En la primera entrega de la serie de conversaciones sobre masculinidades, publicada en nuestras páginas el pasado 5 de abril, el doctor en Antropología cultural Guillermo Núñez Noriega, especialista en temas de género, masculinidad y diversidad sexual, explicaba que la socialización de género es una de las múltiples causas para una tasa notoriamente mayor en la participación de los hombres en la violencia homicida. Asimismo, declaraba que “nuestra sociedad principalmente enfatiza en los hombres una represión de los afectos” que suelen vincularse con la debilidad o lo femenino y ampliaba que el exceso represivo de la parte emocional deriva en consecuencias psíquicas en los hombres como la exacerbación o la agresividad.

En esta nueva entrega, Núñez Noriega, miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI-II) amplía el panorama hacia esas causas múltiples que derivan en el agudizamiento de la crisis de género que, sin ser nueva, hoy es necesaria de poner sobre la palestra.

Precisa que es menester comprender un modelo tradicional de ser hombre según las responsabilidades en una pareja o en una familia, mismo que el antropólogo identifica como “modelo de mantener-atender”, con el que fueron educadas las generaciones precedentes y el cual se continúa replicando en distintos sectores de la población.

“En los años 90 hice un estudio de tres generaciones para entender qué significaba en cada una ser hombre y cómo se fue transformando. Hicimos entrevistas desde los hombres que nacieron después de la Revolución. Ahí ubiqué este modelo. Su idea de ser hombre es ser serio, trabajador y buen proveedor de la familia. Cuando les preguntábamos qué tipo de mujer buscan, decían: ‘que sea de su casa, para acompañarme, para tener hijos; esa es la ley de la vida, el destino, el designio de Dios’. Así lo decían: ‘yo trabajo duro, proveo, y tú me atiendes’”.

La idea social del amor, añade, ha sido aquella en la que las personas involucradas están sujetas a desempeñar las tareas asignadas por su rol de género: uno mantiene y el otro atiende. Afirma que solamente con la atención servicial, generalmente proveniente de una madre cumpliendo con su imposición de género, es como los varones hemos aprendido a identificar el afecto, una fantasía que replicamos en la pareja.

Sin embargo, explica, los varones seguimos reproduciendo modelos que cada vez menos encajan con el presente. Las transformaciones estructurales como, sobre todo, la participación legítima de las mujeres en el trabajo remunerado, como competidoras directas de los empleos, en la lucha por ser íntegras sujetas de derechos, aunado a las crisis económicas de los últimos 50 años, han cambiado el paradigma.

“En las crisis a partir de los años 70 el salario (de los hombres) dejó de ser una fuente de proveeduría suficiente para las familias. Ha habido una pérdida del poder adquisitivo clarísima y mucho desempleo. Es un primer elemento evidente por el que los hombres no pudieron reproducir su rol impuesto como proveedores”.

No poder ser "buenos proveedores", asegura, causó una crisis psíquica profunda en los varones: “¿quién soy yo si ya no puedo ser como debo ser según el mandato social de la hombría?”. Esa crisis de sentido, argumenta, se puede medir en el incremento de las tasas de suicidio masculino, la indigencia o el consumo de drogas, además de la evidente exacerbación de la violencia de género en el último medio siglo.

Las formas de violencia masculina pretenden ser pedagógicas, como el sometimiento sobre todo de las mujeres, expresa; son una especie de reacción masculina para restablecer la fantasía del amor aprendida en el nicho familiar. Deduce que socialmente se nos ha inculcado que la violencia es una forma de restablecer el control de un orden precedente, como si la violencia pudiera ser pedagógica: someter para educar.

Luego entonces, ¿cómo aprender nuevas formas de vincularnos?

“Tenemos que ir construyendo una cultura del buen trato. Eso implica cuestionar nuestra forma de entender lo que es el amor, casi siempre muy vinculada al drama, a los binarismos y a la idealización de género. Tenemos incluso que empezar a erotizar el buen trato, crear posibilidades de expresión que impliquen la ternura, la educación para el afecto, para la compasión y la solidaridad. Es una educación que es moral, pero también es estética. No basta educar para los derechos. Se requiere algo más profundo. Hay que cuestionar todas las formas de supremacismo”.

Lo anterior, aprecia, implica la creación de nuevas políticas públicas, sobre todo en el ámbito educativo, pero además hacer de ello un tema central de la agenda pública. “Pero, como decía Marx, el problema es quién educa a los educadores”, concluye el especialista.

Conozca la serie de entregas con el hashtag: Hablemos de masculinidades

ricardo.quiroga@eleconomista.mx