La Presa de la Olla, un almacén de agua que se terminó de construir en el siglo XVIII, sirvió para hacer viable el crecimiento de la ciudad de Guanajuato y hoy se ha convertido en un atractivo turístico más de esta ciudad que reboza de intereses, aunque este quizás sea de los menos advertidos.

Viernes por la tarde. El staff del Festival Internacional de Cine de Guanajuato (GIFF) ha terminado a tiempo el levantamiento de los andamiajes que sostienen la pantalla y las bocinas que entregarán al público los últimos tres días de actividades de este singular festival de cine que llega a su vigesimotercera edición, después de haberse presentado en dos autocinemas en Irapuato y Silao, así como en algunas salas de cine y a través de transmisiones en línea.

El primer Aquacinema en América Latina y el segundo en el mundo, después del que tradicionalmente se acondiciona en Venecia. Las instrucciones son claras antes de cruzar el arco sanitizador: cuatro personas por lancha; prohibido ingresar con alimentos ni bebidas en las naves; más vale pasar al sanitario antes de saltar a la experiencia; todo espectador deberá conservar el chaleco salvavidas durante toda la función. No está de más mencionar las precauciones de distanciamiento, higiene y protección de los asistentes. Las normas sanitarias de la tierra también son cruciales sobre el agua.

Una veintena de lanchas que sirven para el paseo de los visitantes a la Presa de la Olla fue ligeramente readaptada para las condiciones que requiere una presentación de cine en tiempos como estos. Los asientos han sido cubiertos con plástico que después de cada función debe cambiarse rigurosamente.

Lo mismo ha sucedido con los remos. Después del arco sanitizador, en el que es ideal detenerse cinco segundos y girar en el propio eje, la fila se va formando sobre un paseo al pie del embalce y desemboca en el muelle donde han de abordar los espectadores. Es indispensable guardar un metro y medio de distancia mientras cada uno de los asistentes aguarda por su butaca acuática.

Junto al lago hay una terraza con restaurante para todos aquellos que no lograron un asiento privilegiado sobre el agua, entre los patos residentes de la presa, o bien decidieron no vivir la experiencia y observar la función con un platillo a la mesa y una cerveza michelada.

Cuidado al abordar. Hay que procurar la distribución del peso en la lancha. En cada grupo habrá uno o dos comisionados para remar los metros necesarios hasta lograr una buena perspectiva de la pantalla. Solamente hay un imprevisto. Cada una de las lanchas tiene un techo que hace muy bien su trabajo al proteger del sol a los espectadores, pero obstruye la visión desde distintos ángulos a bordo de un bote que se niega a quedarse quieto.

Un grupo de periodistas ataviados con sus mascarillas rema errático por esta acuosa sala de proyección. Se coloca detrás de las naves de los espectadores para tomar la mejor imagen de cómo se vive la experiencia y se mueve de aquí para allá, luchando contra el agua inquieta.

La distancia. Hay que conservar la distancia entre los botes por dos razones: estar demasiado cerca es obstruir la vista de los demás y también es faltar a la norma tácita de al menos una braza de separación. Pero el agua es caprichosa y de vez en cuando empuja levemente los botes uno contra el otro.

Pero hay un joven, diestro en los remos, que, de pie sobre su lancha, no ha parado de mover los brazos y recorrer la presa de un lado al otro; asiste a los que no paran de remar en círculos y a aquellos otros a los que les aprieta el chaleco y han decidido desabrocharlo: la instrucción, reitera, es mantenerlo sujeto en todo momento, por favor.

Algunos, si no es que la mayoría de los espectadores, han metido de contrabando algunos snacks para disfrute durante las funciones. Al menos la mitad se ha retirado el cubrebocas toda vez que navegan con los integrantes de su burbuja de seguridad.

La selección de cortos que anteceden a los tres largos programados para esta primera jornada también es una oportunidad para que los de las lanchas logren la estabilidad, para acostumbrarse al bamboleo y hasta enterarse de que cada embarcación tiene ganchos que pueden sujetarse a una boya que aquieta la nave y que, si esta se coloca de manera paralela a la pantalla, la vista es perfecta para todos a bordo. De nueva cuenta, el joven de la lancha, imparable, ayuda a ajustar los botes a la boyas. Finalmente la tranquilidad en esta pequeña mar para presenciar la programación.

A diferencia de los Autocinemas en Irapuato y Silao, donde se ovaciona a claxonazos, aquí se vuelve a aplaudir a cada cinta: “My Name is Baghdad” (Caru Alves de Souza, Brasil, 2020) y más tarde a la muestra especial de “Danyka. Mar de fondo”, del multipermiado Michael Rowe, protagonizado por Demián Bichir y Sasha González, con el atardecer de fondo y el director presenciando su cinta a bordo de una embarcación; lo mismo que a la proyección del documental mexicano “La Mami”, de Laura Guerrero Garvín.

Este sábado la experiencia volverá a repetirse en la Presa de la Olla. Las funciones serán un deleite. La experiencia de sentirse a la deriva en una sala de proyección acuática ahora será aderezada con las cintas “Learning to Skateboard in a Warzone (If you’re a Girl)” (Carol Dysinger, Reino Unido, 2019), “Freeland” (Kate McLean, Mario Furloni, Estados Unidos, 2020), “Los lobos” (Samuel Kishi Leopo, México, 2019) y “Flores de noche” (Omar Robles, Eduardo Esquivel, México, 2020).