inteligente. El robot interpretado por Michael Fassbender me pareció fascinante: obsesionado con Lawrence de Arabia, había moldeado su personalidad a partir de Peter O’Toole, detalle que me pareció entonces muy simpático.

Sé que el comentario anterior va a contracorriente. La mayor parte de la crítica destajó Prometheus hasta dejarla hecha papilla. Para muchos, lo que quedaba del genio de Ridley Scott se había acabado hace años y revivir su franquicia de Alien era la última jugada de un prestigio menguante.

Eso nos trae por fin a Alien: Convenant. ¿Por dónde empezar? Covenant es un desastre desde el primer momento. Sólo diré que lo que debería ser una secuencia de gran suspenso es de una obviedad bárbara. ¿No se supone que esto es un thriller de un gran maestro, uno que ha ido más allá de los clichés para escribir y dirigir con autenticidad?

No sé qué es peor de Covenant, si el guión o las actuaciones. Demián Bichir es relegado a papel tapiz: actúa siempre como pegado a la pared, sin libertad. Por cierto: ¿qué diablos hace su personaje? Fassbender regresa de nuevo como robot y es el único personaje que tiene alguna resonancia.

La trama no sonaba mal: la misión Covenant investiga lo que quedó de la malograda Prometheus. Cuando la tripulación llega a un planeta solitario de donde reciben una débil señal de vida se encuentran con los famosos embriones de alien que dan su característica a la serie de cintas. ¿La gran innovación? Estos alien no destrozan el pecho de los infectados, como en la escena inolvidable de la primera entrega, sino que salen por la espalda de los pobres diablos. Ninguna sorpresa si digo que es todo menos impresionante.

De ahí las cosas caen en una espiral descendente que incluye una serie de lugares comunes del cine de terror y de ciencia ficción que no deberían tener lugar en una franquicia del tamaño de Alien.

A Ridley Scott se le fue la mano. Esta precuela de Alien es un desastre, nunca debió haber dejado la lata. Hell: nunca debió haber salido de la sala de escritores, debieron haberla reescrito y reescrito.

Mi consejo: evítenla como la plaga. Mejor busquen el documental No soy tu negro, si acaso sobrevive en alguna sala, o asómense a la animada La vida de Calabacín, o inclusive échense un clavado a otro saco de clichés (pero siquiera divertida) El rey Arturo: la leyenda de la espada, de Guy Ritchie.

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