Ese pabellón de hierro y cristal que se yergue, con sus dos torres de 47 metros, sobre la calle Enrique González Martínez, antes Chopo, en Santa María la Ribera, es atípico e inevitable.

Es prácticamente un inmueble inmigrante. Fue edificado en Düsseldorf, Alemania, en 1902, por el arquitecto Bruno Möhring, uno de los representantes más reconocidos del jugendstil, el movimiento artístico alemán que se nutrió de los avances industriales del cambio de siglo y propuso una ruptura con los estilos inherentes del siglo XIX.

“Fue construido como un pabellón para albergar las ferias universales que se hacían desde el siglo XIX y eran espacios de exhibición para los grandes logros de la industria, la tecnología y el comercio a nivel global. Se construyó de acuerdo con el paradigma de uno de los recintos más importantes de las ferias, que era el Crystal Palace de Hyde Park (Londres)”, relata José Luis Paredes Pacho, actual director del Museo Universitario del Chopo.

Su arquitectura desarmable cautivó al empresario minero José Landero y Coss, propietario de la Compañía Mexicana de Exposiciones, quien, contagiado por el ímpetu cosmopolita del Porfirismo,  adquirió el diseño y decidió ensamblarlo, en 1903, en ese fraccionamiento en ciernes pensado para la élite porfirista, justo donde antes se ubicaba el rancho El Chopo.

A pesar de ser conocido como “El palacio de cristal” y ser un emblema del “orden y progreso” del régimen, no pudo fungir como un fulgurante espacio de exhibiciones y tan sólo dos años después de su emplazamiento, la compañía Landero y Coss, declarada en quiebra, lo ofreció en arrendamiento.

En 1910, como parte del Centenario de la Independencia de México, Porfirio Díaz invitó a la delegación japonesa a ocupar dichas instalaciones para realizar una exposición industrial y cerrar así las fastuosas celebraciones.

Patrimonio de la UNAM

Tres años más tarde, la entonces Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes arrendó el inmueble para instalar ahí la sede del Museo Nacional de Historia Natural, misma que permaneció así por 50 años, hasta 1963.

En 1917, por decreto de Venustiano Carranza, el edificio formó parte de la Dirección General de Estudios Biológicos, misma que en 1929 se integró a la recién declarada Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y fue rebautizada como Instituto de Biología.

“Se volvió un referente museístico de la ciudad con una colección de fósiles, piezas geológicas y la réplica de un fósil de huesos de dinosaurio (un imponente diplodocus carnegii, característico por la magnitud de su cola y cuello). Así subsistió hasta 1964, cuando se construyó el nuevo Museo de Historia Natural, en la segunda sección del Bosque de Chapultepec. Allí se fue parte de la colección y la otra, al decimonónico Museo de Geología, mientras que este edificio quedó abandonado”, acota el responsable del recinto.

Rehabilitación

La secuencia final de la cinta La mansión de la locura (1971), del director Juan López Moctezuma, inicia con una mujer a lomos de un caballo blanco. En ella se le ve recorriendo el interior de un enorme pabellón en ruinas, un laberinto de antiquísimas vitrinas de madera y cristal cubiertas con polvo y telarañas. Son imágenes del recinto en abandono que incluso estuvo a punto de ser desmantelado.

En 1973, la máxima casa de estudios, amparada en la Ley de Monumentos, reclamó la posesión del edificio y comenzó las gestiones para rehabilitarlo con el objetivo de convertirlo en un recinto cultural con la asistencia del INBA.

Finalmente, el 25 de noviembre de 1975, se inauguró el Museo Universitario del Chopo dedicado al arte y la cultura, de actualidad y de avanzada. Ángeles Mastretta se convirtió en su primera directora.

“La Santa María la Ribera ya no era un barrio de clases altas. Abrir una ventana al norte de la ciudad a finales de los 70 implicaba ofrecer una infraestructura cultural en un área donde no la había, caracterizada por su planteamiento crítico, su reflexión a partir de la autonomía universitaria y sensible a las nuevas tendencias”, señala Paredes Pacho.

Desde esa primera instancia, remarca, el museo dio cabida a la diversidad y a “las expresiones estigmatizadas”. Se convirtió en plataforma confluyente para las artes visuales y escénicas  (mejores conocidas en el recinto como artes vivas), incluyendo al performance, una práctica novedosa y carente de espacios; el videoarte, con exponentes como Paola Weiss; la experimentación literaria y las expresiones subculturales, como el rock; pero también las luchas de género, como el feminismo y el movimiento gay. La autonomía universitaria también permitió convertir al Chopo en un pionero de los cineclubes en los que se exhibían muchas cintas de autor que eran censuradas o simplemente no eran de interés para los grandes exhibidores.

“Se volvió un lugar que atrajo a la población de los barrios adyacentes, pero también la gente más favorecida, inclinada por las nuevas tendencias y la experimentación. Se volvió un encuentro de la diversidad de los públicos”, remarca.

Un caldo de cultivo

El Tianguis Cultural del Chopo tuvo su origen al interior del museo. En 1980, por iniciativa de Ángeles Mastretta, se instaló en la planta baja el Primer Tianguis de la Música, un bazar que permitía el acercamiento a géneros musicales que no hallaban difusión comercial y en el que era posible hacer trueque de artículos. Tanto fue su éxito que tres años después tuvo que instalarse en la calle. Desde su salida del recinto comenzó a independizarse del museo y a ser objeto de persecución policiaca hasta ser desplazado de la Santa María la Ribera para vivir un periplo por su ubicación.

“Los conciertos que se hacían aquí tenían mucha reverberación —señala—. El sonido era pésimo y aun así la gente se prendía. Era una época en la que tanto los grupos como los públicos no tenían un foro y estaban acostumbrados a que se escuchara mal. Carlos Monsiváis decía que la gente solamente se imaginaba lo que escuchaba”.

Hoy en día, en cambio, después de su renovación a cargo de Enrique Norten, culminada en 2010, el Museo Universitario del Chopo posee galerías climatizadas, un teatro con tecnología isóptica, un cinematógrafo de primer nivel, aulas para talleres y un centro de información. Sus autoridades miran a las nuevas tendencias y priorizan dar cabida a todo tipo de nuevas expresiones.

“Nos interesan las economías creativas y las redes sociales, pero no solamente entendidas como internet sino en el entendido de que toda producción cultural subterránea que se hace de manera colectiva genera redes sociales. El Tianguis Cultural del Chopo era una red social. Nos interesa, desde luego, la relación del museo con el barrio desde una perspectiva reflexiva (…). Tenemos cada año el Festival Internacional por la Diversidad Sexual, hay uno más de música indígena contemporánea. Y todo esto ha vuelto a este museo a un lugar muy emblemático, de un caldo de cultivo muy potente”, concluye.

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