Antes que nada hay que aclarar que Justicia, de Gerardo Laveaga, es una novela de esas que se leen de corrido y con las menores pausas posibles, de las que uno espera que termine la jornada laboral o cualquier otra cosa que uno esté haciendo para poder seguir leyendo las aventuras de sus personajes.

Y hay que aclararlo porque esta novela tiene tantas cosas que enseñarnos que podría sospecharse que tiene un aleccionador y un afán didáctico. No es así, es una buena novela que además de entretenernos y, quizá, apasionarnos, tiene mucho que enseñarnos, sobre todo a los mexicanos.

Si hubiera que definirla, Justicia podría ser un thriller policiaco-político: una muchacha aparece muerta en una plaza. Es un asesinato que habría pasado casi desapercibido de no ser porque el cadáver es descubierto justo cuando el Jefe de Gobierno da un discurso en esa plaza. El momento político es delicado. Hay que resolver el caso como sea, encontrando al asesino o fabricándolo. Laveaga, además de novelista es un destacado abogado, y nos cuenta una historia en la que refleja y critica con pleno conocimiento de causa, el pésimo funcionamiento del sistema de justicia mexicano y de los problemas que enfrentan quienes forman parte o entran en contacto con él.

¿Crees que esta novela influya de alguna manera en el panorama de la justicia mexicana?

Creo que todos son granitos de arena, es decir, no producirá ningún cambio radical, pero quizá le abra los ojos a alguien o sensibilice a otro, eso claro que lo creo.

Es un ejercicio literario […] pero creo que tendrá un carácter testimonial, no ahorita, sino dentro de 20 años; espero que en 20 años la gente la lea y diga mira nomás cómo estábamos . Toda proporción guardada, espero que sea como las novelas de Dickens, que ahora nos permiten saber cómo funcionaba la sociedad de la Inglaterra victoriana.

Creo que Federico Ballesteros, sabio y recto, fue el personaje más difícil de manejar, ¿no?

Claro que fue difícil, él es un académico en derechos humanos al que ponen de Procurador (del DF) para darle legitimidad al cargo.

Cuando llega se da cuenta de que es algo bastante más complicado de lo que le habían contado. Viene de ser Director del Instituto Nacional de Ciencias Penales, cargo que yo tuve, es un hombre serio, responsable, pero se da cuenta de que acepto algo con lo que no puede, algo político.

¿Conoces personalmente también esa otra parte del personaje?

Por supuesto, fui Director del MP (Ministerio Público) algún tiempo.

O sea que toda esta oscuridad que retratas es real. ¿No te da miedo haberlo hecho?

No. No hay un solo dato real. Narro circunstancias que podrían darse, pero nada de eso ocurrió.

[...] Otra de las críticas que hago es a la enseñanza del derecho, qué estamos enseñando a los alumnos, y digo estamos porque soy profesor. De pronto cuándo está uno en clase de derecho romano, viendo las formas de manumitir esclavos hace 2,500 años uno se pregunta y esto en qué me va a ayudar a hacer un país mejor. Y a las barras de abogados y a los que litigan sin que les importe nada más que ellos.

Cada área del Derecho da para una novela, podrías hacer novelas de las barras de abogados, de los litigantes, de los agentes del MP, de los ministros de la Corte…

Uno, desde afuera, tiende a ver eso como un pozo de oscuridad, pero hay algunos focos encendidos, tú mismo eres uno de ellos.

¿Qué me puedes decir de la parte luminosa?

La verdad es que estamos haciendo cosas muy importantes para modernizarnos. Por ejemplo, los juicios orales, que están en la Constitución, están caminando, muy lentamente porque hay mucha gente que ha lucrado en la oscuridad, con arreglos en lo oscurito, diríamos, porque en los juicios normales es más fácil hacerlos. Muchos se oponen a los juicios orales por sus intereses, sus negocios y sus clientes, es mucho más fácil arreglarse en lo oscurito que litigar públicamente.

manuel.lino@eleconomista.mx