La arruga es bella, dice Adolfo Domínguez. ¿Cómo no escuchar con atención a alguien que dice cosas como ésta? La frase revela ingenio y algo más. El famoso modista es también un hombre de letras y palabras. “Escribo para entenderme. Hace muchos años escribía diarios, hasta que me harté de mí mismo”. Dice: “en la escritura hay deslumbramiento y alivio”.

Adolfo Domínguez tiene 67 años. Viste sudadera, jeans y tenis. Sorprende por su sencillez, “hace tiempo que no tengo vanidad, la humildad es una forma de lucidez”, argumenta. Estuvo en México para hablar de su libro, que no tiene nada que ver con el mundo de la moda. “Algo de mi forma de escribir revela mi oficio de costurero. Mi prosa consiste en frases cortas y casi no tiene metáforas”.

Tardó 25 años en escribir Juan Greco, su primer novela. En realidad es una reescritura de su novela, publicada en 1992: “no me interesaba escribir otra obra, sino trabajar mejor a mis personajes, ahora que sé otras cosas. Es una obra ambiciosa que no pretende ser un best seller. Es compleja, no hace concesiones a los lectores. Más bien les exijo, quiero que le dediquen tiempo y se metan en ella”.

El personaje de la novela nace en Argentina y alcanza la mayoría de edad en los tiempos de la dictadura militar, “suena raro que esté situada en Argentina, pero es un país que me apasiona. Me intriga todo lo que ha pasado ahí, es como una decadencia en cámara rápida. Mi interés por Argentina viene de lejos. Siendo yo de un pequeño pueblo de Galicia, pero tiene que ver con mi infancia. Cada semana nos llegaban cartas de un tío que vivía en Argentina y de otro que vivía en México. Cuando yo tenía seis o siete años, pensaba que Buenos Aires estaba en el mismo país en el que yo vivía, a los 27-28 años, me reencontré con historias que venían de Sudamérica, a través de las crónicas de la prensa española. Devoraba todo lo que venía de allá, lo sentía muy cercano”.

Para escribir la novela, estudió economía, física e historia, “pero tuve cuidado de no hacer un trabajo histórico, es una novela. ‘Si eres tan denso, colapsas’, me dice mi esposa, y tomo muy en serio ese consejo.  Hay reflexión política escrita desde la emoción. Uno de los mayores retos es darle una estructura, para acotar el caos, en eso se parece al diseño de moda, a la costura”. Domínguez estudió arte y cinematografía en la Universidad de Vincennes en París. “De joven leí La Ilíada en griego. Sigue siendo vigente, porque  vivimos en tiempos homéricos”. Toda la vida ha sido un lector voraz, pero no pertenece a ningún círculo literario ni tiene amigos escritores, “quizá en otro momento eso pudo haberme llamado la atención. Ahora no. Mis relaciones más importantes con los escritores son a través de la lectura y así está bien. Leo y releo los libros de Jane Austen; el Pedro Páramo de Juan Rulfo, Stendhal es inagotable, La cartuja de Parma... Rojo y negro; La guerra y la paz de Tolstoi...la poesía de San Juan de la Cruz”.

Escribe con lentitud, en cualquier lugar, en hoteles, en salas de espera, en aviones, a deshoras en la madrugada, “no escribo para vivir, pero escribir me hace vivir mejor, la escritura es un arte muy diferente a la moda, me interesa la forma en que la buena literatura trabaja en el alma. La toca, se queda en ella, la transforma. La literatura se parece más a la música, ocurre en el tiempo. Me gusta pensar que mi libro, Juan Greco, es un poco como La flauta mágica. Suena arrogante, pero no. No me estoy comparando con Mozart”.

No le interesan las redes sociales, aborrece las prisas y considerar la lentitud, un verdadero lujo, “la mayor parte de mi vida transcurre con lentitud, en el campo cerca de donde vivo. Me gusta ver la luna, oír los grillos, oler las plantas”.

Desconfía de los escritores que quieren ir de dandys, “me parecen un derroche de cursilería. Creo que no saben de moda, ni saben vestir. Steve Jobs me parece alguien que tenía estilo. La humildad es lucidez”, reitera este hombre, que es complejo, pero sencillo.