Siempre me he preguntado qué libros tiene Wes Anderson en su buró. Creo que debe ser una combinación entre Ray Bradbury, David Mamet, Roald Dahl y, por supuesto, Stefan Zweig.

A los dos últimos, Dahl y Zweig, Anderson ya los adaptó al cine; a Dahl con El fantástico Mr. Fox y Zweig es una especie de espíritu paternal que vaga por los pasillos de El gran Hotel Budapest.

La imaginación de Anderson siempre me impresiona. En Isla de perros no hace sino demostrarnos que estamos ante un cineasta que juega su propio juego.

La crítica la ha llamado “la joya del humor-que-no-quiere-ser-humor”. Ese tipo de humor, el deadpan, ha sido siempre parte del cine de Anderson. Recuerden cualquiera de sus películas y se reirán de alguna escena en la que los personajes están perfectamente serios, pero se encuentran en una situación completamente absurda.

Isla de perros va por ese tenor, y eso que es de animación. Tiene un cast de voces impresionante: Edward Norton, Bryan Cranston, Bill Murray y Jeff Goldblum. No hay personajes femeninos de importancia y eso es uno de los clichés de la trama: si hay aventura, que vayan los hombres a ella.

Sucede en el futuro cercano. Ahora que la gente considera a sus perros y a sus gatos como sus hijos, se ha desatado una disputa amarga entre los que aman a los perros y los que son más gatunos.

En Japón, el mayor Kobayashi ha decretado que los perros son animales antihigiénicos y que pueden transmitir “fiebre perruna”, así que los manda a todos a morir a la isla de la basura. Ahí, los perros se organizarán para luchar por sus vidas. Se formará una pandilla liderada por Rex (Edward Norton) que buscará cómo regresar con sus dueños... o al menos sobrevivir.

Entra en escena Atari, un chico que, como cuenta el cliché milenario, no puede vivir sin su perro, Spot.

Atari y la pandilla de perros se unirán para encontrar a Spot, mientras en tierra algunos héroes (sobre todo Tracy, el personaje femenino de mayor importancia, con la voz de Greta Gerwig, la directora de Lady Bird) buscan solución a la crisis.

Duranye sus aventuras descubren, oh, sorpresa que Kobayashi, como todos los políticos, es chueco como un alambre.

Alrededor de las cintas de Wes Anderson siempre se crea una comunidad de fanáticos que se llaman a sí mismos diletantes y tratan a la película como “obra”, pieza de museo irrompible, una especie de pedantería agotadora. Olvídelos, ésta es una historia para divertirse.

Isla de perros es una fábula sencilla y divertida que merece ser vista como cine de sábado en matinée, o como si fuera uno un niño de 10 años que se va a sentar al rincón de los cuentacuentos.

Me pregunto que tendrá Anderson en su buró. Ahora imagino que leyó mucho manga pues algunos de los giros del género están dispuestos a lo largo de la trama. No importa si se le ven las costuras, Isla de perros se mantiene como una película inteligente, chistosa y llena de ternura.

concepcion.moreno@eleconomista.mx